Capítulo 75
Estancia de Leonardo
Amboise
Tardo unos segundos en limpiar por completo toda la superficie de la mesa.
La base inferior, las patas y casi toda la parte de arriba son de madera oscura, no sabría decir de qué clase.
Pero la parte superior, la que se usaría normalmente para dejar las cosas, es de cristal perfectamente pulido y sin ningún rasguño ni desperfecto, algo extraño teniendo en cuenta que tiene miles de años.
Me puedo ver en él perfectamente reflejado como si fuera un espejo.
—Nunca antes mis ojos se posaron sobre un artefacto con una superficie tan extraordinaria. Me ha resultado imposible discernir el artífice que la forjó. Solo en la serenísima Venecia he contemplado maravillas semejantes, villa conocida por su exquisito vidrio soplado de alta calidad.
Intento encontrar algún detalle, dibujo, firma o marca que me dé pistas sobre su procedencia. No hay nada. Pero el cristal de la superficie es magistral. Está encajado a la perfección. Noto que el marco de madera está por encima del vidrio y esconde los bordes. Es un trabajo simplemente perfecto.
Tal y como decían las antiguas fábulas, es una mesa, pero bien podría ser también un espejo.
—He visto muy pocas mesas de cristal de comedor o decorativas de épocas antiguas, pero esta es distinta.
Se asemeja más al típico diseño de mesas con bases de vidrio características de mediados del siglo veinte —suelto en voz alta, sin darme cuenta.
Un escalofrío recorre mi espalda. Siento la mirada del maestro taladrándome desde la distancia .
—Querido amigo Quim, creo que ha llegado el momento de que compartas la verdad acerca de tu inmortalidad —me dice Leonardo, mientras se acerca para poner su huesuda y mágica mano sobre mi hombro—. A cambio, te revelaré todo lo que conozco sobre la historia de la mesa que tanto captura tu interés.
Seré bocazas.
No puedo jugar al escondite con la mente de un hombre tan extraordinario. ¿Qué mal le puede hacer conocer mi verdad si en dos días exactos este genio dejará de existir?
—Está bien, querido amigo, cuéntame lo que sabes y yo te contaré mi secreto —le digo sin más.
Leonardo sonríe satisfecho.
Me señala una silla que hay junto a la mesa. Ambos nos sentamos. Se acomoda los ropajes. Entre nosotros descansa la que espero que sea la mesa del rey Salomón, la que contiene toda la sabiduría de Dios, según antiguas fábulas.
—Esta noble mesa que nos acompaña hoy arribó a las manos del rey Carlos VI en el mes de julio del año 1391.
El diligente mensajero que la entregó estaba herido de gravedad y sucumbió poco después de su llegada.
En su juventud, este viajero había sido un leal soldado al servicio del rey y gozaba de su plena confianza.
Supongo que fue por esta razón que se dirigió personalmente a Su Majestad, instándole a velar por la mesa como si de su propia vida se tratara.
Sin embargo, sus heridas resultaron ser tan severas que no le permitieron detallar más.
A lo largo de los años, el monarca apenas destinó atención al objeto, absorto como estaba en los desafíos cotidianos de sus problemas mentales.
La mesa, testigo silente de tantas eras, permaneció oculta entre las opulentas posesiones reales hasta que, transcurridos más de dos siglos, el rey Francisco la descubrió fortuitamente mientras exploraba los sótanos de palacio, siempre repletos de reliquias antiguas.
Leonardo habla con solemnidad. El relato que guarda en su mente así lo requiere. Para él es de suma importancia.
—Es menester señalar que mi querido amigo posee una inclinación natural por rebuscar entre los numerosos tesoros acumulados a lo largo de los siglos en los recónditos subterráneos de los distintos palacios reales de Francia.
En este caso, el rey notó que, aunque modesta en su diseño, la mesa destacaba por ese cristal o espejo que la coronaba, detalle que también ha captado tu atención.
Yo asiento. Y de nuevo poso mi mano sobre la mesa.
—Decidió ahondar en sus misterios y la examinó minuciosamente —continúa relatando el maestro—.
Fue entonces cuando desentrañó un manuscrito oculto en una de las patas huecas, fechado en el siglo catorce y firmado por el hombre que la entregó a Carlos VI.
Sin embargo, la nota guardaba silencio sobre el origen de la mesa, quizás porque el mensajero no deseaba revelar tal información.
Más bien, y es mi modesta opinión, repetía de nuevo lo que aparentemente le dijo al rey en el momento de la entrega: «Esta mesa solo debe pertenecer a quien conozca su verdadero nombre: Tabula Dei.
Solo un Protector es digno de ella. Cuidaos de los Ladrones que la persiguen».
