Capítulo 66
Tienda de Quim
Estoy en mi cripta sagrada, en mi guarida secreta.
Ya sé que el nombre es un poco peliculero, pero a mí me gusta.
También sé que debería estar tras el mostrador atendiendo al público, ya que estamos en horario comercial, pero tengo cosas más importantes que hacer.
La persiana de mi negocio permanece bajada.
Si sigo así, perderé muchos clientes y mi tapadera cojeará.
Creo que ha llegado el momento de contratar a alguien para que me eche una mano.
Necesito un Octavi de confianza. Igual se lo robo al relojero.
Jamás lo permitiría ni yo lo haría, la verdad.
Lucía se ha marchado a trabajar. Hubiera preferido pasar la mañana con ella, pero después de escuchar sus palabras necesitaba repasar todo lo referente a la Tabula Dei o no habría podido sacarlo de mi cabeza en todo el día.
Estoy de pie ante una estantería repleta de cajas selladas que contienen infinidad de documentos de gran importancia. Sé que en una de ellas hay una hoja que habla de la Tabula Dei que guardé después de un viaje al pasado.
Repaso las etiquetas adhesivas de las cajas hasta que encuentro la que busco.
En ella pone, escrito de mi puño y letra: “del siglo XV al XVI”.
El documento que busco es del año 1519. No necesito ahondar en mi memoria para recordarlo.
Es una fecha que se me quedó grabada a fuego.
La persona que me entregó la hoja que busco murió poco después de dármela, concretamente el 2 de mayo de aquel año.
Un día nefasto en el que el mundo perdió a uno de sus mayores genios: Leonardo da Vinci .
Abro la caja y veo decenas de pliegos de distintos tipos.
Todos son documentos originales que guardo con mimo.
Algunos son para vender, otros, simple capricho y, unos pocos, los menos, pequeños tesoros de los que jamás me desprenderé.
El escrito que me interesa en este instante pertenece al último grupo.
Aquí está.
Una vitela amarillenta abarrotada de garabatos extraños y dibujos casi mágicos que son un reflejo perfecto de la realidad.
Unas líneas firmes, algo inaudito conociendo la anciana mano que las trazó.
Con tan solo observar la hoja, un ojo profesional sabría a quién perteneció.
El genio nacido en Vinci, una pequeña localidad cerca de Florencia garabateó muchas láminas parecidas a esta a lo largo de su vida, pero la que tengo en mis manos, según me dijo él mismo, era la más especial de todas.
La guardó con mimo hasta sus últimos días de vida junto a las pocas pertenencias que se llevó tras marcharse de Milán de forma repentina en el invierno del año 1516.
Junto a ella, el maestro atesoraba los únicos tres cuadros que no dejó en Italia, entre ellos la Gioconda.
Don Leonardo, que era como le llamaba, o le llamo cada vez que salto a verlo, intuyó desde el primer instante en que me vio que yo era un tipo un tanto peculiar.
Cuando me hablaba de sus proyectos él percibía en su interior que yo lo comprendía a la perfección.
Nos entendíamos muy bien. Creo que sospechaba de mi procedencia, quizá es por eso por lo que siempre hemos simpatizado.
Solo en su vejez, al verme tan joven como siempre, no le quedó duda alguna y supo con certeza que yo era especial.
Estoy seguro de que, por esta razón, me legó su pergamino más preciado pocos días antes de morir en el castillo Clos-Lucé en Amboise, donde lo vi por última vez.
Observo la hoja con detenimiento.
Hacía tiempo que no la disfrutaba. La vitela se tornó amarilla, ya que la dejé escondida en el pasado para recogerla en mi presente, ya sabes, efecto Escondite.
Así se puede probar su antigüedad si es que algún día tuviera que venderla, hecho que no quisiera por nada del mundo.
Para mí es un tesoro invaluable, pero nunca se sabe lo que te puede deparar el destino.
A pesar de que estaba guardada, jamás me he olvidado de ella por venir de quien viene, claro está, pero no supe ver qué tenía de importante o de interesante.
Hasta hoy. Es cierto que tras el viaje en el que Leonardo me la entregó investigué un poco, pero al no poder averiguar nada sobre el objeto del que hablaba la aparqué.
