El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 77
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Capítulo 77

Estancia de Leonardo

Amboise

El tiempo pasa, incansable, y yo no soy consciente. Leonardo se ha sentado a mi lado y me observa en silencio como tan solo los genios saben hacer, empapándose de cada instante para comprender lo que sucede. Ojalá pueda, porque yo no. Tengo ante mí un objeto de mi presente.

—Esto es imposible —repito por enésima vez en voz alta.

Leonardo calla.

Ha comenzado a garabatear en una hoja. Supongo que ya está dibujando este objeto desconocido para él.

—¿Cuál es la naturaleza y utilidad de tal elemento, mi buen amigo? —quiere saber.

Yo no contesto.

Sopeso la cuestión. Leonardo no tendría que saber nada de este aparato futurista. Si lo dibuja y ese papel llega a mi tiempo habría demasiadas preguntas por responder.

—No puedes documentar este objeto, querido amigo.

—¿Por qué no? —inquiere, algo molesto.

—Este artilugio lo inventó un genio de mi época —Leonardo me escucha con atención, aunque sin quitarle el ojo a la tablet —. No debería estar aquí y no sería bueno que tú documentaras algo que no pertenece a esta época.

—Es solo una extraña lámina de metal que por una de sus caras es un espejo —indica señalando a su escritorio.

A ver cómo le explico yo que esto que tenemos ante nosotros deja el intelecto del genio más importante conocido hasta ahora a la altura del de una lombriz de tierra .

Por suerte, en algún momento de su viaje este trasto se quedó sin batería y dejó de funcionar.

—Prometo explicártelo todo en otro momento —le digo para tranquilizarlo. Una mente como la suya no se va a conformar con verlo y no saber para qué sirve—. Volveré y te lo enseñaré una vez que lo haya reparado.

—¿Acaso está deteriorado?

—Algo por estilo —respondo—. Aquí no puedo arreglarlo, pero si lo llevo a mi presente hay técnicos que lo harán.

El autor de innumerables obras de arte sopesa mi respuesta. No está muy convencido.

—Acepto, mi buen amigo. Deposito mi confianza en tus palabras. Sé que volverás para contarme y mostrarme su utilidad.

Yo asiento.

Observo de nuevo el iPad.

El metal está algo rayado por la parte de atrás, pero la pantalla de cristal está intacta. La manzana mordida me mira silenciosa, ajena a todas las alteraciones que ha podido causar durante el curso de la historia. Que sospecho que han sido unas cuantas.

La mesa del rey Salomón era una jodida tablet encastada entre maderas que formaban una fea mesa.

¡Manda huevos!

A mi mente vuelve una y otra vez la frase del librero:

«La mesa de los panes de Salomón daba a su propietario el conocimiento absoluto porque contenía toda la sabiduría de Dios».

Nos ha jodido, pues claro.

Si esta tablet cayó en manos del rey y la supo usar en su beneficio, dependiendo de la información que contuviera, ya pudo ser el rey más sabio de su época, no te jode.

Así cualquiera, amigo Salomón.

¿Cómo llegó hasta aquella época?

Solo un viajero como yo pudo llevarla. Y como es de mi tiempo quiere decir que debe de haber más como yo en mi presente .

¿O acaso fui yo mismo?

Quiero decir que igual, en un futuro no muy lejano, yo la llevaré conmigo y la perderé por ahí, cosa que no me extrañaría en absoluto con lo patoso que soy.

Mierda de incongruencias temporales, qué poco me gustan.

—Debo volver a mi tiempo —le digo.

—Y yo ansío observarte mientras lo haces —me suelta sin más. Acaba de dejar claro que no se separará de mí hasta que salte. Yo también haría lo mismo, la verdad.

Al salir de la estancia de Leonardo comprobamos que dos soldados de la guardia del rey están apostados en la entrada.

—Seguidnos —ordena el maestro.

Caminamos hacia la biblioteca para huir por el mismo túnel por el que hemos venido y que finaliza en el taller que Leonardo tiene fuera del castillo.

