El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 58
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Capítulo 58

Presente

Edificio Vimley C&S

Barcelona

Los gritos resuenan en una sala de las oficinas situadas en la décima planta.

Si no fuera porque está perfectamente aislada, los alaridos se escucharían hasta en la recepción del primer piso.

Las doce cómodas butacas de la estancia están todas ocupadas.

Tal y como solicitó el Sumo, en este viaje querían asegurar al máximo el éxito de la misión y por eso han enviado a doce ladrones de almas.

Pocas veces en la historia de la familia se había hecho.

Doce personas es el número máximo de intelectos que pueden viajar de forma conjunta.

Uno de los hombres convulsiona al tiempo que grita todavía más. A su lado, varios de los tipos que están tumbados comienzan también a rebotar contra sus asientos como si les hubieran aplicado descargas eléctricas.

—¡Isaac! —vocea el más veterano de los doce, antes siquiera de poder levantarse de la butaca—. ¡Isaac! ¡Despierta!

Deja su sillón más rápido de lo que debería y esto hace que caiga al suelo mareado, vomitando a los pies del hombre al que llama. Es joven. El más joven de todos los de la sala.

Isaac no despierta.

A su lado, un hombre vestido con bata blanca niega con la cabeza.

El doctor, un sesentón menudo, calvo y con gafas redondas, es el encargado de vigilar mientras ellos están de viaje.

Hace cinco minutos que ha verificado que Isaac ha muerto durante el salto.

Su corazón dejó de latir justo en el instante en que Quim le clavó una flecha en el pecho.

Su cerebro no pudo aguantar el impacto de morir en un cuerpo poseído y, acto seguido, sufrió un paro cardiaco.

— Pixa , mía que te lo dihe , zal de ahí antes de palmarla.

—Jacob… Ya no podemos hacer nada —le dice el doctor, colocando la mano en su hombro. Intenta consolarle. El fallecido era el hermano pequeño del veterano.

— Eze hijo de puta me las pagará. Voy a buscarlo hasta que lo despellehe con mis manos.

En cuanto recupera el control de sus sentimientos, Jacob, el levita viajero más experimentado de la sala, contempla el panorama.

Doce hombres salieron y solo cinco han vuelto.

Siete de ellos están tumbados en unas cómodas butacas de las que jamás se volverán a levantar por sí solos. Han muerto en la batalla. La gran mayoría, a manos del mismo hombre: el extranjero.

La puerta de la sala de viaje, que así la llaman casi todos, se abre.

Ruth entra y observa el panorama. Ve a Isaac y a otros seis componentes del equipo muertos.

Una ola de rabia la invade por completo, pero aguanta la compostura.

Como siempre hace. Porque para eso la entrenaron desde niña.

Para ser la líder de la familia y ser capaz de tomar las riendas cuando más se necesita.

Su hermana, Shira, también aparece en escena.

Se acerca a Jacob y lo abraza.

Al resto de muertos no los conoce, son los enviados del Sumo, pero a Isaac sí porque es su primo. Era su primo.

—Nos vemos en la sala en quince minutos —dice Ruth a los supervivientes con voz autoritaria.