Capítulo 61 #3
—Mis antepasados eran personas de confianza que sabían todo lo que sucedía tras las puertas del templo, en el lugar más santo. Estudiaron los objetos durante años e intentaron averiguar la fuente de su poder.
Su tono es pausado, melancólico incluso. La importancia de sus palabras así lo requiere.
—Eso quiere decir que tenéis contacto con los objetos del templo —indico, extrañado.
—Dejamos de tenerlo en cuanto los objetos abandonaron el templo y se ocultaron a ojos de todos. Desde entonces, solo los protectores lo saben.
—No te entiendo —le digo.
—Los escribas detallamos dónde ha estado cada objeto. En pasado. Nunca dejamos constancia de dónde están en este instante, simplemente porque no lo sabemos —intenta aclarar.
Mi cara le indica que sigo sin comprender.
—¡Sarah! —llama en voz alta—. Acércame la caja, por favor.
A los pocos segundos su mujer le entrega una caja de madera. Es sencilla, más bien tirando a vieja y algo fea.
—Ábrela —me dice. Él sigue sujetando las riendas.
Le hago caso. Saco la tapa y veo unas pocas hojas. Tan solo una está escrita.
—Léela —me indica.
Saco la hoja y la toco con mimo. Creo que es papel vitela. Típico de esta época. Fabricado a partir de fibras de cuero. Está escrito en hebreo. Intento leer, pero el traqueteo del carro no me ayuda. Enfoco mi vista y un sudor frío recorre mi cuerpo. Ismael lo ve en mis ojos.
—Es una lista de los objetos que estaban en la cripta de la sinagoga, en Barcelona.
Ismael asiente .
—Esta hoja es lo único que he podido escribir antes de salir de la ciudad —intenta aclarar.
Su voz es entrecortada. Noto que esto último le duele.
Se acerca y me susurra:
—Es solo una lista básica. No tenía nada claro que esta travesía llegara a buen puerto y no he querido arriesgarme, por este motivo no me he llevado conmigo el Libro de los Objetos, un manuscrito en el que se detalla cada lugar en el que han sido ocultadas las reliquias desde que abandonaron el templo.
Muy a mi pesar, lo he dejado en la sinagoga, oculto —mira hacia el carro para comprobar que nadie le escucha—.
Si en este viaje soy asesinado, el libro no caerá en las sucias manos de los ladrones de almas.
Si llegaran a averiguar donde han estado los objetos, ten por seguro que volverían para hacerse con ellos —azota las riendas con rabia, mientras guarda silencio unos segundos.
Yo espero paciente a que quiera volver a hablar—.
Solo he guardado esa lista, la última hoja del Libro de los Objetos.
—Te diré que, en mi presente, tu libro lo tiene un amigo a buen recaudo —le informo a sabiendas de que no debería decir nada del futuro. Solo quiero que sepa que no cayó en malas manos.
¿Qué daño puede hacer esta información?
Me mira. Su cabeza vuela lejos.
—¿Gracias a mi manuscrito estás hoy aquí? —sospecha.
—Así es —confirmo.
Asiente de nuevo. Sonríe.
—Bueno es saberlo. Quizá es mejor que no envíe a nadie a por él y lo deje donde está hasta que llegue a tus manos en un futuro —revela con una risa traviesa.
¡Mierda!
Otra vez la hemos jodido cambiando el pasado.
¡Pero que bocazas soy!
Miro la hoja e intento olvidar mi metedura de pata.
—Aquí solo dicen dónde han estado, pero no cuenta dónde van a estar —señalo de nuevo.
—Porque ya te he contado que no lo sé .
Ismael agita las riendas para darle más brío al ritmo del caballo. Le cuesta subir por la pendiente que tenemos delante.
—Los protectores decidirán dónde esconder los objetos y por cuánto tiempo. Mientras tanto, adiestrarán a sus descendientes para continuar con la labor.
—Y no te dirán dónde están hasta que los cambien de lugar. Y solo si es necesario —acabo por decir.
—Así será. Esa lista, ese testigo escrito —señala con el dedo al papel que sostengo todavía en mi mano—, lo redacté el mismo día que ellos decidieron cambiar los objetos de lugar porque sospechaban que el tabernáculo construido bajo la sinagoga había sido descubierto.
En ese mismo instante supe, con tremenda sorpresa, que los objetos sagrados estaban ocultos en mi propia ciudad.
Hasta ese momento lo desconocía por completo.
Fui yo el que levantó la liebre, pero este detalle no se lo voy a decir. Definitivamente, soy un hacha jodiendo el pasado.
—¿Y yo no puedo saber dónde están los objetos? ¿Ni siquiera puedo verlos? —pregunto con decepción anticipada.
—No —responde tajante—. El poder corrompe hasta al más recio. No te olvides de que parte de tu familia es la que está deseando matarte y hacerse con ellos para conquistar el mundo.
—En mi presente son ricos y poderosos —le aclaro, ya que no sabe qué sucede en mi tiempo—. Traficantes. Mercenarios dispuestos a cualquier cosa por dinero. Y tienen una espina clavada: los objetos del templo de Salomón. Llevan tras ellos siglos y no van a parar hasta conseguirlos.
—Cierto como que el sol sale cada día —reconoce al instante—. Por este motivo, nadie, excepto los protectores, deben saber dónde están.
—Y ese secreto morirá con ellos —respondo, decaído.
—Y ese secreto morirá con ellos —confirma.