El maestro tenía mil frentes abiertos. Su mente era una continua y maravillosa fábrica de bocetos de cientos de objetos e ideas imposibles.
Tras estudiarla pensé que este era otro más, inverosímil para su época, y lo dejé como tema pendiente.
Los trazos hechos con tinta oscura todavía destacan con claridad.
Puedo ver las líneas del dibujo que ocupa el centro de la hoja.
A su alrededor, cientos de palabras y decenas de frases lo rodean.
La escritura es típica de Leonardo, extraña, privada, incomprensible a ojos ajenos.
El maestro escribió sus notas con una escritura especular inversa o escritura de espejo.
Escribía de derecha a izquierda de modo que solo podía leerse correctamente cuando sus trazos se veían reflejados en un espejo.
Dejo la hoja sobre mi mesa de estudio y me siento. Necesito despejar la mente y concentrarme en el dibujo.
Es simple, pero maravilloso. Unos pocos trazos que revelan un objeto que no sé identificar, tal y como me sucedió cuando la estudié hace ya un tiempo.
Me sigue recordando a una especie de mesita de noche.
Puedo ver que tiene una base pequeña, estrecha y rectangular.
De ella salen dos soportes redondos que acaban en una repisa también con forma rectangular, pero algo más grande que la base.
Nada más. El texto que repasé en su día tampoco arrojó información alguna sobre lo que podría ser.
En la hoja también se describe el material con el que parece estar fabricado. Base de madera noble, al igual que los soportes y la repisa superior. No hay datos que me llamen la atención, la verdad. Sigo leyendo con la ayuda de un espejo hasta que llego a las últimas líneas.
Repaso con mi dedo cada una de las palabras escritas por el maestro hasta que llego a una en concreto.
Me detengo. Mi dedo vuelve atrás y la repasa de nuevo.
No recuerdo haberla leído antes o, si lo hice, lo olvidé por completo.
Sin embargo, ahí está. Un escalofrío me abraza y por fin comprendo por qué esta vitela era tan importante para don Leonardo.
Dejo la hoja sobre la mesa y me levanto.
Camino unos pasos sobre el limpio suelo de mi cripta intentando comprender la relación entre esta lámina y uno de los objetos que perseguí hace unos días. Unos siglos.
Leonardo no tenía ni idea de lo que era, pero sabía de su importancia.
Según las fechas que acabo de leer, parece que el maestro tuvo ese objeto durante los tres años que habitó en el castillo de Amboise, sin encontrar el sentido de aquello que tenía delante.
Lo dejó todo escrito. Me encomendó a mí la labor de acabar su trabajo y yo no me enteré de nada. Hasta hoy.
Camino nervioso, dando vueltas por mi guarida, casi fustigándome por no haber comprendido la importancia de esa simple página que ahora descansa sobre mi mesa.
Era imposible saber de qué hablaba el maestro.
En el fondo sé que me faltaban los datos obtenidos en las vivencias de los últimos días para poder hacerlo.
Leonardo llamó a este objeto “Tabula Dei”.
Es una palabra que viene del latín: tabula significa tabla o tablón; y Dei significa Dios.
Esto ya lo vi y lo tuve en cuenta, pero no me dijo nada en especial en ese instante.
Sin el contexto adicional, me fue difícil precisar a qué se refería exactamente, cosa que ha hecho hoy el librero al ponerla en el entorno de los objetos de Salomón.
En su día me pareció que podría ser el nombre de otra de sus obras de arte, quizá una expresión religiosa o filosófica o, simplemente, ser un lema o inscripción cualquiera.
Ahora que lo veo con otros ojos mi instinto me dice que lo que ando buscando tiene algo que ver con esto. Tabula Dei. Tabla de Dios. Mesa de Dios. Y, por qué no, la Mesa del rey Salomón que contiene toda la sabiduría de Dios, que es como yo la conozco.
Me acerco de nuevo a la ambarina y antigua hoja. Fijo mi mirada en la última línea y leo de nuevo: Tempus meum finitur. Nemo Protector ad vocem meam venit. Tantum possum tabulam occultare, ut Latrones eam non inveniant.
Que en boca del maestro Leonardo quiere decir algo así como: «El transcurrir de mi existencia llega a su término. Ningún Protector ha respondido a mi invocación. Únicamente puedo velar el tablero para que aquellos Ladrones no lo descubran».