El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 70
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Capítulo 70

Amboise

El helicóptero desciende el tiempo necesario para lanzar mi bolsa al suelo y salir sin que nadie me vea.

A mi alrededor solo hay campos de cultivo salpicados de pequeñas charcas aquí y allá.

Pasan unos segundos y el sonido del rotor se pierde en la lejanía y me deja, una vez más, solo ante el peligro.

Estoy a unos cinco kilómetros al sureste del castillo.

Toda esta zona es ideal para cambiarme y dejar aquí mis pertenencias.

No se ve un alma. Ni un camino a la vista.

Solo espero que este lugar no haya cambiado demasiado en los últimos cinco siglos.

No quiero saltar y aparecer en medio de una ciénaga apestosa que me joda la vestimenta en el segundo uno de la aventura.

Para esta ocasión he elegido ser un emisario de la poderosa familia Medici que ha venido hasta aquí para entregar en mano una carta al maestro Da Vinci. Esto me abrirá algunas puertas, además de poder llevar diversas armas sin levantar sospechas. El traje es feo de la leche, pero es lo que hay.

Me quedo en gayumbos en medio de los cultivos.

Si alguien me viera fliparía. En primer lugar, me visto con unas mallas negras dignas de un bailarín de ballet, aunque muy cómodas, la verdad.

La camiseta interior es del mismo tipo de tejido.

Sobre ella me pongo un jersey negro de manga larga y otra prenda que parece un vestido corto y ancho, feo de narices, que deja a la vista el contorno de mis patillas de pollo, como diría mi tía.

Todo esto aderezado con una boina, también negra, una espada de cazoleta, dos dagas y un par de bolsas con dinero de la época .

Por si fuera poco, me he colocado durante el trayecto, una poblada barba con bigote que hará más difícil que los que me están buscando me encuentren. Si es que andan por aquí.

Junto a la ropa que llevaba guardo un teléfono desechable, un pequeño botiquín de emergencia y una tarjeta de crédito, por si las moscas.

Lo meto todo en una bolsa estanca y la escondo entre unos arbustos que separan dos campos de cultivo de los cientos que pueblan el lugar.

Observo de nuevo a mi alrededor y me aseguro de que no haya nadie.

Estoy más solo que la una.

Camino unos veinte metros para alejarme de árboles y setos hasta llegar a un claro de hierba verde y frondosa.

Hora de saltar.

Me concentro.

Debo ir al año 1519, concretamente al 29 de abril, tres días después de que Leonardo me regalara esa vitela que ahora ya sé por qué era tan importante para él. Va a flipar cuando me vea otra vez.

Respiro al compás de una cuenta mental.

Aparece la luz.

Me relajo. Espero ese delicioso instante en el que mi cuerpo deja de pesar y empieza a volar. Cómo me gusta esta sensación. Es como si...

¡Mierda!

¡Joder! ¡Acabo de sentir un dolor en mi pierna justo antes de iniciar el salto! Ha sido como un latigazo que me ha llegado hasta el alma.

Me arde el muslo derecho. Un dolor punzante se instala en mi pierna, sin permiso, y aumenta con cada palpitación.

En los pocos segundos que estoy en esta especie de limbo atemporal dejo de sentir el dolor. No hay nada, ni frío ni calor ni el peso de mi cuerpo. Esa molesta y dolorosa quemazón que llegó justo antes de saltar se ha evaporado.

¿Me habrá mordido alguna serpiente?

No me extrañaría. Si es que tengo una mala suerte del carajo. Pues no tengo ningún antídoto.

Las luces brillan de nuevo .

Siento que el peso de mi cuerpo reaparece y con él un dolor que me quema como el fuego.

Siento nauseas.

Me falta el aire.

Sospecho que estoy entrando en shock y ni siquiera el efecto Pausa va a evitar que me desmaye.