—Esta nota es muy parecida a la que tú dejaste escrita.
—Así es. Tan solo he legado lo que se decía en la original, sin entender el mensaje. A pesar de haber investigado mucho no encontré nada que me indicara qué era este objeto. Y eso que estudié todas las pinturas posibles en busca de información.
—¿Pinturas? —pregunto con interés.
—Así es, maese Quim. Busque siempre en los frescos. En los cuadros, a simple vista, se esconden los más oscuros secretos.
Sonríe levemente.
Yo asiento.
Ahora me queda mucho más claro que en sus cuadros debe de haber muchos secretos todavía por desvelar.
—Al descubrir este enigmático escrito, el rey me convocó en secreto para que dedicara mis esfuerzos al estudio de dicho objeto —continúa contando el maestro—.
Tras tres años de intensa investigación, lamento confesar que no he logrado desentrañar sus misterios.
Siendo consciente que mi vista se apaga y mi deseo de escribir se desvanece, decidí confiarte a ti, mi estimado amigo Quim, toda la información sobre mis estudios y los datos relacionados con la Tabula Dei.
Mi esperanza es que puedas completar lo que yo no he sido capaz de lograr.
Escuchar a este gran hombre es algo impagable. Emana sabiduría en cada movimiento. Qué lástima que no naciera unos siglos después, hubiera sido una pieza clave en la evolución del ser humano.
Tras acabar su relato se levanta con más esfuerzo del que querría. Camina hasta una mesa situada en el otro extremo de la sala y se sirve algo de una jarra de cerámica de color oscuro.
—¿Un poco de vino? —pregunta.
—Solo un poco.
—¿Preparado para relatarme tu historia? —quiere saber. Una sonrisa asoma entre las arrugas de su cara. Sus ojos siguen guardando un ápice de travesura, del niño inconformista y curioso que seguramente algún día fue.
—¿Qué quieres saber? —le digo. Hay tanto que contar.
—El secreto de tu eterna juventud, para empezar. Es un dato que ahora mismo me iría muy bien, como puedes ver.
Se señala así mismo.
—Mi buen amigo, te prometo que te lo contaré todo, pero no ahora. Hay en el pueblo hombres que quieren este objeto, además de asesinarme en la misma jugada, ladrones que no deben hacerse con la mesa.
Entorna sus arrugados ojos y me observa. No esperaba que le diera largas. Quiere saber.
—¿Te refieres a los ladrones, con la letra mayúscula que resalta a un nombre propio, de los que hablaba el protector?
Yo asiento.
—¿Eres tú, amigo Quim, uno de esos protectores? —indaga con los ojos entornados, a la vez que acaricia su larga barba blanca.
—No, maese Leonardo —a veces le llamo así; otras, don Leonardo o maestro—. He conocido a alguno, incluido al que legó esta mesa al rey francés en julio del año 1391 .
—Así que eres inmortal, tal y como me imaginaba —susurra Leonardo, confuso por primera vez en muchos años.
—Soy mortal, querido amigo.
Sopeso mis palabras. No quiero contarle nada. Ahora me preocupa más estudiar esta mesa, pero Leonardo espera que cumpla mi parte del trato. Y de nuevo me digo que qué más da, va a morir en dos días, dale ese placer que tanto ansía.
—Mi secreto es que puedo viajar en el tiempo —le suelto sin más.
Él me mira.
Observa cada centímetro de mi cuerpo.
—Eso quiere decir que eres el hombre más sabio que conozco.
Guardo silencio.
No esperaba esa contestación por su parte.
—Cuéntame, amigo viajero, ¿de dónde vienes? Supongo que del futuro, ya que anteriormente has comentado sobre asuntos que has presenciado en el siglo veinte.
No parece sorprendido, al menos por fuera.
—Mi presente está en el siglo veintiuno —le digo.
Él asiente.
—¿Sigue el hombre estando en guerra?
Asiento con la cabeza.
Mi silencio lo dice todo.
Veo la pena en sus ojos.
—Si sigue habiendo guerras es que no hemos logrado evolucionar y, por ende, no me interesa saber nada más del futuro, amigo Quim.
Dicho esto, se levanta de su silla y se alisa la ropa.
—Agradezco de corazón que me hayas confiado tu secreto. Puedes estar seguro de que estará resguardado bajo llave en mi corazón y me lo llevaré a la tumba —promete solemnemente.
—Lo sé.
Me levanto y le pongo una mano sobre su hombro.
—Siento no poder darte mejores noticias —añado con sinceridad .
Él asiente.
—Ahora, si no te importa, quiero estudiar esta mesa para averiguar más sobre ella —le ruego.
—Y yo te brindaré mi ayuda, querido amigo.