El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 65
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Capítulo 65

Bar de Rosa

En cuanto salgo a la calle puedo oler el café de mi tía Rosa.

El sol brilla con fuerza y preside un cielo azul que ilumina la ciudad con entusiasmo.

La temperatura es ideal para mi gusto. Hoy todo parece perfecto.

Supongo que tiene mucho que ver que haya pasado la mejor noche de mi vida en compañía de Lucía.

Apenas llegamos se tumbó en el sofá y se quedó frita.

De vez en cuando abría un ojo y preguntaba qué daban en la tele, pero volvía a dormirse a los pocos segundos.

No hicimos nada especial, aun así, fue la noche más especial de mi vida.

La he dejado arriba acabando de vestirse.

No quiero agobiarla. Prefiero que tenga su espacio.

Eso y que necesitó un café como el aire que respiro.

Ahora que lo pienso, hasta el aire parece más puro hoy.

Mi tía Rosa ya anda metida en faena.

Un café por aquí, dos tostadas por allá, un bocadillo de no sé qué… Esta mujer puede con todo. Cómo me recuerda a la señora Joana. Y viceversa. Sin duda tienen los mismos genes.

Me mira.

Sonríe. Se acerca y me da un sonoro beso.

—¡Bribón! —me suelta.

La miro confundido. No me jodas que ya lo sabe todo el barrio. Pero si llegamos de noche. No había nadie por la calle. Ni siquiera turistas.

—¿Café? —quiere saber.

—Por favor.

—El relojero lleva media hora esperándote —me dice .

Miro hacia donde señala mi tía y veo a don Alfonso sentado al fondo del bar, en la mesa más alejada. Me saluda con un ilustre movimiento de cabeza.

—Don Alfonso. No te había visto.

—Buenos días, querido Quim —saluda.

—¿Habíamos quedado hoy? —quiero saber. No lo recuerdo, la verdad.

—No habíamos convenido encontrarnos en un horario determinado, tan solo discutido la posibilidad de charlar el lunes antes del inicio de nuestras labores.

Dado que tu tía comienza a las ocho de la mañana, y nosotros, por nuestra parte, iniciamos nuestras gestiones a las diez, es evidente que el margen de tiempo es limitado, naturalmente.

—Naturalmente —corroboro saboreando mi delicioso café. Me mira sopesando si estoy de cachondeo.

—Has llegado tarde, pero al menos has hecho acto de presencia —agrega el relojero—. Emilio, por su parte, ni siquiera eso. Menudo pinchaúvas está hecho el guardián de los libros.

—No se lo tengas en cuenta. Ha sido una semana un tanto insólita —le disculpo.

Se acerca y me mira. Susurra.

—Te aviso, aunque no son menesteres que me incumban, de que, entre las lenguas viperinas de las marujas del barrio hay cierto intercambio de información sobre tu figura y la de una bella dama.

El relojero sorbe su té matutino y niega con la cabeza. Al cabo de unos segundos añade:

—Los rumores son como las cotorras de balcón, siempre al acecho. Todavía se atreven a decir esas santurronas de misa de ocho que las noches son para descansar. ¿En qué época se han quedado ancladas?

—Palabrerías fruto del aburrimiento, amigo mío. Ya se encargará mi tía de ponerlas firmes.

—Esas charlatanas no se atreven a conversar a menos de una cuadra de la Rosa.

Las habilidades atléticas de tu tía en el campo del lanzamiento de zapatilla, de zapato o de bota taconera, según se tercie, son mundialmente conocidas.

Ya te digo yo que a menos distancia se arriesgan a recibir un zapatillazo en los morros.

Sonrío al imaginarme la escena.

Él no. Alfonso Vera del Río sigue impasible, vestido de traje y corbata, como si el calor o el frío no pudieran siquiera rozar su figura. Levanta la vista hacia la puerta y lo veo asentir. Acto seguido mira su inseparable reloj de bolsillo.

—Lo sé, lo sé. No me des la tabarra —saluda el librero.

—Buenos días, don Emilio —le acerco una silla para que se siente con nosotros.

—Quimet… ¿Te vas al final de viaje?

Es verdad, les había dicho que hoy posiblemente me iba a Francia.

—No. Lo dejaré para más adelante. Temas de permisos que nunca llegan —informo.

—Y noches en vela que a uno lo dejan pal arrastre si no tiene el entrenamiento adecuado, según he escuchado en radio Patio.

