El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 81
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Capítulo 81

Bar de Rosa

No soy muy consciente de cuánto tiempo ha pasado desde que Octavi me ha dado el dato más excitante y terrorífico de mi vida.

En cuanto he escuchado la respuesta he enmudecido del todo.

Ni siquiera le he preguntado si estaba seguro, si era posible que estuviera equivocado…

No. Algo en mi interior, ese instinto arácnido que tanto amo y que infinidad de veces me ha salvado la vida, me ha dicho que estaba en lo cierto.

He vuelto a mi tienda. Creo que me he ido de la relojería sin decir ni adiós. Octavi sin duda lo entenderá. He dejado el futurista aparato a buen recaudo en mi cripta secreta, es un objeto fuera de su tiempo que debe quedarse en la oscuridad.

Mi tía me ha dicho nada más entrar que tenía cara de estreñido. Me he tomado una bebida de esas energéticas a ver si espabilaba. La noticia me ha dejado algo chafado. Tengo la mente completamente cerrada.

Ante mí tengo una servilleta. En ella he escrito las únicas dos posibilidades que podrían dar una explicación de por qué mi padre, desaparecido hace ocho años y dado por muerto hace tres, comprará o tendrá en su poder un iPad que no se pondrá a la venta hasta dentro de dos años y tres meses.

La primera opción que se me ocurre es que mi padre no esté muerto. Aparecerá en breve, vivito y coleando, cosa que me haría muy feliz, se comprará la tablet y yo me la llevaré de paseo y la perderé en el pasado, donde acabará en manos del rey Salomón y lo hará muy sabio .

Esta opción tiene muchos vacíos, entre ellos, cómo sabrá Salomón hacerla funcionar y empaparse de toda la información que contiene. Si nadie se lo explica, tan solo le servirá para usarla como espejo mientras se afeita.

¿Acaso yo seré el que le muestre los secretos del ser humano y le dejaré la tablet para que sea el rey más sabio de la historia? Lo dudo mucho, la verdad. Sabiendo lo que sé ahora sobre el dichoso aparato y todo lo que le rodea, jamás lo llevaría al pasado.

Opción dos, improbable, pero no imposible porque a estas alturas ya me puedo esperar de todo: mi padre también es un Señor del Tiempo y él llevará el iPad al pasado.

Quizás en nuestro caso no ha habido ese salto generacional del que habló Ismael.

Podría ser que mi padre esté por ahí en estos momentos, danzando a sus anchas en alguna época lejana, despreocupado, sin pensar en el dolor que hemos sufrido por su pérdida porque, cuando él decida volver, lo hará al minuto después del que saltó y, por lo tanto, todo este tiempo que hemos vivido desde que él desapareció se esfumará.

Yo también he hecho algo parecido, como, por ejemplo, cuando estuve en Japón.

Pasé quince maravillosos años aprendiendo todo aquello que me interesaba.

Durante esa década y media el tiempo en mi presente también corrió.

Mi tía sufrió, sin duda, pensando que yo había muerto, hasta que un buen día decidí regresar a mi presente y, para no perderme esos quince años que ya habían transcurrido, volví a tan solo un par de horas tras mi salto.

Se creó un nuevo presente y aquellos quince años que todo el mundo vivió y en el que me dieron por muerto se esfumaron en un segundo.

Una sonrisa se dibuja en mi cara.

Estoy seguro de que mi padre está viviendo su propia aventura, allá donde esté. Volverá en breve y estos ocho años que hemos estado sin él se esfumarán como arena que se lleva el viento del ocaso .

Mi mente se colapsa durante dos segundos en los que miles de pensamientos se entremezclan, mientras una alarma imaginaria comienza a sonar.

¡Mierda!

¡Joder!

¡Me cago en la leche puta!

¡La madre que lo parió!

Si se esfuman estos últimos ocho años de vida me pierdo absolutamente todo lo que he vivido.

No tendré nada. Ni mis saltos en el tiempo ni mis aprendizajes durante ellos ni mi rollo con Lucía.

Mierda, es que ni siquiera sabré que puedo viajar en el tiempo.

