El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 55
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Capítulo 55

Ficaris

Hace rato que he dejado atrás a los cinco individuos.

Durante el tiempo que llevo caminando mi cabeza no ha dejado de darle vueltas al tema.

Solo se me ocurre la loca idea de que esa gente haya sido poseída y cuyo único objetivo haya sido matarme a mí y a todos los guardianes posibles.

Aunque uno de ellos los ha llamado protectores.

«… zolo hemo podio acabá con uno de los protectore» .

« Y con el extranjero... A ese le he clavado dos flechas por lo menos. Te digo yo que ese tío ya no lo cuenta».

Yo soy el extranjero, sin duda. Las dos flechas que me sacaron así lo confirman.

Y a los que yo llamo guardianes, ellos les dicen protectores.

Que la verdad es que me parece un nombre genial, quizá hasta más acertado que guardianes.

No hay otra explicación. Por más vueltas que le doy no encuentro otra aclaración.

¿Pueden viajar en el tiempo como yo?

No. Porque si no sería siempre la misma persona. Y lo que yo he visto ha sido a tres tipos, en distintos lugares y épocas, poseídos por una misma mente.

No tengo ni idea de lo que digo.

Esto es una locura.

¿Y viajar en el tiempo no lo es?

Deberías esperar lo inesperado, tontorrón. Susurra en mi imaginación mi tía Rosa, que siempre sabe lo que dice.

Recorro los últimos metros de campo y salgo a un claro despejado en el que puedo ver las murallas de la ciudad. Un grupo de gente está reunida cerca de la puerta de la entrada. Me detengo y me desvío hasta esconderme tras uno de los árboles que bordean el camino que va hacia el tumulto.

Noto una punzada de dolor en mi cabeza. Es un dolor que reconozco al instante.

El efecto Imán comienza. Miro con detenimiento al variopinto grupo reunido a unos cincuenta metros de distancia y creo reconocer a Ismael.

Suspiro aliviado al comprobar que sigue vivo.

Bernat aparece en escena, agarrado a la falta de Sarah.

Myriam está a su lado. Sarah lo aúpa y lo coge en brazos.

Una ola de felicidad y calma a partes iguales me invade. Están vivos. Bernat está vivo.

Las carretas que forman parte de la caravana están desperdigadas por el camino.

Hombres y mujeres van y vienen. Entre ellos distingo a dos de los guardianes de pie, inmóviles ante uno de los carros.

No consigo localizar a los otros tres. ¿Habrán muerto en el ataque?

Es posible. Contemplo en la distancia como algunos hombres apartan diversos cuerpos sin vida del campo de batalla.

No soy capaz de identificar quiénes son los muertos.

Me gustaría acercarme más, pero no puedo.

Lo intento, paso a paso, pero el dolor que siento en el interior de mi cabeza es cada vez peor. Esta distancia es el límite para no sufrir un derrame o algo parecido por el dichoso efecto.

Tras unos diez minutos de espera, observo como dos tipos se llevan mi cuerpo inerte al interior de la ciudad.

El dolor de cabeza disminuye de forma proporcional a la distancia que me alejo de mí mismo.

Ismael ha hablado con el mismo hombre que me estaba examinando.

Debe de ser el médico. El marido de la loca aquella.

Un repelús recorre mi cuerpo al recordarla.

Tras unos minutos debatiendo, el hombre se marcha en la misma dirección por la que se ha perdido mi cuerpo.

Allá voy, a su casa. A sufrir con su delirante esposa.

Ismael se reúne junto a los dos guardianes, bueno, protectores, que me gusta más, y habla con ellos. Mientras tanto, Bernat sube a la parte trasera del carro junto a Myriam. Sarah se coloca en la parte delantera y agarra las riendas de los caballos .

Me acerco un poco más. Necesito saber qué van a hacer.

Voy de árbol en árbol, ocultándome tras ellos.

Para este tipo de incursiones tendría que empezar a viajar caracterizado de otra persona.

No sé, barba, bigote, peluca, sombrero… algo que me permita estar entre gente que ya me conoce y pasar desapercibido.

Podría ser el Mortadelo de los viajes en el tiempo.

Ahora mismo me iría de perlas. Tomo nota.

Ismael acaba de debatir con los protectores y se sube a su carro. Los hombres armados hacen lo propio en sus caballos y la caravana prosigue su viaje como si nada hubiera sucedido.

Qué extraño, pensaba que iban a hacer noche en Ficaris, protegidos tras sus murallas.

A pesar de que son casi las nueve de la tarde y ya es noche cerrada, la caravana marcha hacia el norte. Ismael debe de pensar que no le van a atacar dos veces seguidas. Mucho me temo que se equivoca. Esta gente no va a tirar la toalla hasta que consigan su propósito o mueran en el intento.

Yo espero agazapado, paciente.

Las dos últimas carretas, las que están vigiladas por los dos protectores, se pierden por el camino abrazadas por la oscuridad.

Mucho me temo que los otros tres hayan muerto.

Entre ellos Gerard de Monteagudo, el portador de la espada templaria.

Un atisbo de pena aflora en mi interior. Me caía bien ese tipo.

Dejo el espacio suficiente y comienzo a caminar tras la estela de polvo que deja la procesión. No me queda otra opción que ir tras ellos a pie. No tengo tiempo de conseguir un caballo. No puedo perder de vista los objetos.

Atrás dejo la muralla de Ficaris mientras me alejo recorriendo el sendero de tierra que llevará a la caravana hasta su próximo destino. O eso espero.

Los árboles cada vez son más numerosos, así como la negra oscuridad que se abre paso a medida que el camino se introduce en el bosque.

El olor a humedad y a hierba mojada invaden el ambiente.

El helor del anochecer se abre paso con su brisa imparable y me avisa de que debo abrigarme.

Por suerte, esta vez he venido preparado.

La ropa que llevo será suficiente para pasar la noche a la intemperie.

Apenas veo por dónde voy.

Tan solo avanzo, paso a paso, dejando la distancia necesaria para no ser descubierto. Para esto, clavo mi mirada en una pequeña luz que oscila monótona, como un péndulo imparable que proviene de la antorcha situada en la parte trasera de la carreta que cierra la caravana.