Capítulo 59
Le Boulu
Los cadáveres se amontonan en dos carretas distintas.
En una meten a los asaltantes para que la gente del pueblo decida qué hacer con ellos.
Algunos de los fallecidos eran gente de bien, vecinos de toda la vida.
En la otra están los judíos caídos en la batalla.
Estos serán enterrados en algún lugar tranquilo, apartado, aunque no muy lejano de aquí.
Al no disponer de cementerios judíos a mano harán una excepción, pero respetando sus costumbres en la medida de lo posible.
Ayudo a mover el cuerpo del protector caído en la contienda. Lo colocamos en la misma carreta donde yacen los judíos. Supongo que le darán sepultura en el mismo lugar. Miro a su amigo, el otro protector. No habla. Solo me observa.
—Siento la muerte de tu compañero —le digo.
Él se limita a agachar su cabeza levemente.
—¿Dónde están tus otros amigos?
Me mira y sin decir nada da media vuelta y se pierde entre los carromatos.
—Quim, ven conmigo —me dice Ismael—. Él no te va a decir ni una palabra.
Caminamos juntos hasta llegar a su carreta. La mayoría de ellos ya están preparados para partir.
—Sube y siéntate a mi lado —indica señalando a la parte delantera de su carro. Myriam y Bernat ya están sentados en la parte de atrás. Sarah está recogiendo unas cestas de fruta caídas en el suelo. Las limpia con su vestido, todo lo bien que puede, y las coloca dentro del carro .
Me mira. Hay bondad en su mirada. Agarra una manzana, la limpia de nuevo y me la pasa. Yo la acepto con gratitud.
—¡Nos vamos! —grita Ismael. El resto de los emigrantes asiente sin protestar. Se suben a sus carromatos y caballos y esperan a que Ismael inicie la marcha.
Salimos del pueblo dejando un reguero de sangre y pena rodeada de silencio.
Tan solo algunas lágrimas lo rompen. Mujeres y niños, habitantes del pequeño y tranquilo pueblo, lloran la muerte de familiares.
A la mayoría los he matado yo sin saber que eran inocentes.
Esto no me volverá a pasar nunca más. Me gustaría decirles que lo siento mucho, pero no puedo.
No van a entender por qué sus maridos y sus padres se han vuelto majaras y han participado en una batalla que ni les iba ni les venía.
Tendrán que vivir con ello.
Y yo también, por mucho que me pese.
Una hora más tarde la caravana se desvía del camino y asciende hacia una pequeña colina.
Una cuadrilla de varios hombres se encarga de cavar las tumbas de los fallecidos.
Otros reparan, mientras tanto, pequeños desperfectos en las ruedas de los carros, en las telas o simplemente cuidan de los caballos y vigilan a los niños. Todos participan de una forma u otra.
El entierro se oficia según sus tradiciones y los muertos ya descansan bajo tierra. Minutos más tarde proseguimos con el viaje.
Yo no hablo. No quiero comenzar una conversación banal sin sentido. Me muero de ganas por aclarar varios puntos, pero esperaré a que Ismael crea que es el momento oportuno.
Y, para mi sorpresa, el momento adecuado para charlar llega justo en el instante en que lo estoy pensado.
—Quim, vamos a aclarar algunas cosas —me dice. Sus manos sujetan las riendas del caballo y sus ojos están fijos en el camino.
—Cuando quieras, amigo —le contesto.
—¿Eres uno de ellos? —me pregunta, sin rodeos.
—¿Uno de quiénes? —quiero saber.
—¿Eres un levita ladrón de almas? —inquiere .
Levita ladrón de almas, pienso antes de contestar. Ismael ya conocía la existencia de estos tipos.
—No soy como ellos —le respondo.
—Eso me ha quedado claro porque no nos has matado, al contrario —indica sin dejar de mirar al horizonte—. Pero ¿eres uno de ellos?
—No —contesto con rotundidad—. Ni siquiera sabía que existían hasta hace unas horas.
Ismael me mira. Estudia mi rostro.