La pierna me duele horrores a cada paso que doy. Noto el entumecimiento palpitando con cada latido de mi corazón. Creo que está más caliente de lo normal. Espero que no se haya infectado.

—¿He dejado mi impronta en la historia? —me pregunta el maestro una vez en el interior del oscuro y húmedo túnel. Huele a cerrado y a ratas muertas.

Yo sopeso la respuesta.

En cualquier otro caso no diría nada, pero, de nuevo, soy consciente de que este genio morirá en menos de cuarenta y ocho horas.

Aunque nadie lo diría, la verdad, porque tiene energía para rato y muchas ganas de vivir.

Siento lástima. Recuerdo haber leído o visto en algún documental que su muerte será a causa de un derrame cerebral.

Qué pérdida más grande para la humanidad.

Miro a los soldados que nos siguen a pocos pasos. Se han detenido y aguardan a un par de metros por detrás de nosotros. Me acerco al maestro.

—Serás un personaje de gran importancia —susurro para que este secreto quede entre nosotros—. Tus escritos y tus pinturas, así como los objetos que has diseñado, se estudiarán y serán admirados por todos. La Gioconda tendrá un valor incalculable y será el cuadro más reconocido del mundo.

Leonardo me mira en silencio en la penumbra del túnel.

—Serás considerado una de las personas más influyentes en la historia del ser humano —resumo.

Su mirada es tierna.

Creo ver una lágrima que asoma en sus ojos.

Suspira.

Pone su mano en mi hombro.

—Gracias, maese Quim. Te lo agradezco.

Dicho esto, da media vuelta para seguir caminando.

Me cuesta seguir su ritmo. El muslo me quema.

A los pocos minutos, salimos a la casa que el maestro usa como taller y que solo él y sus más allegados conocen. Allí sigue la mujer joven que vi cuando desperté hace unas horas. Leonardo la saluda sin detenerse. Agarra una bota, que supongo que contiene agua, y un par de pedazos de pan.

Salimos y me pregunta:

—¿Hacia dónde debes ir?

—Mi punto de partida está a unos cinco kilómetros hacia el sur. Un lugar en el que solo hay campo y árboles.

Leonardo asiente. Piensa unos segundos y arranca a caminar con paso rápido. ¡Cómo corre este tío!

¡Qué vitalidad, por Dios!

Los dos soldados nos siguen el paso.

En poco menos de una hora llegamos a la zona. Por más que he insistido en que viajemos en carro, los guardias han preferido ir a pie porque, según ellos, es más fácil camuflarse de los atacantes.

Estoy muy cansado.

Solo hemos parado una vez para comer el pan y beber agua. No quería beberla, pero la necesitaba como el respirar. Por suerte, llevaba una pastilla potabilizadora. Espero que haya hecho su efecto o las cagaleras llegarán en cuanto vuelva al presente.

—¿Y ahora? —quiere saber .

—Ahora solo necesito concentrarme durante unos segundos y saltar a mi tiempo —le respondo, sabedor de que es algo incomprensible.

Llevo el iPad oculto entre mi ropa, protegido bajo el chaleco antibalas. Me muero de ganas por saber qué información contiene en su interior.

—Muchas gracias por su ayuda —le digo.

—A ti te doy las gracias, mi buen amigo, por revelarme la importancia que tendré en el futuro —contesta, justo antes de darme un sincero y cálido abrazo.

Los soldados se acercan a nosotros.

Uno de ellos le dice algo a Leonardo. Su cara cambia.

—En guardia —me ordena el joven soldado—. Creo que estamos rodeados.

En ese instante, varios hombres aparecen tras los matorrales y se abalanzan contra nosotros. Debe de haber como una docena. Gritan como poseídos, espadas en mano. Algunos llevan hachas.

Malditos cabrones.

¿Cómo pueden saber dónde estoy en cada momento?

Saco mi espada y me pongo en guardia.

—Quédate a mi espalda —le ordeno.

Leonardo me hace caso y se coloca a mi espalda, entre uno de los soldados y yo.

El ataque de los asaltantes es feroz. Vienen todos de golpe, sin miramientos.

Esquivo al primero, vigilando mi espalda y al maestro.

