Capítulo 67
Ca la Joana
Barcelona
La posada de la señora Joana está repleta de hambrientos borrachuzos que charlan en pequeños grupos.
Algunos son comerciantes de paso, otros asiduos clientes y, los que más, marineros borrachos procedentes de Génova que están de paso tras largas jornadas de viaje y que se gastan medio sueldo, cada vez que llegan a buen puerto, entre mujeres de compañía y litros de vino barato.
Entre todos los clientes hay dos que no hablan. Están callados. Atentos a lo que sucede a su alrededor. Son gente de las afueras, de las Vilas Novas que crecen a extramuros de la ciudad. Nunca habían entrado en ca la Joana.
Montserrat, la hija de la dueña, les sirve una jarra de vino.
—¿Quieren comer algo? —pregunta.
—Estamos buscando a un amigo —contesta en español uno de los hombres.
—Por aquí pasa mucha gente —indica Montserrat también en castellano, servicial—. ¿Cómo se llama su amigo?
—Quim. Ze llama Quim y nos han dixo que ha dormío aquí vario día —indica el otro hombre cuya mente está habitada en estos instantes por Jacob. Su acento es del sur. Montserrat lo reconoce de otros clientes que han pasado por la posada.
Su tono todavía sabe a tristeza. Y a rabia. Sabe el nombre del Señor del Tiempo porque Ismael lo gritó durante la última batalla que libraron juntos.
Montserrat lo mira con recelo .
Huele muy mal. No tiene pinta de comerciante, más bien de porquero.
—Mi madre es la que lleva el tema de las camas. Yo solo me limito a servir mesas. Le pregunto, a ver si lo conoce.
Los dos hombres observan, con demasiada lujuria, cómo Montserrat se marcha caminando. A pesar de llevar un vestido largo y ancho, la imaginación de los depredadores no conoce límites. Y la mente de estos dos ya está demasiado tocada.
La señora Joana está en la cocina y no deja de remover el puchero humeante que está preparando para el día. Es el segundo. Del anterior ya han dado buena cuenta los hambrientos marinos italianos.
—Madre, hay dos hombres muy extraños que preguntan por el señor Quim.
La cocinera deja de remover con el largo cucharón de madera.
—Dicen que son amigos suyos, pero no me lo creo. Yo diría que lo están buscando para algo malo.
—¿Quiénes son? —pregunta su madre a la vez que se seca las manos en el delantal.
Monserrat la acompaña al comedor y señala a la pareja.
— Bon dia —saluda la posadera al llegar a la mesa—. Dice mi hija que andan buscando al señor Quim.
Los observa. Nada más verlos sabe que las intenciones de estos dos huelen peor que ellos mismos.
— Habíamo acordado de verno hoy, pero no ha aparesío .
El que habla es joven. Su mirada es huidiza.
—Se ha marchado de viaje hacia el sur —miente la señora Joana, sin cambiar un solo gesto de su cara—. A primera hora. A Tarragona, le oí comentar. Si salen ahora es posible que lo alcancen.
El mayor de los dos la mira con desprecio.
Ella lo siente en su interior.
— Peaso sorra ere, vieha gorda —ladra sin avisar Jacob. Su dolor lo vuelve impredecible—. Ya zabemo dónde va a está . Irá pal norte, azí que no nos engañes porque zi no …
Antes de que Jacob pueda acabar la frase, la cazuela de barro repleta de sopa caliente que disfrutan tres marinos de la mesa de al lado se estampa contra su cabeza.
Pasan unos segundos antes de que su colega sepa qué ha sucedido.
Por si no ha sido suficiente, la señora Joana agarra dos de los cuencos de los hombres de la mar, dejándolos con la cuchara en el aire, abre los brazos y da una palmada descomunal que acaba con los tazones estrellados contra las orejas de Jacob que cae casi sin sentido contra la mesa.
—¡Fantoches! —exclama la posadera—. ¡Crapulosos!
Su colega, atónito y mudo ante tal respuesta, protege su cabeza de la lluvia de guantazos que la señora Joana comienza a atizarle.
Por si fuera poco, ninguno de los marineros que se han quedado sin sopa pregunta qué ha pasado, tan solo se levantan y la emprenden a puñetazos con aquel par de sucios y apestosos porqueros que han enojado a su querida posadera.
Antes de caer sin sentido, ambos ladrones de mentes ya han dejado aquellos desgraciados cuerpos que despertarán tiempo después sin saber ni cómo ni por qué están en ese deplorable estado, en medio de una ciudad que casi nunca pisan.