El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 61 #2
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Capítulo 61 #2

—¡¿Y al instante?! —exclamo, asustado y asombrado a partes iguales.

—Así es —confirma impasible.

Guardo silencio unos segundos.

Este dato no me lo esperaba para nada.

Es un hecho muy serio.

—Entonces —añado tras unos segundos—, si adquieren su sabiduría, también se hacen dueños de sus recuerdos, de sus secretos…

—Correcto —confirma de nuevo—. Pero este hecho no es tan bueno como te puede parecer. Vivir tantas vidas en una sola alma tiene un precio muy alto, tanto, que casi todos ellos suelen terminar lunáticos. Sus cabezas enferman y acaban ingresados en santuarios.

—Por lo que he podido ver en la batalla, creo que, si mueren estando en un alma robada, su cuerpo también muere.

Al menos eso es lo que me ha parecido al cargarme a uno de ellos. El miedo en los ojos y las palabras del gaditano parecían decía eso.

—Así es —certifica Ismael—. Creemos que su propia alma guarda ese dolor y lo transfiere a su cuerpo original a la vuelta. Por este motivo muchos de ellos dejan de viajar todavía siendo jóvenes.

—¿Pueden poseer mi alma? —pregunto asustado.

—No —responde al instante—. Ningún ladrón de almas ha podido poseer el cuerpo de otro levita. Puedes estar tranquilo.

—¿Hay muchos de ellos?

—Según se pudo calcular, aunque no creo que sea un dato muy preciso, por cada doce ladrones de almas que nacen, tan solo uno de tu clan aparece y es capaz de viajar en cuerpo y alma.

—Otra vez el número doce… ¿Y por qué razón?

—No lo sabemos. Otra cosa que puedes averiguar tú mismo, y de paso conocer los orígenes de tu poder.

—Lo haré —le digo convencido—. Por esa regla de doce a uno, quiere decir que hay muchos más ladrones de almas que otros como yo.

—Señores del Tiempo. Así os llamamos desde los inicios.

—Pues eso mismo —replico.

Me mola el nombrecito.

—Así es. En realidad, tú eres el segundo Señor del Tiempo que tengo el placer de conocer —me informa.

—El otro era familiar mío, se supone.

—Así debería ser. Si no recuerdo mal, era del siglo dieciséis. Si vuelvo a verlo, que todo es posible, le hablaré de ti y le sermonearé por no haber dejado constancia escrita de su historia —sonríe, tras soltar esta frase con tono de maestro de escuela.

Las palabras resuenan en mi cabeza. No entiendo algunos puntos concretos, pero no voy a discutirlos. No puedo olvidar que, aunque estoy hablando con un hombre culto, es del siglo catorce. Da por buenos algunos datos que no tienen explicación razonable para un tipo de mi tiempo.

—¿Qué hizo que la familia se separase?

—Hay quien dice que fueron motivos políticos. Otros opinan que fue pura envidia. Supongo que no sentó bien, o no entendieron, por qué unos sí podían viajar al completo y otros tan solo apoderarse de almas .

—¿Y qué tienen que ver en toda esta historia los objetos que custodian los protectores? —le suelto, sin avisar.

Ismael me mira.

Suspira.

Sabe que lo sé. Aunque creo que ya se lo imaginaba, si no a qué demonios he venido hasta aquí.

—Tu estirpe usaba el poder de objetos como el arca o la mesa en beneficio de su pueblo. Ellos lo usaron en el suyo propio. Ser más rico era ser más poderoso.

—El poder corrompe. Siempre ha sido así y siempre lo será. En mi tiempo también sucede —le informo—. ¿Por qué solo hablas del arca y la mesa? ¿Y el resto de los objetos?

—Esos dos son los más importantes. Los que derrocan pueblos y crean héroes o tiranos —indica Ismael, con los ojos puestos en la historia—. Pero esto es algo que no me corresponde explicarte. Ya llegará quien lo haga. Supongo...

Yo me quedo con cara de tonto.

Él se limita a mover con brío las riendas, como queriendo dejar atrás las últimas frases, para que yo las olvide o que se las lleve el viento.

Bernat se mete tras las telas cansado de escuchar batallas sin sentido.

—Llegó un punto en el que los ladrones de almas se creyeron por encima de todo, y de todos —añade a colación de la conversación anterior, dejándome con el misterio en la boca y más preguntas que hace cinco minutos—. Quisieron derrocar al gobierno por la fuerza para iniciar su propia cruzada.

—Y ahí se lio parda.

Ismael me mira y levanta una ceja. No me ha entendido.

—Decidieron iniciar su revuelta, pero lo hicieron en el momento errado. Salomón era rey en aquella época.

Mi pulso se acelera.

¡Seré idiota!

Acabo de caer en algo que me eriza la piel.

—¿Yo soy descendiente del rey Salomón?

—Así es.

Mi corazón late sin control .

—¿También era un Señor del Tiempo?

—No. Lo fue su hermano mayor. Como te he comentado antes, solo los primogénitos heredan el don.

Salomón era descendiente de Leví a través de su madre, Betsabé, que era la esposa de Urías el hitita —Ismael guarda silencio unos segundos—.

Se dice que David y Betsabé tuvieron una relación que resultó en el embarazo de Salomón.

