Capítulo 76
Estancia de Leonardo
Amboise
Colocamos la mesa sobre un tablero que sirve como lugar de trabajo del maestro Leonardo. Está junto a la única ventana de la estancia. La luz que entra por ella a estas horas ilumina cada palmo de la insulsa y a la vez extraña mesa.
—No veo tornillos ni remaches —susurro para mí.
—No existe clavo alguno que una las maderas, sino que ellas mismas son las que se unen. Es un trabajo que requiere gran destreza. Las maderas están labradas de manera que se han unido entre sí mediante presión y algún tipo de adhesivo o cola permanente.
Yo asiento.
En verdad es un trabajo de un maestro artesano. Sin florituras, pero con una técnica exquisita.
—Tendremos que desmontarla con cuidado.
Leonardo me acerca un conjunto de cinceles de distintas formas y tamaños, además de un par de martillos.
En ese instante alguien aporrea la puerta del maestro.
Leonardo me mira.
Camina hasta la puerta y pregunta en voz alta:
—¿Quién es?
—Maese, soy Philippe —dice una voz grave en francés.
—Es el capitán de la Guardia —me informa.
Abre la puerta.
El capitán, ataviado con su vestimenta de batalla, sudoroso y algo excitado, entra en la estancia.
—Maese —saluda. Después me mira, se pone en guardia.
—Tranquilo, Philippe, es un invitado amigo mío .
El capitán me observa. Se relaja un poco.
Mira a Leonardo y asiente.
—Maese, están atacando el castillo. Por el momento aguantamos las embestidas, pero debería prepararse para una huida por los túneles por si lograran entrar.
—Comprendo —se limita a decir el genio de Florencia.
Dicho esto, el capitán se marcha por donde ha venido. Leonardo cierra de nuevo la puerta y se acerca a mi lado.
—Prosigamos —me dice, como si no hubiera pasado nada.
Lo primero que hago es sacar la pequeña base que sustenta la tabla principal de la mesa con unos cuantos golpes de martillo. Ahora quedan a la vista las dos patas que la unen al tablero que me interesa. Dos golpes más y también salen sin demasiado esfuerzo.
Dejo la parte superior de la mesa sobre el escritorio de trabajo para observarla mejor bajo la luz del sol.
Brilla. Debe de tener unos cincuenta centímetros en sus lados más anchos y unos cuarenta en los otros dos.
Los listones de madera que cubren el cristal son de unos cinco centímetros de ancho y su contorno queda escondido bajo ellos.
—Debemos ir con precaución para separar la madera del vidrio sin romperlo —indica Leonardo.
Yo asiento.
—Creo que lo mejor sería introducir un cincel en las junturas de las esquinas e intentar separarlas con pequeños golpes. O haciendo palanca, si es posible.
—Se romperá —me avisa.
—Lo sé, pero no importa. Solo me interesa mantener intacta la parte del cristal.
—Si hubiera sabido que la madera no era transcendental la hubiera abierto yo hace tiempo —replica el maestro.
Volteo la mesa para dejar la brillante superficie del espejo apoyada en el tablero de trabajo, sobre un trapo que lo protegerá de rayaduras y golpes.
Por la cara opuesta no hay cristal, tan solo una plancha de madera oscura bastante gruesa, como el resto de la mesa. Encaro el cincel mediano, que está muy bien afilado, y lo meto en la junta que une dos de los listones con pequeños golpes de martillo. Despacio.
Al cuarto golpe el cincel ha penetrado casi un centímetro. La unión entre las maderas se ensancha lo justo para que Leonardo introduzca otro cincel más grande. Una vez logrado, entre los dos hacemos palanca hasta que los maderos ceden con un crujido de dolor.
Sacar los dos listones restantes es mucho más fácil. Solo hacen falta unos pocos martillazos bien controlados para dejar a la vista una gruesa tabla rectangular sobre la que se apoyaba la parte trasera del vidrio.
En cuanto aparto los pedazos rotos y los dejo sobre la mesa, levanto con cuidado la madera para que la cara trasera del espejo quede al descubierto. Pero no veo lo que esperaba.
Bajo el sol del mediodía, mi corazón se detiene.
Mi respiración también.
Observo lo que ha quedado desnudo sobre el escritorio, pero mi cerebro es incapaz de asimilarlo.
Sin darme cuenta, comienzo a sudar.
—¿Qué es ese artilugio, amigo Quim?
No sé cómo explicarle qué es.
No tengo palabras.
Por mi cabeza resuena la conversación que días atrás mantuve con el librero y el relojero cuando hablábamos de la mesa del rey Salomón. Entre muchos detalles, don Alfonso repitió la fábula más conocida sobre este objeto:
«La mesa de los panes de Salomón daba a su propietario el conocimiento absoluto porque contenía toda la sabiduría de Dios».
—Amigo Quim. ¿Te encuentras bien?
Leonardo me toca en el hombro.
—Sabes qué es, ¿no es así?
Yo asiento.
Mis ojos están clavados en un símbolo que reconozco sin duda alguna: una manzana mordida.
—Es un iPad —me limito a contestar.