El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 50
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Capítulo 50

Presente

Tienda de Quim

Ya estoy en mi presente. No lo sé porque sienta en mis entrañas algún estremecimiento insólito o algo por el estilo. Lo sé porque salto al último lugar posible en el tiempo, te dejas llevar y punto. Miro el reloj para situarme. Casi las cinco de la tarde.

Antes de que pueda decidir qué voy a hacer en primer lugar, mi estómago ruge de nuevo. Él ya ha decidido. Y yo no soy quién para llevarle la contraria. Esta vez me comeré las pizzas allí mismo. Que no se me olvide la pastilla de nuevo. Y la jodida grasa para la persiana.

Busco en el armario de la limpieza y encuentro un pequeño bote de grasa especial para persianas junto a una brocha impoluta. Todavía no lo he usado desde que lo compré. Por eso se queja la pobre rejilla cada vez que se mueve. Tecleo el código y sube.

El sonido es doloroso.

—¡A ver si le pones aceite, aunque sea de girasol!

Al salir miro hacia arriba, al lugar de donde procede la voz, y veo a mi tía Rosa asomada al balcón. Sonríe y me saluda. En mi defensa, le muestro el bote de grasa.

—¡Ya era hora!

Cómo chilla esta mujer, por Dios.

Unto la brocha con el mejunje pastoso y la reparto por los rieles como si estuviera pintando. Le daré una segunda capa por si acaso .

—Yo le pondría todo el bote. Aunque sobre, pero que se acaben los chirridos de una vez.

Sonrío al escuchar esa voz a mi espalda.

Me giro y veo a Lucía.

Acaba de salir del museo y no me he dado cuenta.

—¿Qué tal tu día? —quiero saber.

—¿Mi día? Pero si nos hemos visto hace poco más de dos horas —responde sin más.

Para mí han sido varias horas.

Sonríe. Siempre está de buen humor. Y eso me contagia.

—En dos horas puede pasar de todo —disimulo.

Hace una mueca. Ni me da la razón ni me la quita.

—Pues estas últimas horas han estado bien. He tenido grupos mejores, pero no ha estado mal del todo. ¿Y tú? ¿Qué tal en estas dos horas y poco? —indaga ella con sarcasmo.

He saltado al pasado, me ha perseguido una monja diabólica, he saltado de nuevo en el tiempo donde me han disparado unos polis que creo que no lo eran y casi me confieso en la iglesia…

—Nada nuevo —termino por contestar.

Dejo el bote de grasa casi vacío junto a la puerta de la tienda y tecleo para que baje la persiana.

Suspiro al ver que desciende suave, con un susurro agradecido, imperceptible en comparación con la desgarradora sinfonía de antes.

—¡Que delicia, por favor! —grita mi tía de nuevo.

Lucía la saluda al tiempo que ríe a carcajada limpia.

—¿Has comido? —le pregunto—. Iba a ir ahora a por un par de trozos de pizza aquí al lado, por si te apetece.

—¿Qué tal ese sitio nuevo?

—Está bien. La masa es fina y crujiente, como a mí me gusta. Y no son tacaños con los ingredientes.

—Suena bien. Pues te acompaño ¿Te importa si te cojo del brazo? —me dice justo al tiempo que se agarra como suelen hacer las abuelas.

—Por supuesto que no.

Frótate conmigo hasta que me saques brillo .

—¡Que aproveche! —pregona a los cuatro vientos mi tía sin perder detalle.

Qué pesada. La miro y me lanza un beso. Y un guiño travieso. Mi tía no tiene remedio. Pero la quiero mucho.

De camino casi no hablamos. Cada uno tiene la cabeza en un lugar distinto. La verdad es que no necesitamos hablar para estar bien. El silencio también es nuestro amigo. Los dos lo necesitamos muy a menudo. Aun así, ella lo rompe.

—¿Mañana te vas de viaje, al final?

—Sí. Saldré pronto para llegar cuanto antes y aprovechar el día.

—¿Dónde vas exactamente?

—A Figueras.

No le miento. A Figueras voy, aunque en la época a la que voy todavía se la conoce como Ficaris. Esto no se lo aclaro.

—Pensaba que ibas al sur de Francia —contesta extrañada.

Cierto. Eso fue lo que dije porque ese iba a ser mi destino final, pero unas flechas envenenadas me lo impidieron y me dejaron tirado en Ficaris, medio muerto.

—Este es otro viaje distinto. El tema de los permisos del otro todavía está pendiente —acierto a mentir—. Mañana voy a ver a un coleccionista que dice tener algo interesante.

Pongo énfasis en la palabra algo.

—Ya, me imagino que todos creen tener el Santo Grial en su casa —ironiza sonriente, sin dejar de agarrarse a mi brazo. Hoy la noto más cariñosa de lo normal.

