Capítulo 57
Le Boulu
Reino de Francia
Abro los ojos. Estoy bastante atontado. Mi vista está clavada en un suelo lleno de paja y barro.
Tardo unos segundos en recordar dónde estoy.
No sé cómo he acabado tumbado en el barro y encogido como un ovillo.
Tengo frío. Comienzo a escuchar sonidos lejanos a medida que mi mente despierta.
Son gritos. Parecen voces de pánico mezcladas con terribles alaridos que piden ayuda.
Consigo ponerme de rodillas y noto la humedad clavada en mis huesos.
Creo que he dormido bastante más de cinco minutos.
En cuanto puedo enfocar la visión, compruebo que los gritos provienen de las gentes de la caravana.
Están siendo atacados por una multitud de hombres.
Algunos parecen soldados, otros solo gente normal y corriente.
Un estallido recorre mi espalda. Mi sentido arácnido se activa de nuevo, después de haberse pegado una buena y reparadora cabezadita.
Me levanto de un salto y saco mi espada con bastante más esfuerzo del que me gustaría.
Entre la capa, el mareo de levantarme deprisa, el dolor que todavía tengo del desgarro en el gemelo y el entumecimiento de mis manos, no estoy para muchos trotes, que digamos.
Pero nada te despierta más que el chute de adrenalina que se siente ante el inminente peligro de una batalla. Del acecho de la muerte.
Busco a Ismael con la mirada. Cerca de él estarán su familia y Bernat. Lo veo a unos cuarenta metros de distancia. Está pegado al muro de la iglesia, de pie, espada en mano, y temblando como un pavo el día de antes de Acción de Gracias .
Tardo casi dos minutos en llegar. De camino he tenido que sortear espadazos, piedras y algún que otro puñetazo mal dado.
Mala suerte para ellos, pobres desgraciados.
Ya están criando malvas. Pocos metros antes de llegar hasta Ismael aparecen dos tipos que se encaran con él.
Van a matar. No quieren hacer prisioneros.
No vienen a robar. Tienen la misma estrategia que las dos últimas batallas a las que se ha tenido que enfrentar esta pobre y desgraciada caravana.
Matar o morir, como diría Rambo.
Algunas flechas surcan el cielo. Y eso me acojona bastante, la verdad.
Un flechazo de esos y se acabó. A dormir la mona durante días con el consiguiente peligro de muerte a manos de la loca del pueblo.
Esta vez llevo peto, pero hay muchas partes de mi cuerpo al descubierto.
Ahora echo de menos mi armadura de caballero.
Doy buena cuenta de uno de los asaltantes. Ismael me observa luchar. Llevo la capa y la capucha, creo que no me ha reconocido, aunque la verdad es que me da igual. Sus vidas están por delante de mi secreto.
Intento liquidar al otro atacante, pero no puedo.
Este sabe luchar. Y muy bien. Sus golpes de ataque son precisos, rápidos y con mucha mala idea.
Me alejo de él unos pasos y lo miro atentamente.
Él sonríe. Sabe que soy bueno con la espada, eso se nota.
Lo sientes nada más intercambiar dos espadazos. ¿Y a quién no le gusta una buena pelea?
Ataco con varios golpes precisos. Se defiende muy bien. Ismael nos mira desde detrás de la carreta. Bernat asoma la cabeza entre las telas. Está asustado.
Quim, concéntrate. Este tipo te puede matar.
Desvío sus golpes. El terreno está embarrado y eso es malo para los dos, aunque un poco peor para mí que no estoy acostumbrado a luchar con estos inconvenientes.
Tras varios golpes más, noto como comienza a desfallecer.
Ahora se defiende más que ataca. Está cansado.
Cambia la espada de mano. Es mi momento.
Ataco con todo, golpes seguidos y cabales y, cuando lo veo casi vencido, cambio de tercio y doy media vuelta.
Le suelto una patada en la cara que no se espera.
¿ Quién coño suelta patadas de esta manera?
Pues yo. Cinturón negro no sé cuántos dan de casi todo lo que he podido aprender.
Cae al suelo casi sin sentido. Aprovecho para clavarle la espada en el cuello. Este ya no se levanta de aquí.
Una flecha acaba de pasar por delante de mi cara y se ha clavado en la carreta de Ismael a tan solo un palmo de la cabeza de Bernat que me observa atento. Nuestras miradas se cruzan y veo como abre los ojos de la sorpresa.
Me ha reconocido.
Ismael también.
Les guiño un ojo y me dirijo al cobarde lanza flechas. Mientras camino hacia él pienso por qué les he guiñado el ojo, y la verdad es que no tengo ni idea. Supongo que queda muy de película de aventuras. No creo que me hayan entendido porque eso de guiñar un ojo debe de ser algo bastante moderno.
El cabronazo de las flechas tiene una ballesta.
No tiene pinta de guerrero, parece más bien el panadero del pueblo.
Creo que lleva hasta una especie de delantal repleto de harina.
Veo que está recargando. Esquivo el ataque de un tipo que se ha colado en mi camino y le rebano el pescuezo con su propio cuchillo.
Aprovecho su arma y se la lanzo al de las flechas.
La daga oxidada se clava en el brazo derecho, justo el que estaba agarrando la saeta.
Grita como un puerco en día de matanza. Aprovecho su confusión para recoger la flecha del suelo.
Compruebo que la punta está pegajosa. Este cerdo cobarde es el del veneno.
Agarro la flecha con fuerza y se la clavo en el pecho sin darle tiempo ni a despedirse del mundo.
No va a morir por el veneno, lo hará porque le acabo de agujerear el corazón.
Alguien a mi espalda grita.
— Pixa , zal del cuerpo. Zal ya antes de palmarla.
No puedo creerlo.
