El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 63
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Capítulo 63

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En algún lugar de Francia

Por suerte, el salto ha salido bien. No las tenía todas conmigo, no te vayas a creer.

Es difícil adivinar qué zona es la mejor para saltar si no conoces el terreno porque no puedes saber lo que habrá cambiado en siete siglos.

He optado por saltar alejado de la orilla del lago.

No quiero arriesgarme y aparecer bajo el agua y ahogarme.

Además, debía esconder la caja con el mapa en un lugar en el que no se mojara.

Lo que sí tenía muy claro era que no iba a volver hasta Ficaris para saltar desde el punto de partida.

Ni hablar. Estoy cansado ya de tanto trote y tanta piedra en el camino. Tengo la espalda destrozada.

Observo a mi alrededor y compruebo que no hay nadie cerca. Solo silencio. Huele a hierba fresca mezclada con abono de campo. No hace excesivo calor y el día es soleado.

Si he calculado bien, habré saltado un par de horas después de que Peter me dejara en Figueres. Así le puedo decir al piloto que he llegado hasta aquí en coche, si es que me pregunta. Nunca lo ha hecho, pero es mejor no levantar sospechas. Mis saltos en el tiempo deben seguir siendo secretos.

Me acerco hasta el grupo de rocas que tomé como referencia para el escondite. Siguen allí, tal y como hace más de seiscientos años. Hay mucha hierba alrededor. Incluso varios árboles nuevos.

Me acerco hasta una de las rocas. Es la más grande. Antes me ha costado horrores levantarla haciendo palanca con la espada .

Repito la misma acción y consigo levantar la piedra lo justo para meter la mano.

Escarbo entre la tierra lo más rápido que puedo hasta que toco la tela.

Estiro de ella y la veo aparecer. Está negra, sucia y desgastada.

Como que tiene siete siglos. No encontré nada mejor para proteger la caja que, a su vez, protegía el mapa.

Saco la tela y compruebo que la caja está intacta.

Ya no parece nueva, está apagada, sin brillo.

Nada que no pueda restaurar en mi taller.

No quiero abrirla aquí, no sea que estropee el mapa.

Prefiero esperarme a estar en mi tienda donde tengo todo tipo de productos para reparar reliquias como esta.

Ver la caja de nuevo, así de vieja, me recuerda que Ismael, su familia y Bernat, ya no están. Hace mucho tiempo que murieron. Por suerte, el saber que puedo volver a verlos me repone y me da fuerzas para seguir adelante.

Ahora necesito esconder mis armas e intentar pasar desapercibido hasta que consiga contactar con Peter para que venga a buscarme. Si algo bueno tiene la experiencia es que aprendo de los buenos y los malos momentos vividos. Y, por supuesto, no es la primera vez que me veo en esta tesitura.

Me saco la camisola y la tiendo en la hierba.

Por la parte interior, el faldón de tela lleva un dobladillo para hacerla más larga cuando lo necesite.

Como en este momento. Saco los clips que la sujetan y la despliego del todo.

Ahora es tan larga que podría usarla de vestido.

Meto la espada con su funda en el interior, así como las dagas.

Tiro del cordel que tiene al final y todo queda recogido como si de una bolsa se tratara.

No es una bolsa perfecta, pero oculta las armas, que es lo que quiero.

Saco una tira que también estaba oculta y que sirve para colgarme la bolsa a la espalda con la cinta atravesada en el pecho. Queda perfecta.

El resto de mi ropa es corriente. Puede pasar desapercibida sin problemas. Camino hacia el sendero por el que viajaba la caravana y compruebo que ahora es una carretera bastante transitada. A lo lejos diviso una gasolinera .

Tardo menos de cinco minutos en llegar, pero el sol y la alta temperatura del día consiguen que llegue sudando.

También puede ser porque de repente me han entrado unas ganas tremendas de ir al lavabo.

Durante el trayecto en carro tenía tanta sed que he tenido que beber del botijo de Ismael.

Y eso es como jugar a la lotería de la cagalera, pero con muchos más boletos en tu poder de los que quisieras.

— Bonjour —saludo a un chaval joven con pinta de aburrido. Está mirando su móvil. Me hace un gesto con la cabeza y acto seguido pasa de mí.

—Puedo usar un teléfono, por favor. —Mi francés tiene un acento de guiri que flipas—. He tenido un problema con el coche y mi móvil está roto.

El chaval me mira sin interés.

—Mi francés está un poco oxidado —le digo, esta vez más despacio—, quizá no me has entendido bien.

— À la perfection —responde con chulería.

Saca un teléfono inalámbrico de debajo del mostrador y me lo pasa.

— Merci .

Mis tripas suenan. El chaval me mira.

Me alejo un par de pasos. El sudor es cada vez más frío.

Marco el número de Víctor y responde a los dos segundos.

—Dime —contesta como siempre.

Sabe que soy yo porque el número que acabo de marcar tan solo lo tengo yo.

—Dile a Peter que venga a buscarme. No sé muy bien dónde estoy en estos momentos.

—Descuida. ¿Necesitas algo más?

—Solo que venga.

Cuelgo. Busco en la pantalla la última llamada y borro el registro. Saldrá en la factura, cierto, pero es una manía que tengo cuando llamo desde algún comercio.

Le devuelvo el teléfono al chaval que ni se inmuta.

— Merci. Les toilettes, s'il vous plaît?