Capítulo 56
En algún lugar de Francia
Estoy cansado y hambriento. Llevamos casi doce horas de viaje sin apenas descansar.
El paso de la caravana ha sido rápido, imparable, al contrario que los trayectos que hice con ellos durante días anteriores.
Supongo que saben que han de poner kilómetros de por medio y por eso han decidido viajar de noche, cuando los niños y los ancianos duermen en sus carretas.
Hoy que debo ir caminando han decidido viajar rápido y de noche. Mala suerte la mía.
Veo como algunos de los carros se detienen ante una pequeña muralla.
No sé qué pueblo será este. Lo que sí tengo claro es que estamos en territorio francés.
Se nota por el cambio de estilo en el tipo de construcciones.
Hemos pasado por el poblado de La Junquera.
No estoy seguro de que se llame así en esta época y no lo he podido preguntar porque estaban todos durmiendo, aun así, estoy casi seguro de que es ese pueblo porque ya lo había visitado antes, en la época romana cuando se llamaba Iuncaria.
Me adelanto ocultándome entre los últimos árboles del camino.
Yo también quiero entrar al pueblo, comer y beber si es posible.
No aguantaré mucho más a este ritmo si no me alimento.
De camino al pueblo, entre arbustos resecos y una hoguera agonizante, me topo con dos tipos que están fritos.
Deben de estar durmiendo la mona porque acabo de pisar a uno de ellos y ni se ha enterado.
Aprovecho la ocasión que me brinda el destino y agarro una capa andrajosa que servía de manta al que parece más limpio de los dos.
Para mi sorpresa es una capa de buena calidad, tipo poncho, con capucha ancha incluida, que me cubrirá hasta los tobillos.
Ocultará la ropa y las armas. Me irá de perlas para pasar desapercibido. Seguro que la ha robado.
Quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón. A ver si es verdad y me cae algo de buena suerte.
Llego hasta la cabeza de la caravana justo cuando entran al pueblo. Hay dos personas vigilando la entrada. Además de la expedición, decenas de comerciantes, gente de paso y otras especies entran en la villa. Yo me uno a ellos sin despertar sospechas.
A unos pocos metros delante de mí veo a Ismael llevando las riendas de su carreta.
Está cansado. Se lo noto en la cara. El grupo se desvía hacia la izquierda y se apartan del camino para estacionar detrás de una iglesia de corte románico.
Me alejo de ellos con disimulo. No debo olvidarme de los protectores, que seguro vigilan en todo momento. Me gusta el nuevo apodo.
Camino por una calle estrecha y transitada en busca de alguna posada para comer, que no tardo en encontrar.
A esta hora hay poca gente en su interior.
Huele bastante peor que ca la Joana. Nada más entrar el tabernero me mira de reojo.
Es el hombre con el bigote más grande que he visto jamás en mi vida.
Y eso que he vivido bastantes aventuras en la época victoriana, donde el mostacho era considerado un símbolo de madurez y virilidad.
Bueno, eso también sucedió en la década de los setenta, ahora que pienso.
Me acerco a la barra y le digo que quiero comer. Y una jarra de vino también que, por supuesto, no me voy a beber. Pero hay que disimular. Me siento en una mesa libre y espero. El olor que sale de un cuarto que parece ser la cocina no es tan malo como parecía en un principio.
Nada más traerme el plato, un cocido de verduras variadas, le hinco el diente. Está muy bueno. Realmente sabroso. Mojo un trozo de pan y mastico como si no hubiera un mañana. Estoy canino.
En la posada comienza a entrar gente que viaja en la caravana.
Los reconozco de haberlos visto antes. Se sientan a mi lado.
Y cuando digo a mi lado quiero decir en la misma mesa.
Aquí no sirve eso de mesa ocupada, va por asientos libres.
Por suerte, en este rincón las sombras me protegen.
La capa y la capucha también hacen su función. O eso espero
Tras un par de hombres, aparecen dos de los protectores. Observan el local. Estudian a los presentes. Bajo la mirada y sigo comiendo, despacio, pasando desapercibido. Veo que caminan hacia la parte opuesta del local.
Acabo rápido mi cocido y me acerco a la barra para pagar. Intento no apoyarme porque de la mierda que tiene me puedo quedar aquí pegado dos o tres días.
—Descansaremos junto a iglesia de Sainte-Marie —dice uno de los tipos que tengo justo al lado y que también viaja en el grupo de Ismael.
Pongo la oreja porque creo que esto me interesa. Hablan en catalán. No se fijan en mí. Supongo que están tranquilos pensando que no los voy a entender.
—Antes del mediodía nos pondremos en marcha. Hay que comprar provisiones en cuanto salgamos de aquí.
—¿Sabes destino?
—Aussinhac. O algo parecido. No lo he entendido muy bien. Solo sé que llegaremos al anochecer.
Salgo a la calle y camino sin levantar la cara del suelo.
Paso frente a la iglesia y veo las carretas aparcadas.
Hay movimiento de gente que va y viene, cargando comida y recipientes con agua.
Los niños no corretean ni juegan, están agrupados junto al muro, protegidos tras las carretas.
El ambiente es tenso. Normal. Demasiados ataques en poco tiempo.
Giro a la derecha y me voy hasta el final de la plaza.
Me siento en un rincón.
Hay varios hombres a mi alrededor, tirados en el suelo. Algunos pidiendo, otros, simplemente, muriendo. Me aseguro de que la capucha tape mi rostro y clavo la mirada con disimulo en la caravana para estudiar cada uno de sus movimientos.
Ya sé la próxima parada: Aussinhac. Ni puta idea de dónde está ese pueblo. Intento hacer memoria, pero no me viene nada. Los seguiré de nuevo hasta conocer el destino final. Una vez sepa dónde van a descansar los objetos, ya decidiré cuándo ir a buscarlos.
Tan solo han pasado cinco minutos desde que me he sentado, cuando el sueño comienza a llegar.
Demasiadas horas de duro camino. No es que sea un triatleta, la verdad.
Y después de un buen cocido nadie puede negarse a una buena siesta.
Cierro los ojos y pienso que solo serán cinco minutos.
Hay tiempo hasta que reanuden el viaje. Solo cinco minutitos de nada.