Dejaré de ser lo que soy ahora y volveré a ser un desgraciado sin rumbo que todavía no le ha encontrado un sentido a la vida.

¡Me cago en mi padre allá donde esté!

¡La madre que te trajo!

Un sudor frío recorre mi espalda.

En menos de un segundo mi corazón se ha dividido entre “no quiero volver a ver mi padre” y “sí quiero abrazarlo de nuevo”.

Arrugo la servilleta y la lanzo a la papelera que tengo al lado. Esto es una putada de dos pares de huevos. No quiero perder nada de lo que he vivido. Ni quiero ni puedo.

Joder, joder, joder…

—Toma, campeón, un café de los de verdad. A ver si espabilas ya. Menos mal que Lucía te va a poner las pilas, que si no…

No digo nada.

La puerta del bar se abre y el dúo Sacapuntas entra. Saludan a mi tía y se acercan a mi mesa.

—¿Permitirías que compartiéramos este asiento a tu lado, o acaso tienes planes más fascinantes que soportar las anécdotas de un par de ancianos?

—Viejo lo serás tú que estás más estropeado que los dedos de un carpintero. Yo me siento muy joven.

Los observo en silencio.

El relojero me mira con interés .

—Confío en que tu periplo laboral haya rendido frutos satisfactorios —indica taladrándome con su mirada—. Aunque no te siento tan jacarandoso como de costumbre.

—Es solo cansancio.

—¿Has averiguado algo más de los objetos? —quiere saber el librero—. Nosotros nos quedamos en punto muerto y ahí seguimos.

—Nada más. No hay hilo del que tirar —miento. No puedo contar lo que he vivido, por más que quiera. Me encantaría narrarles lo que he averiguado sobre mi padre, pero no debo desvelar su secreto. Si es que lo tiene, porque todavía no tengo nada claro.

—Quién sabe, quizás en el momento menos previsible se presentará un cabo pendiente al que aferrarse.

—¿Qué os trae por aquí, pareja?

Mi tía aparece silenciosa por la retaguardia del relojero, que se asusta al escucharla tan cerca.

—Tranquilo, tigre, a ver si te va a dar un tabardillo.

—Entiende, Rosa mía, que he atravesado tantos e incontables sobresaltos en mis años mozos que mi corazón es ahora de porcelana.

—Si quieres me pongo un cascabel como los gatos.

El librero se parte de la risa.

—Tú no te rías mucho, que llevas los mismos kilómetros que él, metro arriba, metro abajo.

Mi tía no tiene remedio.

—Al lío, que yo, al contrario que otros, tengo que trabajar. ¿Qué os pongo? —pregunta, libreta en mano—. De primero hay gazpacho, ensalada verde y crema de verduras. De segundo, galta al horno o dorada a la plancha.

—Yo comeré más tarde, tieta —le digo. Ahora mismo tengo el estómago cerrado a pesar de que hace por lo menos tres días que no como nada. En la clínica solo me he alimentado con esas bolsas que me colocaba Mireia.

—Yo me conformo con unas galtas cocinadas con cariño y amor y adornadas con unas buenas patatas —indica el relojero .

—Yo quiero la crema de verduras y unas buenas galtas con patatas —añade el librero—. Hoy estoy tan hambriento que pediré hasta postre.

—Menudo tragaldabas estás hecho —señala el relojero.

—Di que sí, hay que alimentarse bien —añade mi tía.

—Trae también un vino de la casa con gaseosa —apunta el relojero con el dedo levantado—. Un modesto sorbo de vino diario resucita el ánimo y posterga la visita del segador. Si no, que se lo digan a los curas, que apenas pillan resfriados.

—El segador no se atreve a pasar a veros. Seguro que le robáis hasta la hoz y lo mandáis al paro —apunta mi tía antes de marcharse.

Los tres nos miramos durante unos segundos.

—Parecía que tener el manuscrito iba a ser una buena aventura, aunque, al final, se ha quedado en nada —opina don Emilio, el perenne librero del barrio.

—Tampoco hay novedades acerca de los soplagaitas amigos de los hermanos ñiquiñaques —añade don Alfonso, el incombustible relojero—.

