El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 51
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Capítulo 51

Pasado

Tiempo desconocido

La gravedad cumple su función y noto el peso liviano de mi cuerpo de nuevo.

No me puedo creer que esto me esté pasando en este instante.

¡Joder! Las lucecitas brillantes todavía revolotean por mis ojos.

Ha sido una sensación muy potente. Estoy hasta mareado.

Me cuesta más de lo normal adaptarme a donde sea que haya saltado.

¡Mierda! Ese es otro problema.

No tengo ni idea de cuándo estoy. Respiro con calma para tranquilizarme. Cierro los ojos. Total, no veo nada con tantas luces brillando. Necesito recomponerme. Me relajo. Supero el susto inicial y percibo como todo vuelve a estar bajo mi control a medida que bajan las pulsaciones.

El aire es seco. Huele a rosas y a otras fragancias que no sé reconocer, pero son muy agradables.

Abro los ojos poco a poco. Hay luces y sombras.

La temperatura es menos cálida que en la pizzería donde estaba.

No tengo ni idea de en qué año estoy ni la hora que es, pero, por el sol que veo entre las plantas sobre las que he aterrizado, debe de ser mediodía. Menos mal que no son cactus.

Ha sido un salto involuntario. Al menos respiro, que ya es mucho.

Podía haber quedado emparedado entre dos muros.

O saltar demasiado en el tiempo y quedar enterrado en una montaña, congelado en una era glacial o flotando en medio del mar.

Si es que alguna vez el mar ha llegado hasta aquí, que yo diría que sí.

No quiero ni pensar en la cara que habrá puesto Lucía al quedarse besando al aire. A ver cómo coño arreglo esto ahora. Tendré que volver al pasado, antes de que suceda este asunto, y dejarme una nota para estar prevenido.

¡Menudo follón!

Para ser sincero, he decirte que no es la primera vez que me pasa.

Un par de veces he saltado en el tiempo de forma involuntaria, justo en el instante en que vivía situaciones extremas, esos segundos en los que uno pierde la noción de la realidad y el instinto agarra las riendas.

Situaciones de peligro extremo. O de placer absoluto, como en esta ocasión.

Pero nunca me había pasado estando delante de nadie.

En fin, que si algo bueno tiene saltar en el tiempo es que hay errores, como en este caso, que se pueden reparar. O intentarlo al menos.

Algo se mueve y me toca la pierna.

El susto me acelera el corazón.

Salgo gateando de lo que parece un jardín que forma parte de un patio. En cuanto estoy a un par de metros me giro para ver qué animal me estaba rozando. Busco lo que sea que se ha movido y la veo. Es Lucía.

¡No me jodas!

¡La virgen del amor hermoso!

¡Que me la he llevado al pasado!

Estoy a punto de llorar.

Estaba tumbada a mi espalda y no la había visto.

Los nervios se apoderan de mí. Apenas puedo respirar. Estoy mareado y la vista se me nubla por momentos. Me acerco e intento despertarla, pero no responde. Al girar su cabeza compruebo que está dormida.

Meto mi mano en el bolsillo del pantalón y saco el móvil de forma instintiva. Un fogonazo me recuerda que jamás hay que saltar al pasado con objetos del futuro. Es algo que no debería hacerse nunca, pero este ha sido un salto sin premeditación ni alevosía.

Soy inocente, señoría.

Miro la pantalla y compruebo que no hay cobertura .

Vete tú a saber cuándo estamos. El corazón galopa todavía más rápido y la necesidad de oxígeno me nubla la razón a demasiada velocidad. Más de la que necesito ahora mismo.

Me acerco a su cara y compruebo que respira.

Sus ojos comienzan a moverse y eso me tranquiliza, al menos un poco.

Los abre. Primero uno y, con más esfuerzo, el otro.

Parece que los tiene pegados con cola. Sus pupilas se contraen ante el aumento repentino de luz y su nervio óptico le dice al cerebro lo que está viendo. Pero este está todavía reiniciándose.

Ella se mueve.

¿Cómo le habrá afectado este viaje? Ni idea.

Es la primera vez que salto con alguien. Jamás lo había intentado. Ni siquiera con algún bicho de laboratorio. Ya te comenté el mal rollo que me dejó la peli de La Mosca .

Lucía se pone en pie con bastante esfuerzo.

Indaga a su alrededor sin comprender. Me mira, pero es como si no me viera. Su cabeza está procesando. Su mano se mueve hacia la planta que tiene justo a su lado. Toca las flores rojas. Arranca una y la huele.

—Es una rosa preciosa —susurra tras aspirar su aroma.

Observo con más detenimiento el lugar en el que nos encontramos.

La saco de entre las plantas. Caminamos por un pasillo de piedras.

El suelo está limpio. A unos pocos metros, delante de nosotros, hay una pequeña piscina rodeada de columnas.

El sol cae sobre ella e ilumina un mosaico de colores fabulosos que la rodea.

Es un patio de la época romana.