Para librarse de Urías, David lo envió a la guerra.

Tras la muerte de este se casaron y a los pocos meses nació Salomón.

De esta manera encubrieron el adulterio. O al menos lo intentaron.

—Menuda telenovela.

Ismael me mira de nuevo sin entenderme.

—Veo que es una figura importante para ti.

—Mi padre era historiador y este personaje era uno de sus preferidos. Así como todos los objetos que se guardaban en el templo.

Un atisbo de pena asoma al acordarme de mi padre.

—Salomón fue un rey sabio —indica pensativo—. Gobernó durante un periodo de prosperidad en la historia de Israel.

—Tenía una ventaja importante —añado con ironía.

—Así es. En cuanto los ladrones de almas se sublevaron contra el rey la batalla duró apenas unos minutos. El tiempo justo para que los Señores del Tiempo, gracias a su ventaja, acabaran con los insurgentes, antes de que ni ellos mismos supieran que lo iban a ser.

—¿Se los cargaron? —pregunto asombrado—. ¿Los mataron? Quiero decir.

—Los objetos son más importantes de lo que puedas llegar a creer —me explica para justificar esos asesinatos—. No deben caer en manos de aquellos que no entienden su poder.

El camino se vuelve un poco angosto. Al caballo le cuesta tirar y los baches del camino se notan en el carro más que nunca. A pesar de estar sentado en el banco de madera, tengo el culo destrozado.

—¿Qué poder otorgaban esos objetos ?

—No lo sé —dice mirándome a los ojos—. Hace ya mucho tiempo que se decidió que el hombre no podía poseer ninguno de estos objetos. Por su propio bien.

—¿Ni siquiera los Señores del Tiempo? —pregunto.

Él niega con la cabeza.

—Tras la muerte de Salomón, los ladrones de almas lograron acceder al templo y fue cuando se percataron de que los objetos eran falsos.

Vuelve a asentir con la cabeza como dándose la razón él mismo. Agita las riendas para que el caballo tire del carro con algo más de brío.

—Desde entonces los buscan. Han intentado cientos de veces volver y averiguar el paradero de cada reliquia, sin éxito. Mientras tanto, no han cesado de perseguir y asesinar a los Señores del Tiempo, su propio clan hermano.

—Esta vez saben dónde están —añado, por si se había olvidado de la batalla de la última hora—. En cualquier momento volverán a aparecer.

—Eso creen ellos —me contesta con una sonrisa traviesa.

¡No me jodas!

—Están en la última carreta —le digo con voz temblorosa.

—Estaban —me corrige sin pestañear—. A lo largo del viaje los objetos han ido emigrando a diferentes lugares. Y ni siquiera yo sé a dónde han ido.

Mi cara lo dice todo.

Entonces los protectores que faltan no es que hayan muerto en Ficaris, como yo pensaba, es que se han ido largando cada uno por un camino distinto. ¡La madre que los parió!

—Lo siento, Quim, pero no puedes poseer lo que no te pertenece —dice con solemnidad, mirándome a los ojos por si me queda alguna duda—.

Tu familia misma decidió que ni ellos eran inmunes al poder del arca o de la mesa.

Por este motivo se confió en un elegido grupo para que se encargara de velar por los objetos sagrados.

—Los protectores —susurro .

—Solo ellos saben dónde están ocultos. Solo ellos deciden cuándo sacarlos de su lugar de reposo y moverlos a otro distinto, si lo creen necesario. Viven por y para esto.

—¿Quiénes son esa gente? Vi que Gerard llevaba una espada templaria. Y otro de ellos una espada con empuñadura cátara.

—Gerard desciende de uno de los primeros templarios que halló la mesa hace ya varios siglos. Su antepasado era un protector que se hizo pasar por caballero templario para vigilar cada paso que daban.

—Un espía…

Ismael me mira de reojo y sigue hablando.

—Philipe es nieto de los últimos cátaros que murieron bajo la espada de la Inquisición y que también formaba parte de los protectores. Supongo que llevan esas espadas para no olvidar de dónde vienen.

—Entonces en tu grupo cabe cualquier tipo de persona.

—No es mi grupo —aclara de nuevo—. Yo no tengo nada que ver con ellos.

Pero contestando a tu pregunta te diré que los protectores están por encima de las creencias religiosas.

Solo tienen dos condiciones a cumplir: creer en un poder superior y ser descendientes de un protector.

Da igual si su estirpe es judía, cristiana, cátara, templaria o musulmana.

Como te digo, lo que cuenta es la persona, no a quién rece.

—En el primer punto os parecéis a los masones.

—No conozco a esa familia.

Es pronto, pienso.

—Y tú, Ismael, ¿qué pintas en todo esto? —indago.

—Yo no soy pintor —me contesta atónito.

Sonrío al escuchar su respuesta.

—Quiero decir que cuál es tu misión.

—Únicamente soy un escriba más —contesta.

—No te entiendo —indico confundido.

—Están los Señores del Tiempo, como tú, descendientes de Leví. Existen los protectores, el grupo creado por Salomón para ocultar y proteger los objetos sagrados con su propia vida si fuera necesario. Y estamos nosotros, los escribas —añade orgulloso.

Entonces es posible que él haya escrito de su puño y letra algunas de las páginas del manuscrito que cayó en manos del librero.