El segundo llega seguido, no lo esquivo, ya tengo otro a mi retaguardia, a este le rebano el cuello sin miramientos.

Me giro para encarar al primero. Doy un par de pasos, desvío sus golpes de espada y le clavo la mía en el pecho.

Dos menos.

Veo de reojo que los soldados se ocupan de otros tantos. Saben luchar muy bien.

La pierna me quema cada vez más. Duele como si tuviera una daga ardiendo clavada en el muslo.

Leonardo se percata de ello .

—Márchate ya, amigo mío. Los soldados darán buena cuenta de estos energúmenos.

Desvío el ataque de otro. Nuestras espadas se cruzan y hacemos fuerza para empujarnos. Sus ojos se clavan en los míos. Tiene una mirada alocada, insana. Este es un ladrón de mentes, sin duda alguna. Lo siento por el cuerpo que acaba de poseer, pero morirá.

En medio de este despropósito, una idea sobrevuela mi cabeza. ¿Qué pasaría si lo hiero lo suficiente como para que no pueda luchar, pero sin matarlo? ¿Dejaría este cuerpo y por lo tanto el inocente huésped no moriría?

Pensado esto, doy un paso al lado, esquivo su golpe y le hago un corte preciso en su brazo derecho.

La espada cae de su mano y su mirada se vuelve distinta.

Hay terror en sus ojos. Me acerco despacio, levanto mi espada para dejarlo como un pincho moruno y veo que el cuerpo cae desmadejado y sin sentido.

El ladrón de mentes se acaba de largar. Y el inocente sobrevivirá a pesar de la herida.

Mi conciencia está más tranquila.

El dolor de mi pierna se vuelve cada más fuerte. Y eso me preocupa. Noto que estoy un poco mareado. El campo da vueltas a mi alrededor. Apenas puedo sostener la espada.

Caigo de rodillas. Esto no es bueno.

Sea la herida que sea, el efecto Pausa ralentiza mi lesión, el dolor y todo lo que le suceda a mi cuerpo. Esto quiere decir que, si aquí estoy jodido, en cuanto vuelva a mi tiempo y el efecto deje de hacer su trabajo voy a durar un suspiro.

Tengo miedo.

—Hora de partir, maese Quim. Ahora, se lo ruego —ordena Leonardo, dándose cuenta de que algo no va bien.

Se agacha y me toca la cara mientras que los dos soldados repelen los ataques. Una lluvia de piedras cae del cielo. Veo de reojo que hay varios tipejos lanzando cantos con una honda.

—Me encuentro en buenas manos —suplica Leonardo, al tiempo que se protege la cabeza de la pedregada que sigue cayendo—. Vete, mi buen amigo .

Miro a mi alrededor y compruebo que solo quedan cuatro asaltantes con vida y algunos cobardes lanzando guijarros. Es cierto que los valientes soldados podrán con ellos.

Asiento.

Leonardo también.

—Volveré a verte, viejo amigo —le digo con mucho esfuerzo. Noto que estoy a punto de desfallecer.

—Esperaré impaciente, amigo viajero —indica con una sonrisa traviesa.

Me concentro todo lo que puedo entre tanto griterío y dolor. El muslo ahora arde como el fuego.

Leonardo me mira, atento.

Respiro.

Noto que estoy preparado.

La luz brillante llega y mi cuerpo deja de pesar.

Levanto la cabeza y entre tinieblas lejanas puedo ver al maestro observándome.

Sus ojos se abren a medida que mi cuerpo se marcha del lugar.

Puedo verlo sonreír, sorprendido como un niño ante un truco de magia.

En un instante, su cara cambia. Creo haber visto como una piedra le golpea con fuerza en la cabeza.

La he visto salir rebotada. Era enorme. Al mismo tiempo que yo salto, sus ojos se cierran y cae sin sentido a mi lado.

Intento detener el salto. No lo he hecho antes y no sé si funcionará.

Me concentro en interrumpir mi viaje, pero es como intentar detener una caída libre.

Es imposible.

Antes de que su cuerpo sin sentido toque tierra, yo ya he desaparecido del lugar.