Capítulo 69 #2
—No lo dones, por favor, porque es un documento de un gran valor económico, pero cédelo durante el tiempo que creas oportuno para su exposición.
Lo podrás disfrutar cada vez que entres, en cada visita guiada que hagas…
Imagina las caras de tus clientes cuando les digas que esa joya del medievo es tuya.
Ella sonríe.
Ya la he convencido.
—¿De dónde lo has sacado? —quiere saber.
—Lo encontré durante el viaje que hice a Figueres. Estaba entre un montón de mapas, perdido en los sótanos de una tienda de antigüedades. Compré todo el paquete por cuatro euros. El tipo no sabía lo que tenía entre manos. No quise comprar solamente este para no levantar sospechas.
—¡Qué pasada! —se echa las manos a la cabeza y sonríe de nuevo .
—A ver, mozuelos —dice mi tía Rosa, antes de dejar los platos sobre la mesa—. Espero que os guste.
En el centro ha dejado una bandeja con una barra de cuarto cortada a rodajas y dos cuencos de potaje. Qué bien huele esto, por favor. Mi estómago ruge. Lucía me mira, se acerca y me besa de nuevo.
—Gracias. Es, sin duda, el mejor regalo que me han hecho jamás. Te prometo que siempre lo tendré conmigo.
—Si alguna vez tuvieras un problema económico, lo puedes vender sin remordimientos —le digo con sinceridad—, tómalo, además de como un regalo, como una inversión económica a largo plazo.
Ella me besa otra vez.
—Ese mapa será mío por siempre jamás —susurra.
Tal y como adelantaba el aroma, el potaje está de muerte.
Mientras lo saboreo pienso en cómo decirle que me voy de viaje de nuevo.
Necesito ir a Amboise para saltar al pasado y hablar con don Leonardo.
Aunque luego pueda volver al momento del salto, entre ir hasta allá y volver perderé todo el día.
Un tiempo que he justificar para no levantar sospechas.
Además, debo cubrirme las espaldas por si tengo algún percance como sucedió el día que me atacaron con las jodidas flechas envenenadas.
Esas jornadas que tuve que estar ingresado en la clínica de David se justificaron sin excusas porque, en teoría, yo estaba de viaje. Nadie se percató de nada.
—¡Quim! —me llama Lucía—. No te enteras de lo que te digo. Estás en tu mundo.
Sonríe mientras come. Está guapa siempre. Esos ojos de miel me tienen hipnotizado. Enamorado desde hace tiempo. Esto no se lo voy a decir, claro está. No quiero asustarla.
—Dime, perdona… Estaba pensando en lo que tengo pendiente de hacer —no le miento.
—Te decía que qué planes tienes para esta tarde. ¿Vas a estar en la tienda o te vas a encerrar en tu sótano con tus cosas?
—Justo estaba pensando en eso. Ya debería haber salido para Francia de nuevo a ver si acabo de una vez con lo que tengo que hacer allí .
Lucía me mira y pone cara de hacer pucheros, triste.
—Solo serán un par de días, si todo va bien.
Su cara no cambia.
—¿Qué buscas allí? —se interesa.
Vaya, buena pregunta. ¿Qué le cuento yo ahora? Sopeso la respuesta por unos instantes y me decido por contarle una verdad a medias.
—Un cliente encontró un escrito del siglo dieciséis que hablaba de un objeto sobre el que está muy interesado.
Lo que le cuento entre cucharada y cucharada de cocido no es del todo mentira, aunque no voy a detallarle la verdad. No por ahora.
—Me ha encargado que indague para ver si entre toda la paja que tienen los coleccionistas de la zona encuentro algo que arroje alguna pista sobre el objeto.
—¿Y ese objeto es? —pregunta con interés.
Cojo una rodaja de pan, la parto con la mano y la mojo en el delicioso caldo. Necesito tiempo para decidir mi respuesta. Lucía me mira impaciente. Levanta una ceja.
—Es un escritorio del siglo catorce que perteneció al rey Carlos VI. Se le perdió la pista en cuanto su hijo lo sustituyó y decidió rediseñar algunas zonas de palacio.
—Hay gente que se gasta mucho dinero en buscar tonterías. A ver, es un mueble, pero no creo que sea tan importante como para enviar a alguien a indagar sobre él, ¿no?
Yo levanto los hombros.
—Cada uno es como es —le digo sin más.
—Debe de haber algo más que no te ha contado. Quizás ese mueble contenga documentos valiosos en algún compartimento secreto, como en la peli esa que encuentran una pieza oculta en el escritorio del presidente de los Estados Unidos.
Yo asiento. Sonrío.
Es más lista que el hambre.
Me encanta esa vena aventurera que tiene. Nos parecemos mucho más de lo que pensamos .
—¿Te imaginas? —le digo para seguirle el juego—. Abrir un cajón secreto y encontrar el mapa del tesoro de los caballeros templarios.
Sonríe.
—¿Cuándo te vas? —Su pregunta sabe a melancolía.
—En cuanto acabemos de comer. Cuanto antes me vaya, antes volveré.
—Si no tuviera tanto trabajo estos días, me los pediría de fiesta para acompañarte.
—Ojalá —susurro con sinceridad—. Te prometo que a la próxima aventura te invito a venir. Un escalofrío me recorre al recordar el salto que hicimos juntos sin querer. Por suerte, no le ha quedado ninguna secuela.
—Lo prometido es deuda.
Yo asiento. La beso en los labios por iniciativa propia y hasta mi mente llegan las ondas de mi tía Rosa. «Así se hace, campeón». Me giro y veo que me está mirando. Será posible. Ella sonríe desde detrás de la barra mientras trajina con la máquina de café.
En la próxima aventura que no haya peligro, me la llevo. Si vamos a estar juntos creo que debe saber mi verdad. Mis secretos. Alguien como ella, tan enamorada de la historia, se merece el regalo de vivir de primera mano lo que tanto ha estudiado.
Nos despedimos ante la puerta del museo. Mira su reloj y me da el último beso del día.
—Nos vemos a la vuelta —me dice. Yo asiento—. Envíame algún mensaje y me cuentas cómo va la búsqueda.
—Te mantendré informada —le digo.
Ella se aleja y se pierde tras una puerta. Suspiro.
No me apetece nada irme, la verdad. Preferiría estar todo el día con ella. Supongo que son las mariposas de los primeros días, esas que atontan las mentes de los enamorados.
Saco mi teléfono y marco el número de Víctor.
—Dime —contesta.
—Debo salir para Amboise cuanto antes.
—¿A qué hora quieres que pase Lorenzo a buscarte ?
—En media hora está bien.
—Lo tendrás allí en veinte minutos.
Tiempo suficiente para llenar la mochila con ropa de la época, armas y todo lo necesario. Esta vez no me van a pillar por sorpresa. Es más, por primera vez desde que salto voy a ir en plan Mortadelo, disfrazado, para que no me reconozcan los que seguramente me están buscando.
Sonrío para mis adentros.
Qué grandes, Mortadelo y Filemón.
Y qué grande el único e inigualable Francisco Ibáñez. Un abrazo allá donde estés, maestro.