Menuda panda de chismosas que hay en el barrio.

—Vamos a por faena que tengo asuntos importantes pendientes por atender y no tengo tiempo para cuchipandas —indica el relojero.

El librero lo mira como si no fuera con él.

Parpadea varias veces hasta que se percata de que es él mismo el que ha de contar si ha averiguado algo más del manuscrito.

Tampoco me acordaba de esto, la verdad. Supongo que ya tengo toda la información que necesito de ese antiguo libro.

Quizá sería mejor derivar la conversación hacia los malos de esta historia.

Esos sí que me preocupan, pero tampoco les puedo hablar de ellos sin desvelar mi tapadera, claro está.

—Después de repasar todo el manuscrito, página por página, vitela a vitela, rollo a…

—Por el amor del dios que tú quieras, ¿podrías ir al grano de una vez?

El relojero se exaspera cuando su amigo baja las revoluciones todavía más de lo normal. No sé cómo han podido aguantar tantos años juntos .

—Hoy te veo más insufrible que de costumbre. ¿Te has aplicado la crema de las almorranas correctamente? —le suelta de corrido.

Tengo que aguantarme la risa.

Acto seguido, sin prisa, abre una carpeta y saca un par de hojas manuscritas de su puño y letra.

Su compañero de hazañas y fechorías varias suspira.

—Tras recopilar toda la información contenida puedo asegurar, sin duda alguna, que este manuscrito fue escrito por una, llamémosle familia, estirpe o clan, denominado “los escribas”.

Correcto. Ismael fue uno de ellos.

—La última entrada, fechada en junio de 1391, tan solo nos cuenta que los ladrones habían descubierto la cripta y que trasladaban los objetos a otro lugar seguro. Punto pelota.

Ismael lo escribió. Y yo, zopenco de mí, fui el ladrón que despertó las sospechas. A partir de ahí, los objetos se esfumaron del mapa para evitar ser robados.

—Y aquí acaba nuestra aventura —indica el librero—. No hay absolutamente ninguna pista sobre ellos tras esas últimas y tristes líneas.

—Ni en los siglos venideros —supone el relojero.

Los protectores hicieron bien su trabajo. Los objetos se repartieron y se ocultaron por separado sin que nadie, excepto ellos, supieran dónde.

—Siempre nos quedará la emoción de pensar que, algún día, esos tesoros escondidos podrían emerger en una excavación fortuita.

Tal vez en medio de la construcción de una carretera, las reliquias del pasado asomen y ojalá que quienes las descubran reconozcan su valor histórico y no las entierren de nuevo en el olvido —opina el relojero.

—Quién sabe —añade como punto final su amigo.

—¿Y sabemos algo más de los malos? —pregunto.

Los dos amigos se miran.

—Nada en absoluto. La pista se pierde en aquella empresa de la que hablamos —indica el librero .

—No hay forma humana de llegar a esas oficinas sin pasar por tremenda seguridad —añade el relojero—. De todas formas, Octavi sigue indagando por si surgen nuevos datos.

Nos levantamos dispuestos a emprender otra jornada rutinaria cuando Lucía entra por la puerta del bar. Mi sonrisa aparece de la nada. Incluso la pena por haber perdido la oportunidad de encontrar lo que tanto ansiaba mi padre, y yo, para que te voy a engañar.

—Quim —el relojero pone su mano sobre mi hombro. Huele a colonia de la buena—, lamento que esta empresa haya llegado a su fin. Busca nuevas oportunidades, otros desafíos... La vida está repleta de sorpresas y, en muchas ocasiones, solo aquel que cesa en su búsqueda es quien encuentra.

Cuánta razón tiene este hombre a veces.

—Quimet, quédate con esto —me pide el librero—. Es una copia resumida de los datos más importantes que aparecen en el manuscrito: lugares, fechas, anotaciones curiosas y detalles de los que participaron en la labor de proteger los objetos.

—Gracias —le digo—. Lo miraré con calma.

El dúo Sacapuntas ya se dirige hacia la puerta para comenzar su rutinario día. Salen del bar y comienzan a caminar hacia sus respectivos negocios. Lucía me mira desde el taburete en el que está sentada. Yo me acerco. Mi tía también, por el otro lado de la barra. Su sonrisa bobalicona lo dice todo.

