Capítulo 52
Presente
Tienda de Quim
Abro los ojos y compruebo que el día despertó bastante antes que yo.
Tengo la boca pastosa y el cuerpo apelmazado.
Pasé seis horas en el hospital junto a Lucía.
No me separé de ella hasta que Mireia, mi amiga enfermera, me echó de la clínica poco después de la medianoche.
Lucía todavía dormía. No se despertó en ningún momento.
Mireia me dijo que allí no hacía nada y que yo necesitaba descansar tanto como la paciente si no quería acabar también postrado en una cama.
David le hizo varias pruebas para comprobar si había sufrido daños en el cerebro.
Y otras cosas más que no entendí del todo.
Los resultados fueron bastante claros: todo estaba bien.
Pero Lucía seguía dormida. La única conclusión posible es que había sufrido un shock severo y su cuerpo, simplemente, había desconectado. Necesitaba dormir.
David decidió dejarla en observación hasta nuevo aviso. Y, tal y como me ordenó la sargento enfermera, me vine para casa. No ayudaba en nada que yo estuviera medio catatónico junto a su cama.
Llegué a mi casa pasadas las dos de la mañana.
Estaba tan cansado que ni me duché, pero la preocupación no me dejaba dormir.
Opté por tomarme media pastilla de las que me recetaron una vez que tuve unos dolores de espalda del carajo y me quedé frito a los pocos minutos.
Menos mal, porque si no, no hubiera dormido nada y la verdad es que necesitaba descansar .
Miro mi reloj y compruebo con sorpresa que son casi las doce del mediodía. Estas horas de sueño me van a sentar a gloria bendita. Miro los mensajes del móvil y leo los tres que me ha enviado David:
«08:00 h. Lucía sigue igual. Todo bien».
«10:00 h. Sin cambios. Estable y normal. Duerme».
«11:30h. Se ha despertado. Ha preguntado por ti. Sus constantes son buenas. Le daré el alta esta noche si todo sigue igual».
Marco el número de Lucía nada más leer el último mensaje.
—¿Quim? —contesta con una voz apagada.
—Hola, Lucía. ¿Cómo te encuentras?
—Estoy muy cansada. ¿Qué pasó, Quim? No recuerdo nada.
—No lo sabemos —miento—. Te desmayaste en la pizzería.
—¿Dónde estoy? —quiere saber.
—Estás en la consulta de un amigo. Decidí llevarte allí porque en la pública nos hubiéramos comido tropecientas horas de espera.
No contesta.
Creo que no debe de entender por qué está en una consulta privada. En esta en concreto.
—Mi amigo David dirige esa consulta y siempre que voy me trata muy bien y sin esperas. Además, nuestra mutua lo cubre todo, no te preocupes.
—Ah… Genial —contesta sin mucho entusiasmo.
Los dos tenemos la misma mutua privada. Lo sé porque yo me apunté después de que ella me la aconsejara.
—Me están atendiendo muy bien, la verdad.
—¿No recuerdas qué te pasó? —indago con cautela.
—No recuerdo nada después del… bueno, ya sabes… después de que nos besáramos —acaba por decir.
—Es que yo, cuando beso, beso de verdad —intento disimular mis nervios con bromas, como siempre.
—Ya. Seguro …
Bueno, al menos recuerda el beso. Menos mal, porque si no me podría tirar otra vida sin atreverme a dar el primer paso. Un cosquilleo me recorre al recordar ese momento. Fue tan intenso que nos hizo saltar a los dos. ¡Qué pasada!
—Me ha dicho el doctor que esta noche ya podrás dormir en casa si todo sigue igual y tú te encuentras bien.
—Sí, eso me ha comentado hace un rato.
—Me alegro. Me ha pedido que no vaya hasta la tarde, que te deje descansar —miento. Necesito horas para mí—. Así que tú relájate el resto del día. Yo estaré allí antes de que salgas.
—Gracias —contesta con voz apagada. Está cansada.
—Tengo ganas de verte —acierto a decir. Quizá es por el efecto sedante de la pastilla que todavía dura y me libera de la timidez. Bendita sea.
—Y yo. Hasta luego.
Me preparo un café bien cargado para estimular a mi maltrecho y cada vez más anciano cerebro. Necesito poner en orden los pensamientos que me taladran, las sensaciones que me persiguen y las acciones que debo tomar.
