Capítulo 64
Tienda de Quim
Barcelona
Miro mi reloj y veo que son las siete de la tarde. Estoy en mi tienda. Acabo de quedarme como nuevo después de una buena ducha reparadora. Algo más corta de lo que me hubiera gustado después de un viaje como el que me he pegado, pero suficiente como para llegar al final del día sin caer rendido.
El vuelo de regreso hasta Barcelona ha sido rápido y sin sorpresas.
El helicóptero me ha dejado en el helipuerto de la Torre Mapfre, como hacemos siempre que tengo mucha prisa.
Lorenzo ya estaba allí esperándome para traerme a casa.
No es que la Torre Mapfre sea mía, tiempo al tiempo, es que algunas de mis empresas tienen alquiladas un par de plantas y, como el helicóptero está a nombre de una de ellas, me dejan aterrizar sin problema.
Como ya te comenté, yo no aparezco en ningún papel, aunque tengo el control de todo.
Con el tiempo y la experiencia uno sabe manejarse en estos asuntos.
Víctor es el que dirige el cotarro y vigila que las cuentas estén saneadas para que nadie sospeche absolutamente nada.
Este, sin duda, es el punto más importante.
Pagar tus impuestos al día. Y tener dinero en paraísos fiscales también, para qué nos vamos a engañar.
Si alguna vez debo salir pitando del país tan solo con lo puesto no tengo por qué perderlo todo, ¿no?
Lorenzo, el tipo que me esperaba en el helipuerto de la Torre Mapfre y me ha traído hasta mi tienda, es el hombre de confianza de Víctor.
Además de guardaespaldas y experto conductor es un poco de todo lo que le pidas.
En este instante estará esperando, paciente, hasta que yo salga. Y no dirá nada por mucho que tarde.
Lo primero que he hecho en cuanto he llegado, nada más entrar en mi tienda, ha sido dejar el regalo de Ismael en el sótano.
No en el taller, sino en mi guarida secreta.
Es una pieza muy valiosa como para que alguien se cuele y la robe.
Tengo claro que va a ser un regalo para Lucía.
Ya me inventaré alguna excusa para dar explicaciones de su procedencia.
Me miro en el espejo y tras dar el visto bueno a la ropa elegida, que es más o menos como la de siempre, apago las luces.
Tecleo el código y la persiana comienza a subir.
Me preparo para el sufrimiento acústico, pero no llega.
Por un momento me he olvidado de que la engrasé.
Tecleo de nuevo el código y desciende silenciosa y agradecida.
El barrio también me da las gracias.
Paso delante del bar y veo a mi tía sirviendo entre las mesas.
Ahora no me apetece entrar. Dejo atrás el edifico de los Mora y llego a la plaza.
Veo el coche a unos metros. Es uno negro con los cristales de atrás tintados.
Nada especial. Otro más que pasa desapercibido entre tanto tráfico.
Está aparcado en doble fila, en Vía Laietana, mirando hacia el mar.
—Perdona por la espera, Lorenzo ——me disculpo nada más subirme.
—No hay prisa, señor Mora.
Para él soy el señor Mora. Y por muchas veces que le he dicho que deje de llamarme señor, no lo hace. Supongo que son órdenes de Víctor, así que desistí hace tiempo.
—Llévame a la consulta de David, por favor.
El coche arranca en silencio y se mezcla entre la riada de vehículos que desciende por la atestada vía. La noche ya se ha adueñado de la ciudad y las luces han cobrado vida.
A mi memoria llegan recuerdos de Ismael y Bernat. Espero que llegaran a buen puerto y vivieran una vida plena de felicidad. Sé que cabe la posibilidad de volver a verlos y eso hace que duela algo menos separarse de la gente que te importa.
El coche gira a la izquierda, al llegar al final de la calle, y bordea la zona del Maremagnum.
La consulta de mi amigo no está lejos. Ya he hablado con Lucía y sabe que voy a buscarla.
Ha pasado el día tranquila y sin incidentes.
Lo sé porque tenía mi móvil lleno de mensajes de David con el parte horario.
Entre siluetas de peatones y destellos fugaces de coches no puedo olvidar la mirada asesina y paranoica del gaditano ladrón de almas.
Si lo que comentó Ismael es verdad, cosa que no dudo porque ese es precisamente su trabajo, contar la historia de nuestra estirpe para que no se pierda en el olvido, ese tipo debe de ser uno de los que están a punto de colapsar y perder la cabeza.
