El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 62
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Capítulo 62

En algún lugar de Francia

El sol se ha elevado en el cielo iluminando el claro en el que nos encontramos y el ardiente calor ha caído como un manto, dejando apenas cuatro zonas sombreadas gracias a otros tantos árboles.

Las lonas se han colocado bajo el amparo de las sombras para que la gente de la caravana pueda descansar.

Nos hemos detenido cerca de un lago, a medio camino de Perpiñán.

Myriam me observa sin decir nada. Esta niña, casi mujer ya, es más lista que el hambre. Sabe cuándo hablar y cuándo callar. Su madre está recogiendo los pocos enseres que hemos utilizado para comer. Bernat, sentado a mi lado, no se ha separado ni un segundo de mí desde que hemos parado a descansar.

—El mejor profesor, el fracaso es —recita de su hoja.

Me mira para que le dé el visto bueno. Ha apuntado esa frase que yo le he soltado durante el camino mientras conversábamos.

Yo asiento. No hablo porque estamos comiendo y tengo la boca llena. Tenía mucha hambre, la verdad.

—¿De qué poeta es este dicho? —quiere saber.

—Del maestro Yoda —contesto al cabo de unos segundos. Él apunta de nuevo.

El poco embutido que he probado estaba muy bueno, así como el pan que Sarah compró en el último pueblo.

Aunque no se me ha quedado buen cuerpo tras mi última conversación con Ismael, he comido como un campeón.

Me ha desvelado muchos puntos que, sin duda, van a hacer que entienda mi papel en este mundo.

Que comprenda por fin el porqué de mi don, de mi magia, como dice él.

Pero también me ha dejado claro que no voy a saber jamás dónde están los objetos que tanto persiguió mi padre y que, no te voy a engañar, tanto ansío tener.

Estoy seguro de que, si los encontrara, el protector de turno intentaría matarme para protegerlos.

Y no sería justo que yo, Señor del Tiempo, descendiente de Salomón, el mismo tipo que decidió poner a los protectores al cargo de los objetos, acabe con uno de ellos tan solo por egoísmo. Sería una sinrazón injustificable.

—Nos iría muy bien que siguieras con nosotros hasta llegar a nuestro destino —indica Ismael. Sabe que aquí ya no pinto nada y quiere evitar que me largue.

—Tengo asuntos que atender —contesto sin convicción.

—Tienes todo el tiempo del mundo —replica él.

Es cierto. Puedo irme a mi presente cuando quiera, pero no me apetece estar aquí solo por estar.

—Necesito arreglar unos temas. Parece que tengo tiempo de sobra, pero nunca es suficiente.

—¿Averiguarás detalles de tus ancestros? —quiere saber. Su mirada también se ha vuelto un poco más triste—. Hay vacíos que a un escriba como yo le encantaría rellenar.

Sonríe.

Bernat me mira. Sus ojos son vivos como el cielo que tenemos sobre nosotros. Lo voy a echar mucho de menos.

—¿Cómo puedo informarte de mis descubrimientos?

Ismael asiente pensativo.

—Buena pregunta —responde moviendo su cabeza—. Te puedo decir que nuestro destino final, si todo va bien, será posiblemente Jerusalén, aunque lo decidiremos al llegar.

—Siempre lo puedo intentar.

—Es mejor que se comunique con el primo Jafudà —señala Myriam, interrumpiendo la conversación.

Ismael la mira y sopesa su opinión. No está molesto porque su hija se meta en la tertulia, al contrario.

—Me parece perfecto —indica Ismael, convencido de que es una buena idea—. En cuanto nos asentemos enviaré a mi sobrino nuestra dirección. Avisaré de que algún día pasarás a verlo. Él te dirá cómo contactar con nosotros.

—Dame sus datos. No te preocupes que no se me van a olvidar —le aseguro.

Ya sabes, el efecto Pausa que hace que nada se me olvide. Y que no envejezca.

—Taller de ilustración de Jafudà y Cresques Abraham, en la isla de Mallorca.

Mis ojos se abren como platos.

—¿Cresques Abraham es tu sobrino? —pregunto.

—No. Jafudà es mi sobrino. Cresques, mejor dicho, Elisha, que es su nombre real, es… quiero decir, era —indica con un tono triste aparecido de la nada—… Elisha era mi hermano.

—Elisha ben Abraham —susurro yo, recordando al instante el nombre del gran cartógrafo mallorquín—. Tu hermano es un hombre importante. Lo será, quiero decir.