Me siento en la pequeña mesa que tengo en la escueta cocina de mi casa. Aquí solo entro para hacerme el café y sacar cervezas de la nevera. Casi todo lo que como lo pido a restaurantes para que me lo traigan a casa, si no es que me lo como allí mismo. Hay que mover la rueda de la economía.
Sobre la mesa tengo una libreta y un lápiz. La hoja blanca cuadriculada me observa paciente, ajena al tiempo. Cojo el lápiz y escribo.
“Bernat.”
“Ismael y los objetos de la cripta.”
En la siguiente línea y tras unos segundos de reflexión, escribo algunas palabras más:
“Falsos policías.”
“Fray Tomás.”
“Desmayos y mirada de loco.”
“Lucía.”
Observo las seis palabras. Son, sin duda, mis principales preocupaciones en estos momentos .
Doy otro sorbo a mi café.
Dibujo una línea que une el tercer, cuarto y quinto vocablo. Si algo tengo claro es que el fraile y el policía están relacionados de alguna manera. Pero no sé ni cómo ni por qué.
He de ordenar prioridades.
No tengo ni idea de cómo averiguar más de estos dos personajes. No puedo volver a los momentos concretos de sus desmayos porque yo estaba allí y el efecto Imán me machacaría los sesos. No es necesario correr ese peligro. Ni sufrir el daño, porque debo decirte que duele. Y mucho.
Lucía está en buenas manos. Por eso la pongo en el último lugar. Ya averiguaré si el salto al pasado le ha podido afectar, aunque según todas las pruebas parece ser que no.
Lo primero que voy a hacer es volver al momento del ataque para ver, aunque sea desde lejos, que sucedió. Comprobar que Bernat y su nueva familia siguen con vida. Y, de rebote, intentaré seguir a la caravana de nuevo.
Acabo el último sorbo de un café que me ha sabido a gloria y dejo la taza en el lavavajillas. La casa está recogida, como siempre antes de un salto.
Observo, cuidadoso, nada más salir a la calle. No quiero que me vea mi tía Rosa si está marujeando en el balcón. Es pronto, pero esta mujer madruga más que nadie en el barrio. Seguro que ya ha ido a la churrería de la calle Petritxol y ha desayunado su ración doble de churros y café con leche.
La persiana se levanta y baja de nuevo en bendito silencio.
Bajo al sótano y pulso encima del ladrillo que esconde la pantalla en la que he de poner mi huella dactilar. La luz verde da paso al teclado numérico. Tecleo los diez dígitos y cierro la tapa de nuevo. Al instante, toda la esquina se mueve hacia el interior.
Bajo a mi guarida siguiendo las luces que se encienden de forma automática. Una vez aislado en mi cripta me pongo manos a la obra.
Hoy no saltaré desde aquí. Quiero volver a las puertas de Ficaris, justo en el momento del ataque, o un poco después. Para no tener que hacer un viaje de varios días a caballo desde Barcelona, he de saltar en el propio lugar.
Escribo un mensaje en mi móvil para comenzar a poner en marcha todo el plan:
«Víctor, necesito ir hasta Figueras. Iré en el helicóptero. Envíame un coche a mi casa lo antes posible».
Agarro una bolsa de viaje para llenarla de todo lo necesario. No voy a ir vestido desde aquí hasta el aeropuerto, claro está. Me vestiré al llegar al destino.
Mi teléfono vibra.
«Recibido. Todo estará listo cuando llegues al hangar».
Meto dentro la ropa necesaria para mi aventura, aunque esta vez iré más prevenido. Voy a parecer un simple peregrino, pero voy a ir más que preparado para cualquier peligro que pueda sorprenderme.
Apenas cabe todo en la bolsa. El resto, como las espadas y el peto de malla, lo guardo en un petate aparte.
Veamos: ropa, armas, dinero y medicinas varias para contrarrestar otro posible envenenamiento por acónito. Tengo claro que no será un remedio total, pero suficiente para sobrevivir hasta que vuelva.
Aprovecho la espera para cambiarme el apósito del gemelo. Ya está casi curado, pero no quiero que se me infecte. Las heridas de las flechas no me molestan y ya casi ni se notan.
El móvil vibra de nuevo.
Mi coche ya ha llegado.