El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 61
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Capítulo 61

En algún lugar de Francia

Ismael mantiene silencio. Hace diez minutos que hemos dejado atrás la cima soleada, convertida por necesidad en un pequeño cementerio, para tomar de nuevo el camino que nos llevará hacia el norte. La caravana cada vez es más pequeña.

—Tú desciendes de un poderoso clan de sacerdotes que hace muchos siglos convivieron y sirvieron a los faraones egipcios —me suelta de buenas a primeras—. Actuaban como consejeros y jamás erraban en sus decisiones.

Ismael deja de mirar al camino y me observa para asegurarse de que estoy escuchando con atención y entendiendo lo que me cuenta.

—¿Sabes por qué nunca fallaban en sus recomendaciones?

—Yo niego con la cabeza.

—Porque tenían el poder de viajar en el tiempo, en cuerpo y alma, como tú. Comprobaban y, si era necesario, modificaban algunos hechos concretos para bien de sus faraones y de su reino, por aquel entonces, el egipcio.

Bernat asoma su cabecita entre nosotros para escuchar con atención. Ismael le toca el pelo con cariño.

—Atiende, Bernat, porque esto también formará parte de tu vida. Ahora eres de la familia y partícipe de nuestra historia.

Yo también le acaricio el pelo. Bernat sonríe a pesar de que no ha entendido muy bien lo que ha querido decir Ismael. Él solo sabe que está contento con su nueva familia, a pesar de la accidentada travesía en la que se ha embarcado.

—Con el tiempo, estos sacerdotes, que eran descendientes de Leví, hijo de Jacob, se fueron haciendo más poderosos e influyentes.

La posibilidad de viajar al pasado les otorgó, como ya habrás comprobado por ti mismo, numerosas ventajas —expone, sospechando que yo también me he podido aprovechar de este don—.

Una de las más importantes fue conseguir enormes fuentes de poder de culturas extintas.

Recogieron sabiduría e incluso magia, según algunos.

Hasta que un buen día, Ramsés II comprendió que eran demasiado influyentes y ordenó darles caza. Decretó eliminarlos a todos.

—¿Esto que me cuentas es una historia real o parte de algún mito? —le pregunto, sin acritud. Solo para aclarar mis ideas.

—Esta historia es más real que el aire que respiras ahora mismo —me contesta con rectitud—. Y yo no debería ser el encargado de narrártela —añade de paso.

—Mi padre murió antes de tiempo. Quizá me la hubiera contado si hubiera tenido la ocasión o si hubiera sabido de este don —indico para tranquilizarle.

No quiero más reproches por no saber lo que soy.

Aunque esta respuesta me plantea otra pregunta—.

Por cierto, según lo que has contado, esto de viajar en el tiempo también lo ha tenido que hacer algún antepasado mío, ¿no?

—Siento mucho lo de tu padre —se disculpa. Mantiene el silencio unos segundos y continúa—. Así es. Aunque con el tiempo se descubrió que no todas las generaciones obtienen este don. Se han detallado saltos de hasta seis generaciones de primogénitos varones incapaces de viajar en el tiempo.

Pues vete a saber tú quién fue el último que pudo hacerlo en mi familia. Pero, vamos, que se lo podía haber currado un poco y dejar una libretita con unos pocos apuntes para que el próximo que tuviera el don supiera de que va su historia.

—Como te iba diciendo —prosigue Ismael con su relato, tras beber agua de un botijo de barro que le acaba de pasar Sarah—, Ramsés II ordenó eliminarlos a todos.

Pero gracias al poder que tenían, los sacerdotes huyeron antes de que eso sucediera, evitando así una guerra contra el importante reino egipcio que no les interesaba comenzar.

—El imperio egipcio era muy poderoso —añado .

—Así es. Por eso desaparecieron en el desierto y se perdieron entre las dunas. Al cabo de un tiempo, los pocos que lograron sobrevivir acabaron por instalarse al sur de Canaán.

—Canaán, también conocida como Provincia de Judea tras ser conquistada por el imperio romano.

—Veo que te han educado bien.

A lo lejos aparece un rebaño de cabras que pastan con calma las escasas hierbas que pueblan la ribera del reseco y pedregoso sendero. Junto a ellas, varios hombres de edad avanzada, provistos de largos palos, caminan mirando al suelo.

Los ancianos encorvados, parece que la tierra les llama.

—He viajado mucho —le suelto a la vez que sonrío por primera vez desde que llegué a estas tierras. Me siento relajado al saber que él sabe mi secreto. Y ansioso por saber más de mi historia pasada—. De todas formas, me estás contando un cuento muy parecido al que sale en la Biblia —le aviso.

—Lo que te he contado hasta ahora sí, pero lo que te voy a narrar a continuación no sale en ningún libro.

El viaje prosigue su curso. La caravana avanza metro a metro hacia un destino que todavía desconozco. Aunque algo me dice que lo sabré muy pronto.

—En ningún escrito averiguarás que el único sacerdote que sobrevivió al duro viaje, y que además era capaz de viajar en cuerpo y alma, fue un joven llamado Aarón.

—¿Te refieres al hermano de Moisés?

—En nuestra historia, y no me refiero a la judía, no nos consta ningún sacerdote llamado Moisés —me aclara Ismael casi en susurros—, pero no se lo digas a nadie.