—¿Qué os pongo, parejita?

Lucía se ríe. Pero qué bonita es.

—Otro café para mí, tieta.

¿La beso? ¿La abrazo? Espero no tener esta duda cada vez que la vea. Qué estrés, por favor.

—¿Tú cuántas novias has tenido? —me suelta Lucía así, a bocajarro.

Yo la miro sin responder. Dirijo la mirada hacia el techo, como si estuviera contando, aunque en realidad lo que hago es ganar tiempo.

—¡Ninguna! Ya te lo digo yo —contesta mi tía por mí.

Lucía se parte de la risa .

Niego con la cabeza y dejo la carpeta del librero sobre la barra, vigilando que no esté mojada y me la empape.

—La barra está más limpia que el quirófano de un hospital, melón —advierte mi tía.

Joder, a esta mujer no se le escapa una, por favor.

Varios papeles sobresalen de la carpeta. Es un cartón naranja chillón, fea a más no poder; seguro que por eso la ha traído el librero, para sacársela de encima. A él le van más los tonos grises, tirando a película de los cuarenta.

Abro la carpeta para meter de nuevo los papeles, pero antes me detengo a comprobar el trazo firme del librero.

—Qué letra más bonita —advierte Lucía.

—Es de don Emilio. Me encanta su escritura.

—¿Puedo? —me pregunta.

Mis manos se congelan por unos segundos.

Ella me mira extrañada.

Conociendo a Lucía no va a resistirse a leer algunas líneas de estas hojas. Y, depende de lo que observe, a ver cómo le explico por qué pone lo que pone.

Sin saber muy bien porqué, le paso las dos hojas que sobresalían y que ahora tengo en la mano.

—¿Puedes ser más lento? Por favor, ya te pareces al librero.

—Todo se pega —disimulo.

Mi tía suelta una carcajada. No se pierde una. Me mira, asiente y, sin decirme nada, hasta mi mente llega una onda telepática que susurra: esta te va a poner las pilas como que yo me llamo Rosa Mora.

—¡Menudo inventario! —exclama, devolviéndome la hoja. Yo la miro y la leo. Compruebo que es un listado de los objetos del templo del rey Salomón—. ¿Tiene algo que ver con la cripta que está investigando Laura?

—¡Qué va! —miento sin pensar—. Busca libros antiguos que tengan que ver con estos objetos. Temas de su religión, ya sabes que él es judío.

Espero que se lo trague.

Bebe de su cortado y me mira. Yo no contesto. Solo la miro. Su color ya no es tan pálido como el del día anterior .

—De uno de los objetos de la lista sí recuerdo haber leído algo, hace tiempo, pero no sé dónde —añade pensativa.

—¿De cuál? —pregunto, solo por seguir la conversación y desviar las sospechas que creo que tiene.

—De la Tabula Dei —responde.

El tiempo se detiene un instante.

Decenas de imágenes se amontonan en mi cerebro como domingueros ante un peaje en fin de semana. Soy incapaz de asimilarlas. El atasco es tal que me marea.

Un sudor frío sube por mi espalda.

Entre todas las imágenes, una escena llega nítida a mi recuerdo. Tan clara como solo pueden llegar las imágenes perpetuadas en mi cerebro por culpa del efecto Pausa.

Hasta mi ser llegan los olores a papel viejo, a cera y a madera ardiendo.

Las sombras inundan mis sentidos. Una voz, quebrada por la edad, me habla desde el fondo de una sala oscura, bañada tan solo por las luces inquietas de unas pocas velas, aderezadas por el resplandor de una chimenea.

Estoy en el torreón de un castillo de Francia. Primavera de 1519.

El hombre que me susurra está arrugado, asomado al balcón de sus últimos días de vida.

Apoyado en el bastón, toca su barba blanca y descuidada antes de entregarme una hoja manuscrita.

Observo el papel y veo que es amarillo, con trazos y dibujos varios que reconozco, pero no comprendo.

El anciano se acerca y me agarra de la muñeca.

—Continúe mi labor. Busque sin descanso el designio de este objeto.

Contiene la sabiduría de Dios. Protéjala, maese Quim —me suplica, con la voz ronca y los ojos casi blancos, apagados por el tiempo—.

No dudo de que hallará su propósito antes de que sea demasiado tarde.

Sobre todo, maese Quim, no deje que los ladrones se apoderen de la Tabula Dei.