Me giro en redondo y lo veo.
Es un tío grande. Lleva la ropa manchada de sangre. Este tampoco tiene pinta de soldado, quizá de herrero. Me observa. Lo contemplo. Y ahí está esa mirada esquizofrénica de nuevo. Y los dos sabemos en ese instante quién es quién .
Sonríe como solo los psicópatas saben hacer.
Aparto de un espadazo mortal, casi sin mirar, a un pobre desgraciado que se ha cruzado en mi camino.
—Ya era hora de verno como Dió manda —me dice.
El acento es inconfundible.
Su mirada lo es todavía más.
—Te pude matar en la iglesia hace un par de días, pero te perdoné la vida —le suelto muy tranquilo. Midiendo cada palabra para que penetre en su mente—. La próxima vez que uses el cuerpo de un policía, asegúrate de que no sea zurdo.
Sus ojos se abren hasta más no poder.
Su cara de sorpresa es impagable.
Mi idea era confundirlo y, por su mirada, diría que lo he conseguido.
Se abalanza con todas sus fuerzas y lo esquivo sin problema. Sin que se percate, le hago un pequeño corte que dejará inservible su brazo izquierdo.
No sabe luchar demasiado bien. No es un guerrero.
Por suerte para él es diestro. Y eso le dará una oportunidad. Aun así, hay que ir con cautela. No quiero cagarla. Si es quien creo que es, seguro que es alguien importante dentro de su clan, o lo que sea que son.
Le lanzo dos ataques seguidos para comprobar su defensa.
Es buena. Concisa. Enérgica y segura. Mucho mejor que su ataque.
Ese cuerpo que ha poseído es fuerte. Sus brazos son anchos como mis piernas.
Eso ayuda a su falta de destreza en la lucha.
Retrocedo unos pasos para tomar impulso justo cuando alguien le ataca por la espalda.
Él se defiende bien, pero la herida en su brazo le pesa.
Un tipo acude en su ayuda y le quita de encima a su oponente.
Se da la vuelta y me observa. Hay miedo en su mirada.
En el tiempo que él ha estado jugando a las espadas con el otro tipo yo he recogido la ballesta y la he cargado con una de las flechas envenenadas.
No le doy tiempo ni a suspirar. Disparo y la flecha se clava en su pecho.
Cae al suelo y clava las rodillas en el barro.
Me acerco para rematarlo .
Su espada descansa en el suelo.
No intenta sacar la flecha de su pecho, tan solo me mira.
— Vorveremo a verno y te mataré. Acabaré contigo y con todos los que te importen de verdá —dicho esto, su cuerpo cae inerte en el barro.
A los pocos segundos, varios de los asaltantes caen de la misma manera. Creo que acaban de liberar los cuerpos y los cerebros de esos pobres desgraciados. Un atisbo de pena me asalta al comprender que he matado a gente inocente que tan solo había sido poseída por estos cabrones.
El resto de los atacantes, al ver lo sucedido, comienzan a huir sin mirar atrás.
Eso me indica que no todos estaban poseídos.
No puedo saber cuántos de ellos había, mínimo cinco que han caído a la vez, más el tipo al que le he clavado la flecha.
A este lo voy a llamar el gaditano. Y seguramente habrá alguno más que haya muerto en la batalla.
El resto que ha huido deben de ser mercenarios contratados para hacer bulto en la ofensiva.
Observo a mi alrededor.
Veo a uno de los protectores tirado en el suelo.
Una flecha asoma de su cabeza. Mal sitio para tener un palo clavado.
El otro está apoyado en la carreta que siempre protegen, mirando a su compañero.
Respira con dificultad. A su alrededor hay varios cuerpos desmadejados.
Ya puede estar cansado, ya. Ni rastro de los otros tres guardianes.
El terreno está enfangado, huele a ciénaga, vísceras y sangre. Es asqueroso. La gente que ha sobrevivido vuelve a sus carretas para comprobar los daños. Algunos lloran desconsolados mientras sujetan los cuerpos de sus familiares. Otros solo observan en silencio.
—Gracias por salvarnos la vida de nuevo.
La voz de Ismael suena a mi espalda. Me giro.
La capa me pesa demasiado. Está empapada en sangre, barro y otras sustancias que huelen fatal. La tela apesta a alfombra mojada y me asquea. Ya no la necesito. Me la quito y la tiro al suelo. Guardo mi espada justo un segundo antes de que Bernat llegue hasta mí y se abrace a mi pierna .
—¡Señor Quim! —grita, loco de contento.
—Me alegro de verte, amigo mío. No sabes lo feliz que estoy de comprobar que estás bien —le digo con sinceridad.
Ismael me observa.
Sabe que hablo con el corazón.
—Ismael —le digo, a modo de saludo.
—Quim —contesta él, serio.
Myriam y su madre se unen. Sarah me abraza y me susurra lo mucho que se alegra de verme vivo. Myriam sonríe.
—Me alegro mucho de que estéis todos bien. No sabía si alguno de vosotros había muerto en el ataque de Ficaris.
—No te voy a preguntar cómo estás aquí, vivo, sano y salvo. No me importa. —Myriam habla de corazón—. Solo sé que te agradezco mucho que nos hayas vuelto a salvar la vida. Eres un ángel. El resto no cuenta, ¿verdad, Ismael? —indaga juiciosa, mirándolo fijamente.
—Verdad absoluta —confirma él sin dudarlo—. Has demostrado ser un hombre de completa confianza. Sin ti ya hubiéramos muerto varias veces.
Abraza a su mujer y a su hija. Las besa.
Bernat sigue agarrado a mi pierna.
—Creo que tenemos asuntos que contarnos —añade Ismael, sin dejar de mirarme—. Ha llegado la hora de hablar.