Capítulo 80
Tienda de Quim
El taxi me deja junto a la parada de metro de Jaume I.
Hace tres días que me marché, pero han sucedido tantas cosas, en lugares tan distintos y alejados de este, que es como si hubiera estado fuera semanas enteras.
Todavía estoy algo aturdido. Debo seguir tomando los antibióticos que me ha dado David durante una semana más.
Sin saltarme una sola toma, ha reiterado cien veces el buen doctor.
Mireia me ha asegurado que me enviará mensajes para que no me olvide. Buena gente.
Estoy deseando llegar a mi sótano y empezar a indagar sobre el iPad que rescaté del castillo de Leonardo.
No puedo quitarme de la cabeza el marrón que ha provocado en la historia el capullo que haya llevado este aparato al pasado.
¿A quién coño se le ocurre algo así? Vamos, si es que es de primero de viajes en el tiempo.
Ayer llamé a Lucía. Estaba preocupada porque no le había dicho nada en dos días.
Por suerte, entendió que estuviera en medio del campo sin cobertura.
He quedado con ella para tomar algo en el bar de mi tía.
Ahora está trabajando. Mejor, porque yo no puedo esperar ni un minuto más a investigar este cacharro.
Llego a mi tienda dando un rodeo para no pasar por delante del bar. Ahora mismo no me apetece hablar con nadie. Solo quiero estudiar el objeto que, muy acertadamente, Víctor guardó junto con mis dagas y mi espada, antes de llevarme a la clínica de David.
Levanto la persiana y entro. Menos mal que ya no hace ruido, si no mi tía hubiera salido a darme la lata. Bendita grasa. He de comprar más antes de que se reseque de nuevo. Cierro la persiana para que nadie me moleste y bajo al sótano.
Nada más entrar en mi territorio secreto, antigua cripta romana según testimonio muy de fiar de la señora Joana, cierro y me aíslo del mundo. Aquí tengo todo lo que necesito para desvelar este extraño misterio.
Abro mi mochila y saco la funda de neopreno que contiene el iPad.
Un anacronismo rescatado de manos del mismísimo Leonardo da Vinci.
El maestro lo estudió durante tres años sin conseguir discernir para qué servía.
Un objeto que estaba oculto en aquella mesa que un protector, consciente de su cercana muerte, legó a su amigo el rey francés para que la protegiera.
Una pieza que antes había estado en la cripta de la sinagoga del Call Menor.
Una reliquia que fue hallada por los primeros caballeros templarios bajo los restos del primer templo del rey Salomón.
Mi pulso se acelera con solo escuchar el recorrido de este aparato. Mi padre ya intuía su importancia y por eso llevó un diario meticuloso sobre él, otorgándole más categoría que al resto de reliquias. Pobre, jamás pudo dar con la mesa. Va por ti todo lo que averigüe, papá.
Durante muchos siglos la insulsa reliquia fue objeto de devoción tan solo por haber pertenecido a Salomón, porque en realidad, desde que a la tablet se le acabó la batería, quiero pensar que como mucho sirvió para colocar sobre ella las tazas de té.
Nada más. Por eso intuyo que, si no hubiera pertenecido al sabio rey y sus fieles no la hubieran tratado como un objeto místico, mágico y poderoso, habría acabado en la hoguera hace miles de años.
Por suerte para todos no fue así y ahora la pieza más importante que formaba parte de aquel objeto está en mi taller.
Dejo el iPad sobre mi mesa de trabajo. Busco en la parte trasera el modelo y hago una búsqueda en Google para saber más de él.
No encuentro información alguna. Hay cientos diferentes, pero nada sobre este.
La verdad es que no soy muy bueno con estos cacharros.
Le conecto el cargador y espero. No sé si después de tantos siglos la batería habrá muerto del todo. Sería lo más normal.
Pasan los minutos y no da señales de vida. Sabía que esto podía pasar, aun así, tenía cierta esperanza.
Saco mi móvil y escribo un mensaje dirigido a Octavi. Si alguien puede averiguar algo de este aparato es él, sin duda. Espero que pueda ayudarme.
