Capítulo 74
Castillo de Clos-Lucé
Amboise
Tras varios minutos caminando entre tinieblas y pasadizos húmedos con olor a moho y muerte, llegamos hasta un pequeño muro donde acaba nuestro camino.
En cuanto le da la luz me fijo en que es de madera.
Leonardo deja la antorcha prendida en el soporte que hay en la pared y busca en su bolsillo la llave para abrir la puerta.
—¿Quién te mostró este pasadizo? —pregunto.
—Mi buen amigo Francisco.
—¿El rey?
—¿Acaso conoces a otro Francisco? —pregunta un tanto irónico—. Fue él quien me convocó para estudiar algo que consideraba de suma importancia, aunque, por más que observé, no pude percibir su verdadero valor.
—La Tabula Dei —susurro.
—Así es. A primera vista, conforme a las palabras del honorable rey, no parecía más que una mesa de aspecto modesto, una pieza que había pasado de monarca a monarca, de palacio en palacio y que había sido preservada más por su antigüedad que por su belleza —cuenta Leonardo, mirándome a los ojos, con la llave de la puerta todavía en su mano—.
Fue solo por casualidad que el rey la descubriera en los sótanos del castillo y reclamara su atención.
Leonardo se gira e intenta abrir la puerta. Despacio. No quiere hacer ruido al girar la llave en un cerrojo demasiado oxidado por culpa de la humedad del lugar.
El maestro estira de la puerta con cautela.
Al otro lado, un velo oscuro no deja ver nada .
Alargo el brazo hasta que toco una especie de tela.
—Es un tapiz que disimula esta vía de escape —me informa el maestro—. Prosigamos, es por aquí.
Camina hacia la derecha. No hay espacio entre el tapiz y el muro. Si alguien está en este instante al otro lado, observará cómo un par de bultos se mueven tras la tela.
—Cierra la puerta —me indica.
Unos pocos pasos después salimos a la luz.
Es una gran sala repleta de libros. Una enorme chimenea preside la estancia. Delante de ella, sobre una moqueta preciosa de tonos burdeos, hay dos cómodos sofás.
Qué delicia de lugar. Ojalá pudiera tumbarme a leer mientras escucho el crepitar del fuego.
—Esta sala es la biblioteca principal —indica, sin dejar de caminar—. Mi estancia y mi taller están aquí al lado. Vamos, sígueme.
Parece mentira, con lo mayor que está y que le quedan dos días de vida, literalmente, la fuerza que tiene este hombre.
Al cabo de unos veinte dolorosos pasos llegamos a la habitación del maestro. La pierna me duele de nuevo. Parece que se me está pasando el efecto de las hierbas que me dieron.
Abre la puerta con una llave, que se saca de algún bolsillo que no he logrado ver entre tanto ropaje, y entramos.
Nada más en el interior, cierra de nuevo con llave. La puerta es robusta. Tardarían horas en echarla abajo en caso de asedio.
Leonardo se acerca a una pared repleta de libros y de velas chorreantes de cera a causa de cientos de horas de lectura y me mira. Junto a él, en un rincón, hay una pequeña mesa de madera. Nada del otro mundo. No hubiera dado por ella ni dos euros en un mercadillo.
—Aquí la tienes —dice sin más. Su dedo arrugado la señala. Sus ojos me observan. Espera a que diga algo.
—No es que sea muy bonita, la verdad.
Camino hasta ella.
Me agacho para verla mejor.
Respiro .
Mis pulsaciones aumentan sin querer. Si bien es cierto que la mesa es fea de cojones, si es lo que creo que es, la mesa del rey Salomón, tiene un valor incalculable. Al menos histórico.
La acaricio.
Paseo mis dedos por sus contornos. Tiene mucho polvo acumulado. Lleva aquí tiempo sin que nadie se fije en ella. Quizá ese es el secreto de su supervivencia a través de los siglos. No destaca en absoluto.
Toco las dos patas que salen de su pequeña base rectangular. Acaricio los bordes de la superficie, quitando el polvo, y me extraño de lo fría que está. Y de su tacto
Agarro un trapo de una estantería cercana y limpio la superficie.
El brillo es tal que refleja mi cara, aunque todavía está algo sucia.
El pulido de esta mesa es asombroso a pesar de los miles de años que tiene, si es que en realidad es la mesa de Salomón.
Paso mis dedos otra vez por encima, doy un par de golpecitos con la uña y solo entonces me percato de lo que es.
—No puede ser —acierto a decir, embobado. Aturdido.
Leonardo me observa y sonríe a mi espalda.
El maestro esperaba con ansia este momento.