—A uno de los que he matado lo había visto un par de veces antes, pero con otro cuerpo. La primera vez fue en la plaza del Pi. Era el fraile que estaba junto a tu amigo el frutero.
—Así que aquello fue otro asalto —cavila, casi en un susurro.
—Hasta hoy no me he dado cuenta de que eran la misma persona. Bueno, quiero decir, la misma mente en distintos cuerpos.
—¿Qué es una mente? —pregunta, curioso.
—La mente es algo así como el alma —le digo para que lo entienda. Creo que el concepto de mente que se relaciona con el pensamiento o la emoción humana tardará tiempo en aparecer.
—¿Tú qué eres? —vuelve a preguntar.
—No soy como ellos —respondo de nuevo.
—Si volviera a Ficaris ahora mismo, ¿te encontraría moribundo en casa del médico?
Cavilo mi respuesta como si me fuera la vida en ello.
Noto como Ismael deja de mirar el camino pedregoso y me observa. El sol calienta lo suficiente como para sentir que me sobra la mitad de la ropa que llevo puesta.
Yo asiento con la cabeza.
—Tú no eres un ladrón de almas —indica.
—No.
—Tu viajas con tu cuerpo y con tu alma en perfecta sincronía —añade, sabiendo perfectamente de lo que habla.
Vuelvo a asentir.
—Así es —confirmo .
—Tú eres un Señor del Tiempo.
Ahora soy yo quien lo observa, atónito.
—Eres un Señor del Tiempo… —repite de nuevo con los ojos muy abiertos. No le importa el camino, ni las piedras o agujeros que pueda haber en él. Tan solo me observa.
—No sé de qué me estás hablando —le digo con sinceridad.
—¿De qué época vienes? —me pregunta.
Yo sopeso mi respuesta. No vale la pena mentir.
—Del siglo veintiuno.
La cara de Ismael se contrae en una mueca de sorpresa absoluta.
—¡ Oy vey ! —exclama atónito.
No entiendo lo que ha dicho, pero sí lo que ha querido expresar.
—Explícame por qué dices que soy un Señor del Tiempo.
—¿Cómo puedes ser quien eres y no saber por qué?
Yo me encojo de hombros.
—¿Acaso tus progenitores no te explicaron de dónde proviene tu estirpe? ¿Quién es tu familia? —Sus manos se mueven nerviosas, arriba y abajo, pero sin soltar las riendas de su caballo—. ¿Acaso nunca te has preguntado por qué puedes viajar en el tiempo?
—Ismael, claro que me lo he cuestionado mil veces. ¿Por qué yo? ¿Qué sentido tiene todo esto? Pero no tengo las respuestas. Mis saltos en el tiempo comenzaron tras un accidente en el que casi muero hace unos pocos años. Bueno, en realidad, los médicos dijeron que estuve muerto unos segundos.
Recuerdo aquel día como si fuera ayer.
—Además —añado para contestar a toda su retahíla de preguntas—, en mi tiempo las familias no son como ahora.
Todos vivimos inmersos en un estrés diario que hace que apenas veamos a nuestros padres o abuelos —le explico para ponerlo al día—.
Una vez tuve que hacer un árbol genealógico para la escuela y apenas encontré información de quiénes fueron los padres de mis abuelos.
Ismael me mira sin comprender la mitad de las palabras que he dicho. Sin saber por qué, me he relajado y he comenzado a hablar sin tener en cuenta la época en la que estoy y hay palabras o conceptos que aquí no se entienden todavía.
—Quiero decirte con esto, que, excepto algunas pocas familias burguesas que viven precisamente del favor de su descendencia, al resto nos da un poco igual de dónde procedamos.
Él niega con la cabeza.
Seguramente sea algo incomprensible para ellos no preocuparse de saber quiénes fueron sus ancestros.
—Lo que te voy a contar es algo que sé gracias a que le damos mucha importancia a nuestros orígenes, a nuestra historia y a nuestras costumbres en general —me explica con solemnidad—. Si no fuera por esto, yo no podría desvelarte de dónde viene tu poder. Tu magia. Tu don…