El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 69
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Capítulo 69

Bar de Rosa

Abro la puerta del bar de mi tía y me alimento del aroma a potaje casero bien condimentado. Es un olor que atrae a medio barrio, clientes asiduos que disfrutan de un menú demasiado económico, si tenemos en cuenta la calidad de los productos y la ubicación del local.

Lucía está en su mesa, donde siempre, mirando el móvil. Hemos quedado para comer. Sonrío al darme cuenta de que no es una reunión de un par de amigos para disfrutar de una comida juntos. No. Hoy, por primera vez, tenemos una cita como pareja.

Mi tía me observa desde la barra.

A pesar de todo el trajín que tiene a estas horas, se toma su tiempo y me mira.

Sonríe. Sabe que estoy feliz. Me guiña un ojo desde la distancia y me hace un gesto con la cabeza.

Hasta mí llegan sus ondas mentales: «Anda, tontorrón, siéntate que os pongo la comida.

Y dale un beso. No seas tímido o te daré tal colleja que te encenderé el pelo».

—Hola —saludo.

Lucía aparta la vista del móvil y me mira. Sonríe. Estira su cuello y pone morritos. Me agacho y la beso. Sus labios están calientes.

—¿Qué tal la mañana? —quiere saber.

—Nada nuevo. Estaba ordenando papeles en el sótano.

—Ya he visto que no has abierto la tienda —observa.

—Tengo que confesarte que no tenía ningunas ganas de aguantar a pesados que solo entran a mirar y a hacer preguntas sin sentido. Si hubiera tenido cita con algunos de los clientes de verdad, de los que vienen a comprar, hubiera abierto, pero hoy no me apetecía hablar por hablar, la verdad.

—Creo que estás un poco quemado de tanto tratar con el público.

—No lo sabes tú bien —admito.

—¿Has pensado en contratar a alguien para que haga ese trabajo?

—La verdad es que justo esta misma mañana se me ha pasado por la cabeza.

—Yo conozco a un chaval joven que a veces colabora con nosotros en el museo. Es serio, trabajador y le chifla la historia. Seguro que lo conoces porque le gusta pasar por tu tienda a mirar todo lo que tienes.

Miro a Lucía. Sopeso lo que dice.

Creo que sé quién puede ser.

—Si a ti te parece un buen candidato, es porque debe de serlo. Dile que venga y hablamos.

Lucía asiente, satisfecha.

—Estoy segura de que te gustará. Así te podrás dedicar a tus asuntos y dejar las ventas menores a alguien con ganas.

—¿Tanto se me nota?

Supongo que los años no pasan en balde. Demasiados días tras el mostrador aguantando horas y horas de historias que no me importan, acompañadas de la ausencia de ventas que compensen. Al final uno acaba cansándose de todo.

—Va a días. Depende del pie con el que te levantes.

Yo asiento. Es verdad.

Una de las cosas más importantes que mi padre siempre decía era que, cuando trabajas de cara al público, tus problemas han de quedarse en la calle.

Ningún cliente debe comerse tus marrones.

Aquí vienen a comprar. A empaparse de la historia, no a tragarse los problemas personales del vendedor de turno.

—Creo que ha llegado el momento de salir del mostrador y dedicarme a cuestiones más técnicas, como clasificar, reparar o buscar material nuevo por otros lugares… Ahora mismo me llama mucho más que ver pasar las horas mientras vigilo que ningún turista listillo se lleve nada de la tienda .

Una mano se posa en mi hombro.

Me giro para ver quién es y me encuentro con los ojos del relojero. También viene a comer cada día.

—No es que haya deseado inmiscuirme en vuestra charla, pues no soy dado a las habladurías de radio Patio, sin embargo, debo afirmar que a todo vendedor competente le llega el momento de retirarse hacia ocupaciones más técnicas y sofisticadas, dejando las pláticas superficiales, propias de las telenovelas de mediodía, a los jóvenes con más paciencia y menos inquietud, ante la eventualidad de que las horas y los días se tornen vacíos de contenido.

Dicho esto, me aprieta el hombro como despedida, saluda a Lucía con un gesto de cabeza y camina hasta su mesa, que siempre es la misma, y que a estas horas luce un añejo cartel de reservado para que nadie se la quite.

Haber formado parte del trío Calavera tiene sus ventajas.

Eso, y el porrón de años que lleva siendo amigo de mi tía Rosa, claro está.

Miro a Lucía y veo que sonríe.

—Este hombre es todo un personaje.

—No lo sabes tú bien —contesto con conocimiento de causa. Si ella supiera la mitad de su historia, fliparía. Quizás algún día se la cuente.

—¡Parejita! —dice mi tía. Está de pie, junto a la mesa, con su inseparable delantal negro de fabricación propia. Hoy lleva bordada una rosa púrpura—. De primero tenemos gazpacho, cocido o ensalada.

—Cocido, por supuesto. Sin segundo —dice Lucía como si fuera lo más obvio del mundo. Y lo es. Porque el cocido de mi tía es como el de ca la Joana, cocinado a fuego lento con los mejores ingredientes. Y con mucho mimo y cariño.

—Cocido —indico yo también—. Plato único, como ella. Y con mucho pan para mojar —añado.

