Capítulo 53
Figueras
Sobrevolamos una zona montañosa situada al oeste de Figueras y aterrizamos en un claro de hierba que parece bastante desierto.
Debemos ir rápido. No quiero llamar la atención de nadie.
Miro a Peter, mi piloto de confianza, y espero sus órdenes.
A pesar de que yo soy el que paga, él es el que sabe de esto. Y donde hay patrón no manda marinero.
—Ya puedes salir —me dice a través del intercomunicador con su marcado acento inglés—. Me quedaré en el aeroclub de Empuriabrava hasta que me necesites.
—Nos vemos en un rato, aunque no sé dónde —respondo antes de salir del helicóptero—. Te llamo y ya vemos.
El piloto asiente.
La bolsa la dejo dentro. Toda la ropa que llevaba en el interior ya me la he puesto mientras veníamos hacia aquí. Tan solo llevo conmigo el petate.
En cuanto me alejo unos metros, el aparato levanta el vuelo y se dirige hacia el este.
Observo a mi alrededor y compruebo que no hay nadie mirando.
Hace calor, el aire es limpio, huele a montaña, a bosque.
Me escondo entre el primer grupo de árboles que encuentro para poder acabar de equiparme con algo de intimidad.
No es que me dé vergüenza que algún caminante perdido me vea, es que no dudo de que llamaría a la policía si ve que me ciño una espada enorme en la cintura.
Ahora mismo no quiero sorpresas.
Saco del petate el material y lo coloco sobre la hierba reseca.
Hace mucho que no llueve y se nota allá donde mires.
Ya me he puesto durante el vuelo, primero, las prendas interiores.
La comodidad es básica. Después me he colocado el peto de malla para que no me claven más flechas en el torso y, de paso, protegerme de posibles espadazos.
Me he vestido con la misma ropa que llevaba el último día que estuve aquí.
Los pantalones, aunque idénticos, sí que son nuevos.
Los otros quedaron destrozados al haber sido arrastrado por la loca de la mujer del médico, a través de medio pueblo, y el mordisco del lobo. Todavía me duele al recordarlo.
Me coloco el cinto con una daga y la bolsa de dinero que quedará a la vista.
La otra bolsa y la segunda daga, como siempre, bien escondidas.
Para acabar, me pongo otro cinturón con el arma principal.
Mi espada. Una maravilla templada por uno de los mejores herreros de Toledo.
Si bien es verdad que no me la hará hasta dentro de siglo y medio, nadie se dará cuenta.
Con ella me siento invencible. Aunque prefiero las catanas, pero aquí, en este tiempo y lugar, no procede. Llamaría demasiado la atención.
Una vez he acabado de equiparme, pliego el petate hasta hacerlo lo más pequeño posible y lo escondo entre las ramas del mismo árbol.
Al ser de camuflaje queda bastante mimetizado a ojos de cualquier persona que pase por aquí.
Y si alguien lo ve y se lo lleva, pues mejor para él.
No tengo claro que el salto de vuelta sea aquí mismo.
Todo depende del destino. Y el destino es caprichoso e inesperado.
Me doy un último repaso.
Lo llevo todo.
Miro hacia el este y veo a lo lejos la actual Figueras.
Queda a unos dos kilómetros de distancia.
Me concentro en la fecha a la que quiero ir: 15 de junio del año 1391, más o menos un par de horas antes de que caiga el sol.
Me separo de los árboles y me planto sobre la zona más despejada.
Coloco con una rodilla en el suelo, en parte para pasar más desapercibido, en parte porque en esta posición me mareo menos al llegar.
Respiro lentamente. Me relajo hasta que me invade la luz brillante y dejo de sentir el peso de mi cuerpo.