Capítulo 72
Taller de Leonardo
Amboise
El aroma a pan recién horneado y sopa de cebollas activa mis sentidos y despierta mi apetito.
Estoy muy cansado. Abro los ojos y veo, entre nieblas, un techo de madera.
Una enorme viga cuadrada flota sobre mi cabeza.
No puedo mover ni un músculo, es como si un camión me hubiera atropellado y vuelto atrás para pasarme por encima varias veces.
—Buenos días, maese Quim.
Esa voz, quebrada por los años, es inconfundible para mis oídos. Me habla en un italiano distinto al de mi tiempo, aun así, lo entiendo. Intento incorporarme, pero la cabeza me da vueltas.
—Tranquilo, señor. Ha perdido mucha sangre.
Esta voz es de mujer. Creo que tengo los ojos abiertos, pero no soy capaz de distinguir las facciones de las personas que están a mi lado.
—La fortuna danza a tu alrededor, buen amigo —opina don Leonardo con su inconfundible voz, digna del maestro Sabina de los últimos años.
—Si tú lo dices, será verdad, querido amigo —le contesto.
—Observé con detenimiento que la arteria de tu pierna diestra se encontraba seccionada, un infortunio que requería una intervención inmediata.
Por ende, me vi en la necesidad de practicar una incisión cuidadosa, con el objetivo de corregir tan notable inconveniente y restaurar la función que había sido perturbada —informa con esa verborrea tan particular que me enamoró la primera vez que la escuché .
Me incorporo con lentitud y demasiado esfuerzo.
Enfoco mi vista. Estoy delante de una chimenea que arde y me alimenta con su calor.
A unos metros a mi derecha veo una cocina, o un fuego a tierra que hace las veces de cocinilla.
Algo se está cociendo y huele de maravilla.
Junto al puchero hay una mujer joven, vestida de azul marino.
Es muy guapa. Es la misma mujer que iba en el carro que me encontré hace un rato.
O no sé cuándo, porque vete a saber cuánto llevo durmiendo.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —pregunto.
—Te recogimos del camino ayer al atardecer —responde la mujer. Sus ojos respiran bondad e inocencia. Ella habla en italiano, al igual que el maestro, pero tiene un inconfundible acento francés.
—He estado durmiendo casi un día.
Ella asiente.
Menuda racha de mala suerte que llevo con los saltos de mierda. Debo hacer un planteamiento y elaborar algún procedimiento de seguridad para que no me sucedan estas cosas.
Junto a mí está el gran Leonardo, cuidándome.
Si lo cuento, esto no se lo creería nadie.
Me ha salvado la vida. Menos mal que el maestro no ha tenido jamás inconveniente alguno en abrir un cuerpo y manipularlo, gracias a ello estoy vivo, porque, si tal y como dice, la bala seccionó una arteria, ya debería estar más que muerto.
Que los dioses bendigan al efecto Pausa. Una vez más, esta consecuencia donde todo se ralentiza me ha salvado la vida.
—Querido amigo, en mi escrutinio minucioso, debo constatar que tu situación es digna de perplejidad.
No he presenciado previamente una circunstancia semejante.
Pareciera como si la vital esencia de tu sangre, en su afán de permanencia, resistiera la efusión de tu cuerpo, desafiando las convenciones naturales que dictan la fluidez de tan preciado líquido vital.
Yo asiento.
Si tú supieras, querido amigo .
—¿Dónde estamos? —pregunto. Esta estancia es acogedora, pero no tiene pinta de castillo ni por asomo.
—Nos encontramos en mi taller privado, donde laboro sin la mirada escrutadora del rey y sus agentes. Aquí tengo la libertad de crear a mi antojo sin el peso del juicio. Puedo, por ejemplo, dedicarme a realizar intervenciones, como la que has necesitado.
Sus palabras son firmes, pausadas, como quien sabe que tiene la razón en todo lo que opina.
—Gracias por salvarme la vida.
—Ha representado un desafío considerable, pero debo añadir que también ha sido un placer. Y ahora, que te encuentras más íntegro, ¿te dignarías a compartir la razón por la cual te presentabas disfrazado como emisario de mis estimados amigos, los Medici?
La mujer sonríe desde la distancia.
—Tenía que buscar una excusa para que me dejaran entrar al castillo y llegar hasta ti —contesto sinceramente.