—Ya lo era antes de morir hace poco más de cuatro años.

—No sé si debería decirte esto, pero una obra suya llamada el Atlas Catalán, se considerará una de las obras cartográficas más importantes de la historia.

No se lo tendría que decir, claro está. Pero soy un bocazas.

Recuerdo haber visto una copia en el museo donde trabaja Lucía. Tiene un detalle y trabajo artístico brutal. Las ilustraciones de ciudades, rutas de navegación y elementos culturales me dejaron flipado.

—No es bueno desvelar el futuro, pero gracias por decírmelo. Mi hermano era muy importante para mí.

Se gira, abre la tela de la carreta y le dice algo a Sarah que no acabo de entender.

—Tomo nota de su dirección. Quizá me pase a verlo algún día y le diga lo mucho que lo querías —le suelto sin pensar.

—Te lo agradecería —responde, para mi tranquilidad.

Por mi cabeza pasa la idea de aprovechar el viaje y comprarle alguno de sus mapas. En mi tiempo valdrán una fortuna. Sí, lo sé, soy un caso perdido .

—Toma, esto es para ti. Un regalo por habernos salvado la vida —indica a la vez que me entrega una estrecha y alargada caja de madera.

Lo miro extrañado.

—Nadie merece un regalo por salvar la vida de otro.

—Aun así, acéptalo, por favor.

Cojo la caja y la observo. Está decorada con incrustaciones que parecen ser de marfil. La abro expectante y veo un rollo de tela blanca. Parece algodón. Tiene una cinta de color marrón con un nudo y un lazo. Deshago la cinta, estiro la tela y me quedo embobado mirando mi regalo.

Es un mapa del mismísimo Cresques Abraham.

No es el Atlas Catalán, claro está, porque necesitaría un recipiente enorme para guardarlo de lo grande que es, pero es un mapa precioso. En él puedo ver la península Ibérica, parte del norte de África y de la costa italiana. Es magnífico.

—¿Te gusta? —quiere saber Ismael.

—¡Es flipante!

Me mira sin comprender.

—¿Eso quiere decir que sí te gusta? —repite de nuevo.

—¡Me encanta, Ismael! ¡Es maravilloso! Muchas gracias.

Guardo mi mapa tal y como estaba, ante su atenta mirada.

—Y la caja también lo es —añado entusiasmado.

Algunos miembros de la expedición ya han acabado de recoger sus enseres y esperan el momento de la partida. Nosotros nos ponemos en pie. Sarah comienza a recoger el mantel sobre el que estábamos sentados.

—Ha llegado el momento de despedirnos —les digo.

Bernat no deja de abrazar mi pierna.

Sarah se acerca y me da un abrazo. No sé si las normas sociales de la época o de su religión se lo tienen permitido, pero el abrazo es sincero y agradable. Ismael nos mira y sonríe. Yo también la abrazo.

—Cuídate mucho, Quim. Eres muy especial.

Dicho esto, sube a su carreta junto a Myriam, que se despide saludándome con la mano.

—Nos volveremos a ver, amigo Ismael —le informo .

—Lo sé. Esperaré ansioso tu visita y tus buenas nuevas.

Nos despedimos con un abrazo sincero.

—Bernat…

El chaval se limpia las lágrimas con el dorso de la mano.

Yo me agacho para estar a su altura. Le acaricio el pelo.

—Cuánto te ha cambiado la vida en pocos días —le digo.

—Todo gracias a usted, señor Quim —algunas lágrimas resbalan sin control. Se sorbe los mocos y los que no puede, se los limpia con el faldón de la camisa que lleva. No ha perdido sus viejas costumbres todavía. Sonrío y le doy un beso en la frente. Yo también lloro.

—Volveré a verte, Bernat. No lo dudes. Siempre seremos amigos.

Le ayudo a subir a la carreta. Ismael se despide alzando su mano antes de subirse al timón del carro. Segundos después, los veo alejarse dejando una estela de polvo a su paso. Bernat sigue asomado en la parte trasera.

—¡Caminante, no hay camino! —me grita, a modo de despedida. La madre que lo parió.

Segundos después se pierden tras una curva del sendero. Hace muy poco que conozco a esta familia, pero me han calado muy hondo. No estoy triste. Tengo claro que esto no es una despedida. Volveré a verlos en algún momento de sus vidas.