Capítulo 60
Presente
Edificio Vimley C&S
Barcelona
De las cinco mentes que han vuelto de la batalla, tan solo dos entran en la sala de juntas.
Uno es Jacob, procede de una antigua familia levita que se instaló en el sur de la península Ibérica poco después de la reconquista.
Actualmente es el más veterano de todos los ladrones de almas que se conocen, ninguno ha llegado tan lejos.
El otro tipo es Samuel, enviado de confianza del Sumo Sacerdote de Roma, el más alto cargo dentro de las familias de los levitas.
Ruth y Shira esperan sentadas. El ambiente es tenso. Nadie habla. Las caras son largas. Todos saben que cabe la posibilidad de morir durante un salto, es algo que puede suceder, pero lo de hoy ha sido un hecho inesperado. Han muerto más de la mitad de los que han saltado.
—¿Qué ha pasado? —quiere saber Ruth sin rodeos.
Las dos mujeres tienen el mismo poder, pero Ruth es más impulsiva, incluso agresiva en su comportamiento y en sus comentarios hacia los demás.
En este momento contiene su rabia con esfuerzo.
Hoy tiene a un invitado especial y ha de mantener la compostura.
Samuel ostenta en ese instante toda la confianza del Sumo y habla en su nombre.
Y las dos mujeres saben que todo lo que se diga en esa sala llegará a los oídos del más poderoso de los levitas.
—El extranjero los ha matao a cazi todo durante la batalla con zuz propia manos —responde Jacob antes de sentarse .
—Pensábamos que ese tema estaba liquidado —indica Shira.
— Azí lo creía yo también. Debió de morí . Yo le vi las do fleshá clavá . Lo vi caé der caballo y lo creí muerto —informa Jacob. Sus palabras salen con dificultad de su boca. La pena le duele. La rabia le corroe.
—¿Quién es ese extranjero? —inquiere Samuel. Serio. Expectante.
Las dos mujeres miran a Jacob para que responda.
—No sabemos quién es con certeza —responde Ruth, tras segundos, ante la impasividad de Jacob, ido todavía por el dolor de perder a su hermano pequeño.
—¡No lo entendeí ! —interrumpe Jacob a gritos tapándose la cara con las manos. Su desesperación se huele a kilómetros de distancia. Y su pena y rabia también.
Los tres se giran para mirarlo, atónitos ante la subida de tono.
—Es uno de ellos —aclara Jacob cabizbajo—. Un Zeñó der Tiempo originá.
—No puede ser —susurra Ruth con los ojos abiertos y un repentino miedo en su interior.