Capítulo 78
Presente
Amboise
Mi cuerpo vuelve a pesar. Las luces del día me indican que falta algo de tiempo para anochecer.
El dolor de mi pierna estalla en mi cerebro como un petardo en noche de verbena.
Miro a mi alrededor y compruebo que estoy a unos veinte metros de donde salté, justo a un paso de la bolsa que escondí antes del salto.
Me arrastro como puedo hasta ella.
Al dolor de la pierna se le ha unido una tortura indescriptible cuyo epicentro está en mi cerebro.
Mi cabeza está a punto de estallar. Me hace vomitar mientras intento abrir la cremallera estanca de mi bolsa.
Cierro los ojos para que no me estallen, porque eso es lo que creo que me puede llegar a pasar.
Saco un pequeño botiquín de emergencia que no sabes cómo me alegro de haber traído.
Busco la morfina inyectable. Hay dos ampollas de cinco miligramos y tengo claro que con una no va a ser suficiente.
Apunto justo al lado de la herida de mi pierna y la inyecto.
Me dejo caer en el suelo, exhausto por el dolor que todavía me atraviesa el centro de la cabeza.
Coloco el segundo inyectable y me lo clavo en la otra pierna.
El calor me invade como una ola de fuego.
Confío en no haberme pasado de la raya. Me quedo boca arriba.
Abro los ojos y observo el cielo azul salpicado de nubes blancas que saltan como ovejas en el campo.
El calmante me abraza, me relaja y apacigua el dolor de la pierna por completo.
El de la cabeza no llega a desaparecer del todo .
A mi memoria llega la figura de Leonardo cayendo al suelo por la pedrada que ha recibido. Ojalá no sea esa la causa de su muerte, porque sin duda habrá sido culpa mía.
Oigo crujidos de ramas secas a mi alrededor.
Me doy la vuelta y pongo cuerpo a tierra.
Tengo la boca seca y la lengua pastosa, como si acabara de despertarme con una resaca de campeonato. El mundo que me rodea se ha montado en un tiovivo que gira a mi alrededor cada vez más deprisa. Apenas puedo mantener los ojos abiertos, los párpados pesan dos toneladas cada uno.
Eso sí, ya no siento dolor alguno en la pierna.
Pero el pinchazo de mi cabeza va a más, inexplicablemente, al igual que las pulsaciones que siento en los ojos.
En cualquier momento se me rompen las venas del tarro y acabo muerto en medio de un campo de cultivo.
Qué final más ridículo para un Señor del Tiempo.
Levanto la cabeza con esfuerzo y lo veo.
Hay un tío vestido de negro delante de mí. A unos veinte metros. Y hay otro a mi derecha. Este último lleva una pistola y apunta al primero. Espera al momento justo para dispararle. Intento levantar la cabeza un poco más, pero el pinchazo en mi nuca se vuelve más intenso.
Observo de nuevo al tipo de negro. Se da la vuelta y entonces lo veo. Va vestido como yo. Con su barba y todo.
¡La madre que me parió!
¡Soy yo!
¡Soy yo mismo instantes antes de saltar hace un par de días!
Por eso me duele tanto la cabeza. Es por el efecto Imán.
Miro de nuevo al otro tipo. Está agachado entre los arbustos, pistola en mano. Ese debe de ser el cabrón que me disparó antes del salto. Intento colocarme de rodillas sin hacer ruido. Saco mi daga del cinturón. No me veo capaz de caminar hasta él y luchar cuerpo a cuerpo, pero intentaré lanzársela.
El tipo de negro, o sea, yo mismo, está concentrado en lo suyo, cosa que aprovecha el otro para ponerse de pie y apuntar sin miramiento. Ahora tengo más blanco. Hago un último esfuerzo. Saco fuerzas de no sé dónde y yo también me pongo de pie, apunto y le lanzo la daga sin pensarlo dos veces.
Mi arma se clava en su brazo derecho, el que sujeta el arma, pero no evita que dispare. Saco mi segunda daga del cinto mientras compruebo cómo mi otro yo se vuelve transparente y desaparece en el salto llevándose un disparo de regalo.
Me acabo de salvar la vida.
Nada más desaparecer mi yo del pasado, mi cabeza espabila en un segundo como si una cascada de agua helada me cayera encima. Sospecho que el efecto Imán acaba de desaparecer.
El portador del arma me mira sin entender lo que sucede.
Nuestras miradas se cruzan.
Es el cabrón con el que luché hace unos días.
Se mira el brazo y ve mi daga clavada en su bíceps. Grita del dolor. Mi instinto me dice que hoy está en su cuerpo, lo que quiere decir que es de mi presente.
—¡ Mardito hijo de la gran puta!
Se agacha para recoger la pistola que se le ha caído. Antes de que lo consiga llego junto a él y le pateo con todas mis fuerzas en la cara. Tengo las piernas adormecidas, pero todavía puedo moverlas bien.
Cae hacia atrás. Queda boca arriba, aturdido del golpe.
Cojo su arma y le apunto a la cabeza.
—No tiene huevo , medio mierda —me ladra.
—Nunca me han gustado las armas de fuego —contesto.
Lanzo la pistola lejos de mí.
Él sonríe.
Varios dientes han saltado de su boca gracias a mi chute.
— Ere un cobarde —me suelta a la vez que intenta incorporarse. Yo miro a mi alrededor. Si este está por aquí, es posible que haya más ladrones de almas cerca.
Antes de que consiga levantase me acerco. Está sentado, con las dos manos apoyadas en la tierra. Levanta su enloquecida mirada y me observa. Noto que está aturdido por la patada que le he dado. Me agacho y, en menos de medio segundo, le clavo mi segunda daga en el cuello.
Su cara me cuenta que no sabe qué ha sucedido.
Intenta hablar, pero no puede.
Saco la daga y el líquido rojo que sale de su arteria cae por su cuello, llega hasta el hombro y resbala por su brazo izquierdo como el cauce de un río hasta tocar la tierra.
—Ya no vas a hacerle daño a nadie más —indico sin dejar de mirar a unos ojos que se apagan a cada segundo que pasa.
Un instante después cae muerto.
Recupero mi primera daga de su brazo y limpio la hoja en su sucia camiseta. Miro a mi alrededor y camino de vuelta hasta mi mochila, vigilante por si hay alguien más.
Empiezo a marearme de nuevo.
Saco el teléfono y marco el número de Víctor.
Antes de acabar de pulsar la última tecla mi vista se nubla.
Algo no va bien. Siento un calor sofocante, pero mi frente está fría y pegajosa.
Creo que tengo una bajada de tensión. Sospecho que el subidón de adrenalina producido por la visión del tipo que iba a dispararme ha finalizado, hecho que ha enmascarado momentáneamente una sobredosis de morfina.
Ahora estoy sintiendo los efectos reales.
Supongo que, al final, dos chutes sí que eran demasiado.
Con la vista nublada pulso la última tecla.
Espero haber acertado. Caigo al suelo, junto al teléfono.
—Dime —escucho a Víctor contestar en la lejanía.
—Ayúdame —consigo decir tras unos segundos—. Disparo en muslo. Demasiada morfina. Ven ya.