Me contesta al momento:
«Trae el iPad a la relojería. Lo desmontaré para ver el número de serie. Lo conectaré a una batería externa y así podrás ver todo lo que contiene y también si está vinculado a alguna cuenta».
Por suerte está trabajando hoy. Este tío es otro que vale cada euro que cobra.
Guardo la tablet y salgo de mi guarida para ir a la relojería.
El día es bonito. Una jornada ideal para averiguar todo lo que necesito saber de este objeto y cerrar una búsqueda que comenzó hace ya muchos años.
Paso por delante del bar y miro hacia dentro.
No veo a mi tía, mejor, ahora voy con la marcha directa puesta y no me apetece charlar.
Octavi me abre la puerta de la relojería. Tiene colgado el cartel de cerrado. Le saludo. Con él sí me apetece hablar. Y mucho.
—Don Alfonso está abajo, enfrascado en sus temas —me informa, por si quiero pasar a saludarlo.
—Luego bajaré. Ahora quiero saber todo sobre este cacharro —le apremio—. Lo he conectado a la red, pero no ha dicho ni pío.
—Debe de tener la batería descargada y habrá muerto. Quizá hace mucho que no lo cargan —me explica.
No lo sabes tú bien.
Coloca el iPad sobre su mesa de trabajo y en un par de segundos ha sacado la tapa trasera con maestría. Está acostumbrado a trabajar con las manos a diario.
Ahora podemos ver las entrañas del sujeto a operar .
—Es de última generación —me cuenta—. Es la pantalla más grande que he visto. No me suena haber visto publicidad sobre este modelo.
Sigue indagando entre las tripas del paciente.
—Vamos a conectarlo a una fuente externa y así podremos ver los datos que nos interesan.
Lo conecta también a su portátil y espera.
Mientras rezo para que lo pueda poner en marcha, él sigue repasando las entrañas con unas pinzas de precisión.
—Este aparato es potente —susurra—. Es muy potente. No sabía que Apple tuviera a la venta este procesador. Ni esta capacidad de memoria.
Dicho esto, teclea en su ordenador.
—Yo quiero uno de estos —indica abrumado.
Mueve el ratón entre distintas pantallas de la web del fabricante a la vez que su semblante va mudando.
Finalmente me mira, serio, incluso asustado.
—¿De dónde has sacado esto, Quim?
—No puedo decírtelo, al menos por ahora —me limito a contestar. No dice nada—. Lo siento.
Hace un gesto con la mano como diciendo da igual, no importa. Él está acostumbrado a trabajar con el dúo Sacapuntas. La mitad de los asuntos que le piden son secretos y la otra mitad los hace sin conocer toda la información que le rodea.
Un pitido avisa de que el iPad acaba de encenderse.
—¿Funciona? —pregunto exaltado.
Él me observa. Asiente.
—Está arrancando.
Una serie de dígitos y letras aparecen en la pantalla de su portátil. Yo no entiendo nada, espero que él sí. Seguro que sí.
—¿Qué quieres saber? —me pregunta.
—Quién es el dueño y qué información contiene.
Octavi observa su pantalla.
—¿Sabes el PIN?
Nos miramos durante unos segundos.
En ese instante una voz resuena en mi cabeza.
Es la voz del maestro Leonardo .
—Prueba con 1, 2, 3 y 4 —le digo sin pensarlo dos veces.
Octavi teclea.
—¡Bingo! —exclama sorprendido.
—Pura suerte —le digo sin pensar—. Debe de ser la contraseña más usada del mundo.
En realidad, ha sido por una intuición. Una imagen que me ha llegado de repente y que vi mientras el otro día buscaba pinturas sobre la mesa y Salomón, tal y como me aconsejó maese Leonardo.
Entre otras obras, me topé con un fresco antiguo: Salomón y la reina de Saba, de la biblioteca de El Escorial.
Entre ellos, sobre una mesa, había una extraña tablilla, parecida a una tablet ahora que lo pienso, con estos cuatro números escritos en grande.
Aunque quizá solo ha sido suerte.
Ni pajolera idea.