Octavi investigó, pero se extravió en un intrincado laberinto de empresas que desembocaban en una densa y espesa neblina de países que no comparten información alguna sobre sus mejores clientes.

Me gustaría contarles la verdad.

Hablarle de los levitas. Del poder que sus primogénitos tenían hace muchos siglos. Y que siguen teniendo. Que la rama se dividió en dos, creando a los buenos y a los malos. Como casi siempre ha sucedido a lo largo de la historia. El bien contra el mal. Pero no debo. Por mucho que quiera.

—A veces es mejor no saber. Y más teniendo en cuenta la visita que os hicieron —les digo.

Ellos asienten. Recuerdan el momento.

Me masajeo las sienes.

Desde que volví del último salto, donde me encontré conmigo mismo, tengo un ligero dolor de cabeza que no acaba de desaparecer.

El relojero me mira curioso .

—Tu padre, que en paz descanse en el paraíso del amor eterno y de la barra libre, también se masajeaba a menudo tal y como tú haces ahora mismo.

—Asiente con la cabeza, lentamente, señorial como siempre—.

Tienes algo que te ronda el pensamiento y rebota dentro de tu cabeza como una bola en la máquina del millón.

Si no lo liberas, de tanto golpear, terminará por romperte una vena y provocarte un ictus o algo aún peor.

—Mira que eres melodramático —suelta el librero.

—La vida es una mojiganga continua, viejo amigo.

Me mira de nuevo.

—Tu padre tenía esta misma mirada muchas tardes. Pasaba horas sumido en sus reflexiones, trazando garabatos en cuadernos, arrugando hojas, volviendo a dibujar hasta hallar lo que buscaba. Era un hombre extraordinario.

El relojero pone su mano sobre la mía.

—Estamos aquí para lo que precises.

Desvía su mirada hacia la puerta.

—Acabo de notar la entrada de alguien que podría hacerte olvidar los pesares y regalarte una sonrisa, mi estimado.

—Buenos días —saluda Lucía, en general. Me mira. Se sienta en la barra—. Ponme un té, por favor.

Esa suave voz me tranquiliza al instante.

—No malgastes tu tiempo con dos ancianos como nosotros cuando la vida te regala un dulce así. Adelante, nosotros sobreviviremos sin tu compañía.

El relojero me guiña un ojo.

Yo asiento.

—Gracias por estar ahí siempre, amigos.

Me levanto al tiempo que escucho al librero decir por enésima vez que él no es viejo. Vaya par.

Me acerco a Lucía, nervioso.

Mi tía mira de reojo.

Hasta mi mente llegan sus pensamientos: «Plántale un besazo en los morros o te corro a collejas, tontorrón».

Ella sonríe.

Me percato de cuánto la echaba de menos .

Ahora que te encuentro, todo se vuelve verdad, se derrumban los palacios y traes verde a sus solares.

—¿Qué tal tu viaje? Tienes cara de cansado. ¿No has dormido bien?

Cuando no tenía novia, mis saltos, mis heridas y mis casi muertes pasaban desapercibidas. Supongo que estas preguntas, cuyas respuestas son complicadas, son el precio que se debe pagar por ser feliz siendo Señor del Tiempo.

Pagaré este peaje con mucho gusto.

—Han sido días intensos. He dormido muy poco.

Ella me acaricia la mano.

—Te he echado de menos —me susurra al oído al tiempo que me da otro beso—. Si quieres, y no estás muy cansado, esta noche me puedo quedar en tu casa.

Un escalofrío de los buenos me recorre de pies a cabeza.

—Sería genial —le contesto.

—¡Perfecto! —exclama sonriente. Apura lo poco que le quedaba de té y se baja del taburete. Me mira con cariño. Ojalá no pierda esa mirada jamás.

Que nunca me abandone como se abandonan los zapatos viejos.

—Me voy ya porque tengo una guiada con un grupo de americanos en cinco minutos. Solo he pasado para verte.

No es bonita, es lo siguiente.

—Esta noche nos vemos —le prometo.