—Tú, mi buen amigo, no precisas justificaciones algunas para visitarme. Los ángeles, como tú, siempre serán bienvenidos.
—¿Ángeles? —pregunto. No sé si he entendido bien la palabra que acaba de decir.
—¿Qué más podrías ser? Nos conocemos desde hace décadas, nuestras conversaciones han atravesado épocas y lugares innumerables, y siempre te mantienes joven.
¿Eres un ángel inmortal o algo por el estilo?
Lo acepto. Me encantaría conocer más sobre ti y del lugar del que provienes.
Cuando tú lo estimes oportuno, por supuesto.
Aunque no tardes demasiado. Ya soy muy anciano…
—No soy un ángel, viejo amigo —le digo. Me siento en la cama. La piel de la pierna me tira bajo el vendaje, aunque no me duele. Tan solo la siento palpitar.
—Sea cual sea tu naturaleza, siempre encontrarás mis puertas abiertas.
Yo asiento con la cabeza. Intento ponerme en pie, pero no puedo. Diría que me han atiborrado a hierbas calmantes .
—¿Cuál es tu verdadera razón para estar aquí? —insiste de nuevo. El maestro quiere saber.
Su mirada curiosa, aunque apagada por los años, me traspasa.
Se sienta en un taburete junto a la cama.
Nuestros ojos quedan a la misma altura. Su pelo es cano, así como su poblada barba.
Las arrugas de su cara cuentan la increíble vida de este gran hombre.
Tras él, en la pared del fondo y apoyado sobre una repisa, descansa un lienzo que reconozco al instante.
Mis pelos se erizan. Quiero tocarlo. Abrazarlo. Llevármelo a casa.
—La Gioconda —acierto a decir.
Leonardo se gira y asiente meditabundo mientras lo mira.
—Un apelativo acertado para tan notable obra pictórica. Si bien puede sonar impropio que lo mencione quien la ha creado, el autor en sí. No obstante, la verdad debe prevalecer.
No le falta razón.
Hay un halo de melancolía es esas palabras y en su mirada.
—Plasmé el recuerdo de una dama que fue arrebatada en su infancia de las orillas del mar de Azov y conducida como esclava a distantes tierras, para someterse bajo el yugo de quienes se proclamaron sus amos.
Su voz respira rabia, impotencia y dolor.
Sus ojos también.
—Retomemos mi interrogante, si te place —insiste.
Me mira de nuevo.
Espera paciente a que yo hable.
—He venido para hablar de la Tabula Dei —le suelto, directamente y sin rodeos—. Después de estudiar la vitela que me entregaste creo que sé lo que es en realidad.
—Hace tan solo tres jornadas que te confié mi estudio. ¿Estás sugiriendo que ya has descifrado su propósito?
Su cara es de sorpresa absoluta. No me extraña.
Él estuvo tres años investigando y no averiguó nada en absoluto, pero no sabía todo lo que yo sé.
Mi descubrimiento no tiene nada que ver con mi destreza o inteligencia.
Solo cuento con las herramientas necesarias.
No me puedo imaginar lo que hubiera conseguido este hombre, y su privilegiada mente, en mi tiempo .
—Al final de tu estudio había una anotación que me llamó la atención. Hablabas sobre protectores y ladrones —le informo para ponerlo en contexto, aunque con un genio como este no creo que sea necesario—. Creo conocer su procedencia, pero necesito verla para estar seguro —le pido. Casi le suplico.
—Protectores y ladrones… Yo solo me limité a repetir las nomenclaturas que han pasado de boca en boca a lo largo de los años.
De esos años que parecen no afectarte. —Leonardo me mira.
Me estudia—. La mesa se halla en el castillo —indica, pensativo.
Intuyo que quiere saber más sobre mí, pero no se atreve a preguntar—.
Podemos dirigirnos allí en cuanto recuperes fuerzas.
Primero, sería prudente que tomes algo de alimento.
La puerta de la casa se abre y junto a la luz del sol entra el mismo hombre que ayer conducía el carro que me trajo hasta aquí.
—Algo sucede en la villa —advierte, nervioso. Le falta el aire. Parece que ha venido corriendo.
—¿Qué está pasando? —pregunta la hija.
—Un grupo de locos, armados hasta los dientes, está arrasando la ciudad casa por casa. No tiene sentido alguno —informa.
—Ya están aquí —susurro en voz alta, sin darme cuenta de que todos me observan atónitos.