Esa mirada que tiene no es normal.
He de tener mucho cuidado a partir de ahora.
Si saben que soy un Señor del Tiempo van a ir a por mí.
Pensándolo bien, ¿quién me asegura que no lo han hecho ya?
El ataque a las puertas de Ficaris en el que caí primero, con dos flechas atravesadas, podría haber sido un asalto planificado para eliminarme.
Si el gaditano volvió ileso de nuestro último encuentro, pudo dar parte y viajar al pasado, a Ficaris, para preparar el asalto.
No lo sé. Se me cruzan los cables con tanto cambio y salto en el tiempo.
Debí de haber estudiado física cuántica o algo por el estilo.
Lo que sí tengo clarito es que voy a ser más precavido y a proteger a los míos. Hablando de eso, tengo que visitar a mi abuela, pobre. Hace demasiados días que no paso por su casa.
El coche se detiene ante la puerta de la consulta.
—No hace falta que me esperes, Lorenzo —comento antes de bajar. Él asiente—. ¡Cuídate!
No quiero tener que dar explicaciones a Lucía de por qué tengo un coche que me lleva a todos los lados que yo quiera.
Nada más entrar la veo sentada en la zona de espera. Lleva una pequeña bolsa de tela con sus enseres. Se levanta al verme. Sonríe. Me acerco a ella y cuando estoy a punto de llegar me asalta una tremenda duda.
¿La beso? ¿La abrazo? ¿Ambas cosas?
Por suerte, no necesito decidir. Ella lo hace por mí.
Me abraza y apoya su cabeza en mi pecho. Los quince centímetros de diferencia se lo permiten. Huele a crema hidratante y a gel de manos. Pasan tres segundos y me mira a los ojos. Acto seguido me besa en los labios. Es un beso cálido, fugaz, sabroso.
—¿Todo bien? —quiere saber.
—Nada nuevo en estas horas —miento. No le puedo relatar nada de lo todo lo que he vivido en el viaje con Ismael. Ni desvelar nada de lo que me ha contado. Quizás en un futuro pueda contarle la verdad—. ¿Qué tal estás?
—Genial. Me han tratado de maravilla.
Una de las enfermeras se acerca a nosotros. Es Mireia.
—Hola, Quim. Me alegro de verte —saluda.
Sabe que no debe hablar de todas las veces que he llegado aquí herido, apaleado, disparado o medio muerto por culpa de flechas envenenadas como sucedió hace pocos días. Para eso está el secreto ese entre el doctor y el paciente. Ahora no recuerdo como se llama.
—Mireia, ¿qué tal va todo? —respondo.
—Todo bien, por suerte. David no está, pero ha pedido que te envíe saludos. —Mira a Lucía y le pone la mano en el hombro—. Ha sido una paciente ejemplar. Ya hemos hablado con ella sobre los resultados y sabe qué hacer estos días.
Lucía asiente.
—Gracias por todo, Mireia.
—A vosotros —contesta. Dicho esto, se marcha hacia una de las consultas, no sin antes darse la vuelta, guiñarme un ojo y sonreírme como un cómplice travieso. Sonrío para mis adentros. Qué buen equipo de gente hay aquí.
—¿Tienes hambre? —pregunto. Yo sí.
—No, la verdad. No me apetece cenar.
Nada más salir de la consulta nos detenemos en medio de la calle. El tiempo es agradable. Ella me mira.
Me abraza de nuevo.
—Tenía ganas de verte —dice.
El mundo es más bonito en este momento, sin duda.
—Me apetece ir a tu casa, tumbarnos en el sofá y ver una peli hasta quedarme dormida. Y levantarme contigo mañana .
Si hubiera tenido un sensor que indicara mis pulsaciones, habría petado. Menos mal que ella es lanzada y dice lo que piensa porque con lo parado que soy yo para estos temas hubiéramos estado aquí dos horas decidiendo qué hacer.
—Me encanta ese plan.
Quiero estar cerca de ti. Lo más lejos, a tu lado.
El plan ideal para un día demasiado largo. Levanto la mano en cuanto veo la luz verde de un taxi que se aproxima.
—Espero no tener otra pesadilla como la que he tenido esta noche —me suelta un tanto angustiada antes de que llegue el taxi—. Menuda vergüenza si me pongo a gritar en plena madrugada porque unos tíos disfrazados de soldados romanos me quieren matar.