El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 71
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Capítulo 71

Amboise

Abro los ojos. Las sombras pueblan el lugar. Tengo la boca seca. La lengua áspera. Me cuesta horrores mantener los párpados abiertos. Solo quiero dormir. Me toco el muslo y siento un dolor punzante. Intento levantarme para ver qué coño ha pasado. Menuda mierda de salto.

Veo que mis mallas están rotas. Empezamos bien. Toda la zona del muslo ha quedado empapada de sangre y tierra reseca. Eso no es bueno. El dolor también está presente en la parte trasera de mi pierna. Hay más sangre. Es una herida de entrada y salida. Es un agujero pequeño. Sin duda, de bala.

¡No me jodas!

¿Me han disparado antes del salto?

¡¿Cómo coño puede ser!?

Me pongo de pie, pero el mareo aparece de nuevo.

Creo que he perdido mucha sangre.

¿Qué hora es? Ni idea.

Miro al oeste y veo que los últimos tonos anaranjados del sol se preparan para un merecido descanso. Quizás he estado media hora aquí tirado. O algo más. No lo puedo saber con certeza.

Observo a mi alrededor para comprobar que no haya nadie más que me dispare de nuevo, lance flechas o me atraviese con su espada. Mira que tengo mala suerte. Pero si llevo hasta barba, coño… ¿Quién me puede haber reconocido?

Qué mala hostia tengo ahora mismo.

Pruebo a caminar y el dolor de mi pierna chirría cada vez que la apoyo. Qué cinco kilómetros más largos me esperan .

El terreno no ha cambiado mucho. Ahora no es campo de cultivo, pero sigue siendo terreno llano, verde y solitario. No sé si eso es bueno para mí ahora mismo.

Tengo que descansar cada veinte pasos.

La herida vuelve a sangrar. Por suerte, no me ha tocado ninguna arteria vital o ya estaría muerto.

No tengo claro si volver al presente, irme a la clínica de mi colega David y que me dé calmantes para dormir toda una semana. Quizá debería dejar esta excursión para otro día. Esa idea pinta muy bien, la verdad.

Aunque me da un poco de miedo volver. No tengo ni idea de quién me ha disparado. No me pueden haber seguido, iba en helicóptero. Quizá me estaban esperando. Estos cabrones de ladrones de almas tienen más trucos de los que me pensaba. ¿Me estarán esperando también a la vuelta?

Mi visión se vuelve oscura durante unos segundos.

Abro los ojos y compruebo que estoy tirado en el suelo.

Me he desmayado otra vez.

Tengo el traje lleno de barro. Estoy sudando y noto que tengo media barba colgando.

Me la arranco y la tiro con rabia. Vaya mierda de espía que soy.

Tengo que levantarme y llegar hasta las puertas del castillo.

Allí estaré seguro. No puedo desfallecer aquí.

El primero que pase me va a robar hasta el alma.

Tras un rato caminando, no sabría decir cuánto, alguien habla a mi espalda.

—¿Le puedo ayudar, buen hombre?

Me doy la vuelta y observo, borracho de dolor, como un carro se detiene a pocos metros de mí. He llegado a un camino sin saber cómo. Creo que debo de haber andado varios kilómetros medio zombi.

—Necesito ayuda. Me han atacado —acierto a decir en francés, el mismo idioma que han usado ellos. Son un hombre mayor y una mujer más joven.

—¿Hacia dónde se dirige? —quiere saber.

—Soy emisario de Giulio de Medici, de Florencia. He de entregar una carta en mano a maese Leonardo. Vive en el castillo de Clos-Lucé .

Señalo hacia donde creo que debe de estar el castillo. Vete a saber, igual está para el otro lado. Mi cabeza no funciona muy bien en estos momentos. Pero vamos, que está aquí mismo y si esa gente es de la ciudad lo deben de conocer.

Mi vista se nubla de nuevo.

Me pongo en pie y siento como si el corazón me fuera a salir por el agujero de las mallas. Miro hacia la herida. Toda la pierna está empapada en sangre. Demasiada. Quizá sí ha tocado una arteria y ni siquiera el efecto Pausa puede detener mi muerte.

El campo da vueltas.

El terreno se vuelve inestable, como un mar de olas en plena tormenta en el que me escoro hacia un lado. Pierdo el equilibrio. La oscuridad me abraza, acompañada del silencio, hasta que el mundo se desvanece y mi pierna deja de doler.