Octavi trastea en su ordenador unos segundos más.
—Contiene una carpeta. Es muy grande porque ocupa bastante memoria —informa el chaval.
Teclea varias veces más.
—Hay muchas carpetas dentro de la principal, mira.
Mueve su pantalla para que yo pueda ver el contenido. Hay centenares de archivos y documentos de todo tipo que están ordenados por fechas. Van desde varios milenios antes de Cristo hasta el actual siglo en el que estamos.
—Debe de pertenecer a algún profesor de historia o a alguien por el estilo.
Hay mucha información sobre diferentes culturas de distintas épocas —me dice Octavi, repasando los centenares de archivos—.
Auge y caída de imperios, conquistas, descubrimientos, algo de medicina, física, astronomía y todo ese rollo.
Por mi mente pasan recuerdos sobre antiguas leyendas de la mesa: era capaz de mostrar el pasado, el presente y el futuro... Te podías ver reflejado en ella... Quien la poseyera podría conquistar el mundo… Podías ver en su superficie el mapa celeste… Tenía poderes mágicos…
Parece mentira, pero, como siempre, todas las fábulas tienen algo de verdad .
—No veo nada fuera de lo normal —indica Octavi, sin saber que en esta tablet no hay nada de normal.
Nada más decir esto, se acerca a la pantalla de su ordenador como si un manto de miopía lo hubiera poseído.
Me mira.
Vuelve a observar una serie de números y suelta un bufido. Se levanta de la silla, camina unos pasos alrededor de la mesa visiblemente alterado. Lo observo sabiendo en mi interior que algo gordo está a punto de suceder.
Me mira de nuevo y niega con la cabeza.
—Tío, esto no ha salido a la venta todavía. De eso estoy seguro. Estamos hablando del procesador más rápido del mercado y con una capacidad de memoria a años vista de lo que Apple tiene hoy.
Yo guardo silencio.
—¿De dónde has sacado esta jodida maravilla?
Sigo sin abrir la boca.
Tan solo lo miro.
—No quiero saber, tranquilo. Solo te informo de lo que tenemos aquí —señala a su mesa, cada vez más nervioso.
Y Octavi no es de los que se ponen nerviosos con facilidad.
Espera unos segundos.
Lee con atención toda la ristra de datos que aparecen en pantalla. Apoya los codos en la mesa y deja caer su frente contra las manos. Respira acelerado.
Suelta un soplido a la vez que niega con la cabeza.
Llegados a este punto me da miedo preguntar, la verdad.
—¿Qué sucede? —me atrevo a decir—. ¿Qué te ha puesto tan tenso, tío?
—Te puedo asegurar que no voy a poder encontrar la factura del que compró este iPad —me dice midiendo sus palabras. Está angustiado. Asustado.
—¿Por qué no?
—Porque la fecha de fabricación de este aparato que tenemos aquí, según sus datos internos, será dentro de dos años y tres meses.
Ambos guardamos silencio durante un tiempo .
—¿Quieres decir que todavía no se ha fabricado? —pregunto sabiendo la respuesta.
Octavi asiente en silencio.
Sus ojos están muy abiertos.
—No quiero saber de dónde lo has sacado, Quim, pero esto no es de nuestro tiempo. Viene del futuro.
—¿Hay algún dato que nos diga a quién pertenece?
—A quién pertenecerá, querrás decir.
Yo asiento.
También estoy algo nervioso por saber de quién es. Como sea mío la habré cagado que no veas y habré roto más leyes universales que nadie en la historia del hombre. Además, no voy a poder explicarle nada y espero que sepa guardarme el secreto, cosa que no dudo.
—Tengo la ID del usuario —indica muy serio.
Incluso abrumado, diría yo.
—¿Y? —susurro. Mi piel se eriza y mi sentido arácnido se activa antes de que diga una sola palabra.
Me mira sin atreverse a decir nada.
Solo me mira.
—¡Octavi! —exclamo.
Odio estas pausas dramáticas.
—Este iPad, que todavía no se ha fabricado, pertenece a Félix Mora. Tu padre.