La leyenda que yo conozco, y que ha pasado por generaciones sin variar un solo detalle, ya te he dicho antes que difiere bastante de la historia que se escribió más tarde.

Me hace señales con la mano para que baje la voz, aunque yo no he dicho ni una palabra.

—Si alguno de mis colegas me oyera contarte esto tendría serios y graves problemas. Así que mantengamos nuestra tertulia en secreto .

Yo asiento.

Bernat mira sin comprender nada. Hace rato que perdió el interés por la conversación, ahora garabatea en su inseparable hoja. Espero que se haya olvidado ya del poema de Machado.

La mirada de Ismael está perdida. Supongo que decenas o cientos de ideas corren ahora por su mente. Para mí es un momento crucial, lo tengo claro, pero sé que para él también lo es. Quizás es la primera vez que cuenta esta historia a alguien.

—¿Yo soy descendiente de Aarón? —quiero saber.

—Así es. Sobrevivió al asedio de Ramsés II y al posterior viaje migratorio —resume Ismael.

Parece que tiene ganas de zanjar este punto—.

Construyó el primer Tabernáculo, un santuario portátil en el que llevaron diversos objetos que para ellos eran de suma importancia.

Fue el primer Sumo Sacerdote y líder religioso.

Y a partir de aquel momento, tan solo sus descendientes continuaron ocupando el cargo de Sumo Sacerdote en Israel.

Además de heredar el don de poder viajar en cuerpo y alma como él había hecho de su padre, y su padre de su abuelo, y así hasta un tiempo que ni el mismo Aarón pudo averiguar.

—¿Y los otros quiénes son? Los ladrones de almas, como tú los llamas —quiero saber.

—También son descendientes de Aarón —indica. Siento cómo busca información en su cultivado cerebro—. En algún momento, no sabemos cuándo exactamente ni por qué, algunos de los primogénitos dejaron de poder viajar en perfecta sintonía con su alma y únicamente pudieron hacerlo ocupando otros cuerpos.

—Los ladrones de almas…

Sería más correcto decir ladrones de mentes, pero esa definición todavía no sería correcta aquí.

—Igual tú puedes averiguar qué provocó ese cambio, si es que eres capaz de viajar tan al pasado.

—Podría. Lo complicado es estar en el lugar y el instante correcto. Si lo averiguo, vuelvo y te lo cuento.

Él asiente satisfecho .

—Aunque te parezca mentira, también son familiares tuyos. Parientes lejanos de un mismo clan que con los años se fue dividiendo en dos facciones, alejándose una de la otra por diferentes motivos.

Noto que la imaginación de Ismael vuela lejos mientras habla. Su mirada se pierde de nuevo.

—En ese linaje, el número doce parece ser muy importante.

Lo miro extrañado. Él no se percata, sigue a su rollo.

—Solo pueden robar doce almas como máximo en un mismo tiempo.

Supongo que una docena de los atacantes de esta mañana eran ladrones de almas, el resto, vulgares mercenarios —explica Ismael.

Me mira un segundo. Creo que quiere comprobar si sigo atento a sus divagaciones—.

Por suerte para nosotros, doce es un número que un par de protectores pueden controlar.

Si pudieran viajar cientos ya habrían conquistado el mundo.

Yo asiento. Es un dato muy importante. Solo doce personas a la vez. Creo que tiene mucha razón en lo que acaba de decir.

—Si tuvieran ejércitos de ladrones de mentes, o de almas como tú dices, serían los amos del mundo sin ningún tipo de duda —ratifico.

—Cada viaje que hacen dura exactamente doce pars minuta prima . ¿Te suena esta medida de tiempo? —quiere saber.

Yo asiento.

—Minutos… En mi tiempo también dividimos el día en veinticuatro horas. Y cada hora en sesenta minutos. Esto no ha cambiado nada desde hace tiempo —informo.

—Ya se usaba en los tiempos de Salomón —informa Ismael, rebuscando en su memoria datos que alguien le contó hace mucho tiempo—. Adaptaron esa medida de los sumerios poco después de que la inventaran.

—Entonces cada salto de ellos dura doce minutos, ¿independiente del tiempo que hayan estado en el pasado?

—Así es. Sus almas vuelven a sus cuerpos originales a los doce minutos de haber poseído el alma ajena. Aunque hayan pasado horas paseando por otros tiempos.

—Qué cosa más extraña —pienso en voz alta .

—Lo vuestro, si no ha cambiado, es distinto.

Me mira. Espera a que le explique algo.

—Yo puedo estar cinco años en el pasado, por ejemplo, y a la hora de volver puedo elegir entre retornar un segundo después de haberme marchado o a cinco años después.

—No ha cambiado nada entonces.

Él ya lo sabía.

—Al contrario que vosotros —prosigue, perdiendo de nuevo la mirada en la lejanía del camino—, adquieren los conocimientos de toda persona que poseen.

—¡¿Qué?! —exclamo totalmente atónito.

—Lo que oyes, amigo mío —asiente Ismael.

—¡Me estás diciendo que si poseen el cuerpo de un médico adquieren los conocimientos del tipo, así, sin esfuerzo!

Ismael me observa.

Asiente.