El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 79
98%

Capítulo 79

Consulta de David

El olor que puedo identificar antes de abrir los ojos es demasiado familiar para que pase desapercibido.

El tacto de las sábanas también. De fondo escucho el familiar y monótono pitido de la máquina que, casi seguro, está controlando mis signos vitales.

Muevo los dedos de las manos y responden.

Los de los pies también. No sé por qué, pero es una manía que tengo siempre que despierto en un hospital.

Pienso que si mis extremidades funcionan es que todo va bien.

Abro los ojos con esfuerzo y descubro con gran alegría que estoy en la consulta de David, tal y como sospechaba. No recuerdo cómo he llegado. Intento hacer memoria y lo último que puedo recordar es que llamé a Víctor.

Después de aquel instante todo es oscuridad.

La puerta de la habitación se abre.

—¡Bella durmiente!

Es David. Sonríe.

—¿Qué tal? —le saludo. Me cuesta hablar.

—Eso quiero saber yo. ¿Qué tal te sientes?

—Cansado. Mucho, a decir verdad.

—No me extraña, tío —levanta sus manos a la vez que mira hacia el techo—. ¿Qué esperas después de dos chutes de morfina que podrían dormir a un caballo?

—Uno no me hizo nada —le digo. Es verdad. El primero me alivió el dolor de la pierna, pero la cabeza seguía por explotarme .

—Imposible, ya te lo digo yo, pero bueno, contigo nada es normal. Y lo hecho, hecho está —contesta el doctor, resignado—. El resultado de la resonancia no ha mostrado nada extraño.

Yo lo miro sin entender demasiado de qué habla.

—Cuando llegaste solo repetías una y otra vez que la cabeza te había dolido como si te fuera a estallar —informa al verme tan perdido—. Y te digo que todo está en su sitio. Estás tan mal de la cabeza como siempre.

Yo sonrío.

Mireia entra en la habitación con su inseparable carro repleto de artilugios.

—Buenos días, dormilón —me saluda. Siempre está de buen humor.

—Hola, Mireia. ¿Qué tal estás?

—Mejor que tú por lo que veo.

David se ríe.

—No te metas con nuestro mejor cliente. No sé qué haríamos sin él —bromea. Aunque creo que no le falta razón.

El doctor se sienta junto a mi cama.

—Creo que ya he averiguado tu secreto —me susurra serio. Me mira fijamente y espera unos segundos antes de continuar—. Eres un agente secreto, como Jason Bourne. ¿A que sí?

Espera una respuesta.

Su mirada es traviesa. Quiere saber.

—¡Qué dices! Yo solo soy un pringado que siempre está donde no debe y en el momento equivocado.

El doctor asiente. No dice nada, pero se muere de ganas por saber qué hago con mi vida. Por qué siempre aparezco por aquí medio muerto. Y, la mayoría de las veces, en situaciones demasiado insólitas.

—¿Venías de un baile de disfraces? —indaga.

Yo sonrío al recordar que habré llegado aquí con las mallas y el traje de emisario italiano. Espero que Víctor guardara las dagas y el iPad. Un escalofrío de preocupación me aborda. Estoy seguro de que Víctor se ha ocupado de todo. Es un profesional.

—Venía de una feria medieval —miento.

—Ya. Bueno. Algún día te inyectaré suero de la verdad y me lo contarás todo —bromea.

O eso espero, porque este tiene más peligro que un vampiro en un banco de sangre—.

Te paso el parte porque veo que no recuerdas demasiado: Llegaste ayer poco antes de las once de la noche.

Menos mal que tienes ese helicóptero, porque si no, otra ocasión más que no lo cuentas.

No recuerdo nada de eso.

—Víctor me informó de que le habías dicho antes de desmayarte que tenías una sobredosis de morfina. Buena idea dar este dato antes de desfallecer —añade a la vez que me guiña el ojo—. Gracias a ello el piloto pudo darte un chute de naloxona.

Ahora que lo dice, recuerdo que desperté en el helicóptero, aturdido, aunque duré poco tiempo consciente.

Yo diría que ese exceso de calmante me ayudó a superar el efecto Imán y no morir junto a mi otro yo, pero, una vez que el otro Quim saltó, desapareció el dolor y la morfina cumplió con su función dejándome más que colocado y medio muerto.

—De todas formas, el problema más grave venía de la herida de tu pierna —prosigue contándome David a la vez que revisa el vendaje de mi muslo—. He tenido que abrirte de nuevo y repasar la costura que te hicieron.

Yo intento recordar, pero todo está oscuro.

—¿Quién te operó? —quiere saber.

La imagen del maestro Leonardo llega a mi cabeza.

Si yo te contara…

—Me desmayé tras el disparo. Cuando desperté ya me habían operado —no le miento, pero no le cuento todo. Como siempre, vamos.

—La sutura era basta, pero sirvió para detener la hemorragia. En parte te salvó la vida, sin duda que le puedes dar las gracias.

Lo haré cuando lo vuelva a ver .

—¿No has dicho que estaba bien cosida? —pregunto.

—Cosida, sí. Limpia, para nada. Tenías, bueno, tienes una infección como un castillo de grande.

—Muy grande, sí señor —repite Mireia tras tomarme la temperatura y la tensión.

—Ayer te di antibióticos de amplio espectro como medida preventiva. En cuanto verificamos que tu estado se debía a una sepsis causada por una infección bacteriana, la tratamos como tal.

—El tío que te operó no era muy limpio —añade Mireia.

—No había visto nunca tanta bacteria junta, amigo mío.

Me lo puedo imaginar. Vete tú a saber con qué me abrieron. Seguro que con el mismo cuchillo que habían usado para destripar a los cerdos o a los conejos y que también servía para otros menesteres.

—En fin, que has de guardar reposo un par de días hasta que la infección desaparezca del todo —recomienda David.

—Si tú lo dices, aquí me quedo —le digo sumiso.

—Toma, tu teléfono. Víctor lo dejó dentro de una mochila con ropa de recambio —me dice Mireia. Acto seguido, cambia la bolsa que cuelga de la percha y que supongo que alimentará mi cuerpo durante mi estancia aquí.

—Gracias —respondo con una sonrisa.

—Te bajo un poco la luz. Pasaré en un rato a verte. Ahora descansa que te lo mereces.

Dicho esto, Mireia me aprieta el brazo a modo de saludo y ambos se marchan. Yo los sigo con la mirada.

Miro el móvil y veo que tengo varios mensajes. Tras responder para no preocupar a nadie, a mi mente vuelve la imagen del iPad sobre la mesa de trabajo de Leonardo.

Busco en Internet cuadros sobre la mesa y sobre Salomón. No tengo muy claro por qué lo hago, pero si el maestro asegura que en las pinturas se encuentran muchas respuestas ocultas, no voy a ser yo quien le contradiga .

Tras demasiados minutos en los que, no sé cómo, he acabado viendo vídeos de YouTube, empiezo a estar como en medio de un sueño. Ese mágico momento en lo que ya no sé qué es real y qué no.

La realidad termina donde acaban nuestros sueños.

Lo que me haya puesto Mireia ya debe de estar haciendo efecto. Me siento muy cansado. Cierro los ojos y caigo dormido de nuevo.