—Estamos en un jardín romano —balbucea. Me mira como si se acabara de despertar tras dos noches de desenfreno con barra libre de productos químicos de todos los colores.

No digo nada.

No sé muy bien qué hacer.

En mi cabeza se repite la pregunta de cómo ha sido posible que ella esté aquí. He saltado con Lucía porque creo que nos estábamos tocando, pero no lo tengo claro. Sea como sea tengo que sacarla de aquí y devolverla a su tiempo.

— Quis estis? —dice un niño escondido tras una columna .

Habla en latín.

Está asustado. Al menos no parece peligroso. No sería la primera vez que me libro de aparecer de la nada ante un niño, en plena calle, diciéndole que soy un mago, un genio o un alien. Depende de la época y del lugar.

Agarro a Lucía por la cintura. Tenemos que irnos ya. Ella se aferra a mí. Sigue sin entender qué sucede. No pienso soltarla. Su tacto me encanta. La miro.

Se oyen gritos a pocos metros.

Otro niño aparece corriendo. Llega hasta el que nos mira y se pega a él tras la columna. Esto no me gusta. Antes de darme cuenta, varios hombres aparecen tras él. Salen al patio. Nos miran tan asombrados como nosotros a ellos.

Visten falda corta de color rojo y una especie de camiseta del mismo color. Uno de ellos va equipado. Sobre la túnica porta el peto. Un gladius y un pugio en la cintura. En la cabeza, un casco que solo deja a la vista parte de su cara

El miedo se apodera de mí.

Son soldados romanos.

Dos de ellos, que no están equipados del todo porque igual los hemos pillado en plena siesta, llevan la espada en la mano.

Lucía los estudia atónita.

—Son soldados romanos —señala.

Noto que su mente está inmersa en un vendaval de niebla espesa. No está despierta del todo, o eso espero. Se gira y sus ojos me miran fijamente.

—¿Quim?

Uno de los romanos grita a la vez que arranca a correr hacia nosotros. Esto no pinta nada bien.

—¿Dónde estamos? —susurra ella, ajena a lo que se le viene encima. Guardo el móvil en mi bolsillo de forma instintiva y la abrazo con fuerza.

—¿Qué está pasando? —me murmura al oído.

Cierro los ojos sin responder.

Respiro con calma, o lo intento. Los gritos se acercan. Lucía no los ve porque no dejo de abrazarla. Pienso en el momento del salto. Llevamos aquí como cuatro o cinco minutos, o eso creo. Si el pizzero nos ha visto desaparecer estará flipando. Pero como nos vea volver ahora se va a cagar del susto.

Me la suda.

Los gritos están muy cerca.

Que sea lo que Dios quiera. Me concentro todo lo que puedo, aunque siento los pasos de los soldados a muy poca distancia.

Debemos salir de aquí ya.

El peso de mi cuerpo desparece de nuevo acompañado de la luz más potente que haya visto. Los gritos de los romanos se pierden entre ecos lejanos. Un dolor punzante atraviesa mi nuca. Espero que sea porque estamos saltando dos al precio de uno y que no sea un espadazo romano.

Ya hemos llegado.

Noto el tacto cálido de Lucía en mis manos y el olor a pizza de nuevo.

Abro los ojos y me doy cuenta de que estamos de rodillas, en el suelo, junto a la mesa.

Miro a mi alrededor y compruebo que el pizzero está de espaldas a nosotros, limpiando el horno donde calienta las porciones de pizza, sin prestarnos ninguna atención.

No se ha enterado de nada o estaría ahora mismo gritando de terror.

O petrificado. Una de dos. Por suerte, en el local no había nadie más.

Creo que solo hemos estado fuera unos pocos segundos.

Respiro aliviado.

Sigo agarrando a Lucía por la cintura, pero su peso me vence.

Intento levantarla. No responde. Está dormida.

Desmayada. Dejo caer su cuerpo apoyando la cabeza en el suelo con cuidado.

El viaje debe de haber sido un shock para su cerebro.

Espero que este salto no le haya provocado un derrame o algo parecido.

—¿Qué le pasa? —pregunta el pizzero a mi espalda.

—No lo sé —le contesto—. Estaba bien y se ha desmayado. Voy a llamar a una ambulancia.

—Es lo mejor —contesta mientras se limpia las manos en un delantal lleno de manchas de tomate.

Marco el número de Víctor. Él se encargará de todo.

—Dime —contesta al segundo .

—Necesito una ambulancia en mi posición. Es para Lucía, mi amiga. Que la lleven a la clínica de David.

—Descuida. Yo me encargo de todo.

Esas pocas palabras me llenan de calma.

Lucía vuelve en sí.

Me mira con cara de incredulidad. Parece que se acaba de despertar de un sueño. Sus ojos están rojos.

—¿Qué ha pasado? —me pregunta atónita.

Está totalmente confundida. Eso es bueno para mí.

Se toca la cara y el pelo, ahora revuelto, y se mira las manos.

—¿De dónde ha salido esta rosa?