Capítulo 54
Ficaris
Mi cuerpo vuelve a pesar. Noto cómo mis pies se hunden un poco en el terreno.
Abro los ojos y miro a mi alrededor. Hay menos luz.
Está a punto de anochecer. Estoy rodeado de hierba alta y terreno embarrado.
Me pongo en pie y oteo el horizonte. Los tejados de la moderna Figueras han desaparecido para dejar paso a columnas de humo que surgen de las chimeneas de la Ficaris actual.
Camino hacia el este. Calculo que en estos momentos ya se debe de haber producido el ataque, o casi, y yo estaré desmayado. Espero que ese hecho ayude a que el efecto Imán sea más llevadero. No lo tengo claro, pero siempre hay una primera vez para probarlo todo.
Llego a la cima de una pequeña colina y puedo ver las murallas de la ciudad a lo lejos.
Algo se mueve entre la creciente oscuridad que proporcionan los cerros.
Parecen varios hombres. Corren hacia mi posición como si les persiguiera el demonio.
Supongo que estarán huyendo del ataque. No quiero que me vean.
No es por miedo, simplemente es que igual han visto caer al otro Quim y me creen muerto por el asalto.
No me pueden ver aquí, vivito, coleando y sin heridas.
Creerían que soy hijo del diablo, como poco.
Son cinco hombres. Me acerco un poco más.
Veo que son cuatro adultos y un chaval que no llegará a los veinte.
Se esconden entre la maleza. Están hablando.
Yo sigo agazapado y me acerco lo máximo posible.
Hablan demasiado alto. Así no vais a pasar desapercibidos, pedazo de inútiles.
Como alguno de los atacantes esté cerca, se los carga, seguro .
Llego reptando hasta un pequeño arbusto que me sirve de parapeto. Me estiro en el suelo y las hierbas que me rodean casi me cubren por completo. Aquí no me van a ver a pesar de que los tengo a menos de diez metros.
Están cansados. Respiran con mucha dificultad. Sobre todo, uno de ellos, el que lleva un delantal típico de los carniceros de la época que tiene más mierda que la jaula de un mono.
El chaval joven está hablando, pero no entiendo lo que dice. Aun así, un escalofrío me atraviesa sin saber por qué. Pongo atención a sus palabras.
—… zolo hemo podio acabá con uno de los protectore .
Mis oídos no dan crédito a lo que acabo de escuchar.
Observo con más atención.
—Y con el extranjero.
El que habla ahora tiene pinta de ser herrero.
—A ese le he clavado dos flechas por lo menos. Te digo yo que ese tío ya no lo cuenta.
Mi cabeza todavía no ha acabado de unir los cabos suficientes como para entender algo, cuando el chaval le contesta.
— Zí , coño, pero ezo no era lo que habíamo planeao. Los teníamo que habé matao a todos. No vamo a tené otra oportunidad como esta, joé . A partí dahora, ezoz cabrone estarán en guardia.
No es posible.
Busco su mirada entre la maleza. Esa forma de hablar, de gesticular, de moverse… Ese cabrón es el policía de la iglesia. No me preguntes cómo, pero lo sé. No es la misma persona, este es un chaval que parece de esta época, de este pueblo, pero es él.
Uno de ellos grita palabras que no entiendo.
Parece ser que al carnicero le pasa algo.
Está tumbado en el suelo con las manos en el pecho.
Todos ríen a su alrededor. Esto parece un aquelarre de histéricos que han esnifado demasiada cola.
Gritan y se ríen como hienas, incluso el carnicero, que además tose como si le fueran a salir los pulmones por la boca.
— Vuerve ante de que la palme o te quedará lelo pal resto de tu vida.
Acaba de hablar el chaval. Es el más joven, pero parece que es el que lleva la batuta. Al igual que en la iglesia. El más joven era el de más experiencia, cosa que dijo él mismo.
— Vorvamos todo que aquí ya no hasemo ná .
¿Volver? ¿Adónde coño vais a volver?
Sin saber cómo y delante de mis narices, los cuerpos de los cuatro hombres que estaban sentados caen inertes y quedan tumbados entre la hierba.
Estoy muy confuso.
Me acerco a ellos.
No me importa que me vean.
Aquí hay algo que debo averiguar cuanto antes.
Al llegar compruebo que cuatro de los hombres parecen dormidos.
Respiran con normalidad. No se mueven. Al acercarme al carnicero, lo veo convulsionar con violencia.
Abre los ojos y me mira. Le duele. Sus manos se cierran como garras.
Tiene la boca llena de sangre. Tose con fuerza y una espuma blanca aparece por la boca.
Los ojos están rojos de sangre. Segundos después, se cierran y cesan los espasmos y las toses. Ha muerto.
A su lado, el chaval más joven se despierta. Su mirada está perdida. Observa a su alrededor y no comprende.
—¿Dónde estoy? —pregunta. Habla en catalán como casi todos los de la zona en esta época.
—¿Qué ha pasado? —quiere saber otro de ellos. Es el herrero, que se acaba de despertar. Intenta ponerse en pie. No lo consigue. Cae al suelo mareado.
—¿Qué es lo último que recuerdas? —pregunto al chaval. Parece más despierto que el herrero, que se ha quedado tumbado y mirando a la hierba como si fuera la primera vez que la ve.
—Estaba en la plaza del pueblo —contesta el chaval. Mira a su alrededor de nuevo y ve a sus acompañantes, incluido el carnicero. No creo que se dé cuenta de que ha muerto, todavía está muy despistado—. Estábamos todos en la plazoleta… Recogiendo las paradas del mercado
Dicho esto, el chaval se deja caer sobre la hierba y se queda mirando a un cielo cada vez más oscuro. Parecen drogadictos recién colocados. El mundo está ante sus ojos, pero no lo saben ver. Tiene pinta de que va a tardar tiempo en recuperarse.
Igual que le pasó a fray Tomás y al judío.
Lo mismo que les sucedió a los Mossos en la iglesia.
Una idea pasa ante mi mente, pero ni siquiera puedo tomarla como una posibilidad remota.
Pero la sospecha vuelve, y vuelve y planea como un águila en busca de su presa.
El instinto arácnido se activa de nuevo y me explota en la cabeza dejándome sin excusas válidas.
Por muy loco que me parezca, esa posibilidad es la más factible.
La que daría una explicación razonable, al menos en mi loco mundo, a todo lo que acabo de vivir.
Y a lo que viví el otro día en la iglesia. Y antes en la plaza del Pi.
Me siento en la hierba, junto a ellos. Los miro y no doy crédito a la conclusión a la que he llegado. El chaval joven sigue babeando, mirando a un cielo cada vez más estrellado. El herrero acaricia las briznas de hierba con su mano. Los otros dos todavía duermen.
No me preguntes cómo, pero en el fondo de mi mente sé que este chaval, el policía más joven de la iglesia y fray Tomás, han sido poseídos por la misma persona.