Dicho esto, me planta otro beso y se marcha después de despedirse de mi tía.

Me quedo sentado en el taburete mirando la barra vacía.

Vuelve a mi cabeza la probabilidad de que mi padre sea como yo, cosa que cada vez tengo más clara, tanto como el peligro de perder estos ocho años si él decide volver al instante de su salto.

—¿Quieres comer algo? —quiere saber mi tía. Me mira, trapo en mano—. Tienes cara de desganao .

No contesto.

Mi cabeza anda perdida entre densas nubes.

Me observa. Seca sus manos en el delantal negro que hoy lleva bordada una rosa amarilla .

Rosa de Alejandría, rosa amarilla.

—¿Qué pasa por esa cabecilla loca? —indaga. Sabe que algo me perturba, como buena bruja que es—. Ya tienes lo que tanto ansiabas y casi sin esfuerzo. Menos mal que ella decidió dar el primer paso porque si no te quedas pa vestir santos el resto de tu vida.

—Lo malo de ser feliz es la tristeza que te posee cuando dejas de serlo.

—¿Por qué estás tan negativo?

La miro en silencio durante unos segundos.

—Por miedo a perder lo que tengo en estos momentos.

—Solo tú puedes hacer que eso pase. Si cuidas tu relación con Lucía podéis ser felices muchos años. Incluso el resto de vuestras vidas.

—Siempre hay factores externos —le digo.

Mi tía me observa. Seria.

Tiene las dos manos apoyadas en la barra y parece que la va a saltar en cualquier momento.

—Si un externo de esos puede robarte este momento, lo coges del pescuezo y le arrancas la cabeza como a los pollos. Que nadie te quite lo que más quieres.

Dicho esto, me agarra la cara con sus dos manazas y me mira a dos palmos de distancia.

—Sal ahí fuera y cómete el mundo.

Me planta un beso en la frente y se marcha hacia la cocina para seguir con sus quehaceres. El dúo Sacapuntas me observa. Nos saludamos con la cabeza antes de que me vaya.

Camino hacia mi tienda.

En cuanto llego a la puerta miro hacia la plaza del Rey y los recuerdos de Bernat rascando la piedra asoman de nuevo. Camino hasta las escaleras donde está la galera de Bernat.

La busco.

La encuentro.

Hay turistas repartidos por todo el lugar, fotografiando cada piedra sin saber que esta es la más importante de todas. La hizo mi amigo Bernat hace siete siglos .

Paso los dedos por la desgastada galera y pienso en todo lo que he vivido en estos últimos años. Es demasiado para perderlo. Qué sentido tiene mi vida sin ellos. No lo voy a permitir.

Veo a Lucía con su grupo saliendo del Museo de Historia. Me ve. Saluda con la mano y me lanza un beso al aire que se pierde entre las paredes centenarias de la ciudad.

Estoy decidido.

Voy a averiguar si mi padre también es un viajero. Y, si es que sí, que es lo que me grita mi instinto, lo buscaré allá donde esté y le convenceré para que, una vez acabada su aventura, vuelva a mi presente y no al suyo. Entenderá que es la única manera de que yo no pierda todo lo que he vivido.

Espero que haga ese sacrificio por mí.

Quiero mi pasado tal y como está.

No quiero que se cambie ni una coma de él.

Camino hacia mi local. En mi cabeza ya tengo los pasos a seguir para encontrar a mi padre. Miraré en sus apuntes, averiguaré en qué estaba metido antes de desaparecer y empezaré por ahí. No voy a dejar tiempo ni lugar por remover hasta que lo encuentre.

Me dispongo a abrir la persiana cuando el aroma de las galtas horneadas de la Rosa alcanza mi nariz y provoca el rugido de mi estómago, que me advierte que llevo días sin probar comida de verdad. Inspiro el aroma y mi cuerpo cambia de dirección sin que yo se lo ordene.

Dejo atrás mi tienda y me dirijo hacia el bar de mi tía. Siempre es mejor viajar con el estómago lleno, la verdad, porque nunca sabes con qué aventuras te vas a encontrar.

FIN