El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 73
92%

Capítulo 73

Amboise

Un tumulto de gente avanza desde el río Loira, arrasando todo a su paso. La gran mayoría son campesinos que portan sus herramientas de trabajo como armas mortíferas, y no dudan en usarlas contra cualquiera que se cruce en su camino.

La tropa de soldados, que pertenecen a la corte de Francisco I y viven para defender el castillo donde habita el maestro da Vinci, forman ante las puertas, dispuestos a proteger la fortaleza real de un centenar de exacerbados, preparados para cumplir su objetivo.

No todos son ladrones de almas, ya que las reglas dictan el número máximo y la distancia mínima desde la que pueden saltar.

Aun así, se han reunido los setenta y dos ladrones que han saltado desde distintos lugares, más otros tantos mercenarios bien remunerados, que arrasan a su paso con todo lo que pueden.

La primera parte de su salario es en monedas, el resto lo obtendrán del dinero, joyas, mujeres y todo aquello que deseen poseer sin que nadie les diga lo contrario. En esa época confusa jamás faltan interesados dispuestos a lo que sea con tal de disfrutar de sus jugosos premios.

El grupo de hombres comandados por Jacob saltó desde la iglesia de Saint-Hubert, en el centro de Amboise, poco después de que lo hiciera Quim.

A los pocos segundos, doce capellanes caían rendidos ante las parásitas mentes de los ladrones de almas, sin poder imaginar las barbaries que estaban a punto de cometer.

Al mismo tiempo, y a la distancia de seguridad, cinco grupos de doce ladrones más saltaban al unísono. Tras recorrer el terreno que los separaba hasta el epicentro del plan de ataque, todos se reunieron para iniciar su acometida antes de que saliera el sol.

—¿Lo habéis visto? —pregunta a voces un cura de mediana edad. En su mano lleva un hacha que chorrea sangre.

Todos niegan con la cabeza.

—Vayamos al castillo —ordena.

—Los soldados del rey lo protegen —advierte Samuel, ataviado también con una sotana negra. Lleva dos espadas, una en cada mano.

—Pues acabemos con ellos —grita Jacob sin más.

La jauría de mentes alocadas camina decidida hacia las puertas del castillo, que se encuentra a menos de trescientos metros de distancia. El pelotón de soldados, apostados en la entrada, casi pueden oír las voces y el griterío de los que se acercan sin miedo a morir.

El emisario real ya ha partido hacia el Palacio de Fontainebleau, donde se encuentra en estos momentos el rey Francisco I. Sin duda, el monarca debe conocer este extraño e inesperado ataque por parte de la gente de la ciudad. Nadie esperaba que tantos buenos ciudadanos se revelaran contra el rey.

El pelotón, formado por treinta hombres bien armados y adiestrados, es conocido como los Guardias del Cuerpo.

Una élite de la guardia real que tiene la responsabilidad de proteger al rey y sus propiedades, incluyendo sus residencias y tesoros.

Una unidad que presta servicio tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra, destacando por su lealtad y habilidades militares.

Estos en concreto tienen órdenes claras y concisas de defender el castillo de Clos-Lucé, así como proteger con sus vidas, si fuera necesario, la figura del maestro Leonardo da Vinci.

El grupo de energúmenos se acerca en la distancia como hienas que huelen la carroña.

Son el triple que los soldados reales y eso los envalentona.

Los ladrones de almas no temen por sus vidas porque no son sus cuerpos, aunque siempre cabe la posibilidad de que puedan llegar a morir.

Y los mercenarios tienen su mente puesta en los beneficios que obtendrán tras la batalla, más que en el momento actual.

Los Guardias del Cuerpo toman posiciones. La mitad de ellos se arrodilla. La otra mitad se coloca detrás. Todos llevan mosquetes de última generación que disparan bolas de acero capaces de matar en la distancia.

Cuando los asaltantes se ponen a tiro una primera oleada de disparos resuena en el lugar.

Más de una decena de los sublevados recibe una bala que destroza parte de su cuerpo.

Entre ellos hay mercenarios y ladrones de almas.

Los mercenarios gritan de dolor mientras que los ladrones de almas abandonan sus cuerpos, por miedo a morir con ellos, dejando a los ciudadanos malheridos en el suelo, sin sentido.

Mientras que el primer grupo de soldados recarga sus mosquetes, acto que no es sencillo, el segundo pelotón dispara de nuevo. Esta vez ninguno de ellos falla su disparo, ya que los atacantes cada vez están más cerca y son un blanco más fácil.

De nuevo, algunos de los heridos gritan y se retuercen; otros, sin embargo, caen como marionetas a las que se les han cortado las cuerdas.

Otra ráfaga de disparos mortales.

Más cuerpos caídos. Esta vez hay muchos muertos.

Jacob se mantiene en la retaguardia, como perro viejo que es. Espera al momento idóneo para atacar. No contaba con que todos los soldados del rey tuvieran una o varias armas de fuego a su alcance.

Otra ráfaga más.

Los muertos se cuentan por decenas. Hay de los dos bandos aliados. Más mercenarios que ladrones, que en cuanto notan el dolor de la bala en su cuerpo lo dejan al instante. Aunque otros levitas no tienen tanta suerte y mueren en el acto.

A pesar de las bajas, los asaltantes están cada vez más cerca del castillo. El capitán de los Guardias del Cuerpo decide que ha llegado el momento de replegarse tras las puertas de la fortaleza. Seguirán con la defensa protegidos por la pequeña muralla que los separará de los sublevados.

Jacob ve como las puertas se cierran .

No tiene claro que el Señor del Tiempo esté ahí dentro, pero los espías han asegurado que ese tal Quim había venido para ver a Leonardo da Vinci. Y el maestro italiano sí habita en el interior del castillo, tras las puertas protegidas por los soldados del rey.

Desde su posición ve complicado entrar.

Han perdido el efecto sorpresa.

Y ni siquiera sabe a ciencia cierta dónde puede estar.

—¿Intentamos entrar? —pregunta uno de los ladrones de su grupo.

—Sería un suicidio —opina Samuel, el apoderado del Sumo.

—No vamo a podé ni asercarno . Eza tropa é de soldaos de élite —indica Jacob—. Y tienen mosquetes. Nos van a mazacrá .

Samuel asiente. A pesar de la locura que se respira por cada poro de Jacob, hay momentos en los que todavía piensa con claridad.

—Vamos a replegarnos en las afueras de la ciudad y a esperar —opina Samuel—. Que algunos se queden camuflados entre las gentes del pueblo y estén atentos. En cuanto vean al extranjero o a da Vinci, que lo comuniquen con rapidez.

Jacob asiente.

—Yo voy a buzcá a eze Quim en otro tiempo. Eztoy zeguro que ha zaltao desde aquí serca . —Su mirada está completamente ida, ausente—. Voy a acabá con eze cabronazo como zea .

Los soldados del rey observan como todos los forajidos que todavía quedan vivos huyen hacia el oeste, hacia el río, sabedores de su debilidad ante las fuerzas de élite del monarca.

En ese mismo instante, a pocos metros de allí, dos personas caminan hacia el interior del castillo a través de un túnel secreto que debía servir como vía de escape en caso de asedio, ideado por Étienne le Loup, intendente de finanzas del rey Luis XI, y el hombre que mandó construir el castillo de Clos-Lucé en el año 1471.