—Una barra entera te voy a poner, a ver si camuflas un poco esos huesillos de gallo añejo que se te marcan —añade mi tía, arrancando las risas de Lucía y de las mesas más cercanas. Dicho esto, se marcha por donde ha venido .

No hay día que no me saque una falta. Aun así, la quiero con locura. Es la mujer más especial que conozco.

De nuevo, el recuerdo de la señora Joana me viene a la mente. Son tan iguales que hasta da miedo. Se llevarían muy bien, estoy seguro de ello.

—Yo te veo muy bien —confiesa Lucía, cogiéndome de la mano—. Siempre me has parecido atractivo.

—¿Qué dices? —le suelto—. Tengo espejos en casa, no hace falta que me dores la píldora.

—Tú eres un poco tonto —me suelta sin más—. No me digas que eres de los que piensan que la belleza de una persona reside en su exterior.

—Claro que no.

Aunque sí creo que la belleza exterior, la mayoría de las veces, es la puerta de entrada que te lleva a descubrir la belleza interior. Pero no pienso discutir ahora con ella sobre este tema.

—Pues ya está. El físico no es lo más importante, aun así, debo decirte, que me pareces muy atractivo. Y ser atractivo no tiene nada que ver con ser un tío guapo.

—Ya sé lo que quieres decir —susurro. Yo sé que no soy un guaperas, aunque sí resultón, como dice ella—. Yo también he conocido a mujeres muy guapas que no me han atraído en absoluto.

—Pues eso, que para mí estás muy bien —reitera Lucía.

—Pues tú para mí eres perfecta —le suelto. No quiero ser empalagoso con palabras ñoñas, no soy así ni de coña, pero esto me ha salido de dentro.

—Ya irás viendo que no lo soy.

Se acerca y me besa de nuevo.

—Antes de que se me olvide, te he traído un regalo —le digo, dejando encima de la mesa un rollo de plástico de color azul marino.

—Ya me había fijado en que llevabas eso en la mano y me he preguntado qué sería —dice con una sonrisa—. ¿Es un regalo para mí? ¿En serio? ¿Por qué? —suelta de carrerilla.

—Ábrelo .

Ella coge el tubo de plástico con calma. Mira el tapón. Lo desenrosca con cuidado. Mete un dedo y saca lo que hay dentro. Es una lámina protegida por una funda transparente. La desenrolla y la coloca encima del mantel de papel que mi tía dispone para sus comensales.

Los ojos de Lucía estudian el mapa que Ismael me regaló días atrás.

Siglos atrás.

La caja que lo protegía me la he quedado yo como recuerdo.

La expresión de Lucía cambia a medida que observa los trazos, hasta que se torna en un gesto de sorpresa máxima en cuanto lee la firma del cartógrafo mallorquín más famoso de su tiempo. Y yo diría que uno de los más famosos de toda la historia.

—No puede ser…

Ha susurrado. Está algo aturdida.

Sabe que eso que tiene en sus manos es un documento de suma importancia. Quizá ella no sepa de su valor económico, que puede llegar a decenas de miles de euros, pero sí que entiende su gran valor histórico, que es, en realidad, lo que le importa. Como buena historiadora que es.

—Quim…

Me mira. Da la vuelta al mapa y ve que por detrás tiene una inscripción manuscrita por el cartógrafo. Está escrita en catalán de la época.

—«Querido hermano Ismael, espero que este mapa te guíe algún día hasta la Tierra Prometida» —lee con solemnidad.

—Es un regalo que Cresques Abraham le hizo a su hermano Ismael ben Abraham —le informo para que conozca parte de la historia—.

Según he podido averiguar, Ismael era un comerciante judío que vivió en el Call Mayor.

Por suerte, tanto él como su familia iniciaron su viaje poco antes de que asaltaran la judería y la destruyeran.

—Quim, no puedo aceptar esto —dice sin más. Sus ojos no pueden apartarse del mapa—. Es un documento demasiado importante como para estar guardado en un cajón de mi casa. Mira esta belleza, por favor …

Lucía repasa con los dedos el mapa protegido por el plástico que le he puesto para evitar que se dañe.

Su dedo recorre el contorno de la península Ibérica, pasando por la costa sur de Francia y de la bota italiana hasta llegar a las costas de Grecia.

La perfección del mapa a mí me dejó con la boca abierta.

A Lucía le ha provocado un impacto y un estupor del que es incapaz de salir.

Enrolla de nuevo la carta y la guarda en el tubo. Enrosca la tapa, lo mira y me lo devuelve con rapidez, como si estuviera maldito. Su cabeza niega en silencio.

—No puedo aceptarlo —me dice.

Ya me imaginaba que algo así podría pasar. Soy perro viejo. Aunque no sepa muy bien cómo tratarla como novia, sé cómo es como persona.

—Lucía, esto es un regalo que yo te quiero hacer porque sé que lo valoras —le digo con calma.

Ella me mira—. Una vez en tu poder, haz lo que creas conveniente con él.

Sé que guardarlo en un cajón es un despropósito, pero estoy seguro de que puede ser expuesto en el Museo de Historia en el que trabajas.

Y tú serás la benefactora que lo hará posible.

Me mira a la vez que comienza a asentir con la cabeza.