—Exacto. Todos creen tener en su poder una pieza única. En el noventa y nueve por ciento de los casos solo tienen quincalla. Pero queda un uno por ciento que sí tiene un pequeño tesoro. Por eso siempre voy donde me llaman.

Llegamos a la pizzería y, como buen caballero, le abro la puerta.

—Gracias.

—Yo quiero lo mismo de antes: una porción de barbacoa y otra de cebolla —le pido al camarero.

—¿Has venido antes? —inquiere Lucía—. ¿Y todavía tienes hambre ?

El pizzero me mira expectante. Sabe que no he venido antes. Quizá se acuerde de que vine el domingo pasado, que es mi antes de hace apenas media hora. Pero no dice nada. Como buen profesional calla y escucha. Debe de pensar que es una excusa para no decir dónde he estado en las últimas horas.

—No. Quería decir la última vez que vine. El domingo pasado, si no recuerdo mal —corrijo.

El pizzero sonríe.

—Yo quiero un trozo de la vegetal, por favor —indica Lucía. Se gira. Me mira diferente—. ¿Nos sentamos?

Algo pasa por su cabeza.

Elige una de las dos mesas que hay en el local.

Es cuadrada, pequeña, pero bonita. De esas de diseño.

No hay nadie más. Este lugar es más de pillar una porción de pizza y comerlo callejeando.

Ella se sienta primero. Yo elijo la silla que mira a la calle, justo a su lado. Así estoy más cerca de ella.

Me mira en silencio. Tiene los dedos entrelazados formando un solo puño. Su perfecta barbilla se apoya en él.

—Eres un personaje extraño, Quim —me suelta nada más sentarme.

No digo nada. Solo la miro. Eso que ronda por su mente está a punto de salir a pasear.

—Eres interesante. Misterioso. Siempre envuelto en un halo gris que no deja ver el fondo con total claridad —añade así, sin más. Sin anestesia ni nada.

La miro. Arqueo las cejas y espero a ver si sigue hablando.

—¿No dices nada?

—No sé qué decir a eso —le digo con sinceridad.

Tuerce el morro.

Sus ojos color miel me taladran en busca de algo.

—Mira, Quim —su mano derecha agarra la mía. Está caliente. Es lo más suave que he tocado nunca—. Tú y yo sabemos que los Mora sois algo, cómo diría sin que suene mal… especiales. Distintos. Maravillosos, sin duda alguna, pero a veces algo distraídos con la legalidad.

Mi pulso se acelera .

Intento hablar, pero levanta su dedo y lo pone en mis labios dejándome claro que quiere seguir con su charla. Hoy me está tocando más de lo normal.

—Lo sabe hasta Laura. Pero, por ser íntima de tu tía y por el cariño que os tiene, mira para otro lado.

Eso ya lo sabía.

No digo nada. Quiero seguir escuchando a ver adónde lleva todo esto.

—Tú me gustas.

¿He escuchado bien?

Mi corazón se detiene.

—¿Cómo? —balbuceo atontado.

—Que tú me gustas, Quim —confirma sin titubear—. Que siento algo por ti que no sé muy bien qué es.

Un sudor frío aparece por mi espalda y en las axilas. También se está formando un velo húmedo en mi frente.

—¡Vaya cara se te ha quedado! —exclama sonriendo.

Sigo sin decir nada.

Cojo un papel del servilletero y me seco la frente.

Ella ríe a carcajadas.

Se tapa la boca para no llamar la atención.

—Me gustas —repite por si no me ha quedado claro—.

Y yo sé que también te gusto. O eso espero, porque si no menudo ridículo estoy haciendo —añade levantando las cejas—.

Sé que eres un pelín tímido. Ojo, que ese punto de niño bueno me encanta.

Pero, hijo, por más señales que te envío, el tiempo pasa y pasa y pasa…

Sus manos imitan el vuelo de un pájaro.

—Tú también me gustas —acierto a decir sin atragantarme. Me ha costado horrores abrir la boca.

Sonríe. Ella lo sabe.

—Lo sé.

Toma, pues claro. Se me nota a la legua.

—¿Y qué hacemos? —quiere saber.

El pizzero me llama para decirme que puedo recoger las porciones de pizza. Salvado por la campana.

—Ponme también dos Coca Colas Zero, por favor .

Llevo todo el pedido a la mesa en dos veces. No he nacido para ser camarero, la verdad.

Ella me observa ir y venir.

Está más relajada que antes. No me extraña, me acaba de soltar un bombazo y se ha quedado tan pancha. No soy consciente todavía de lo que supone esto para mí. Me parece que estoy viviendo en un sueño.

—Gracias.

—¿Qué hacemos sobre qué? —curioseo volviendo a su última pregunta. No se me ocurre qué decir.

—Pues sobre esto que sentimos, ¡bobo!

Pruebo un bocado de mi pizza. Quema. Da igual. Me parapeto tras el silencio que me otorga el tiempo que tarde en masticar. No queda bien hablar con la boca llena.

Al ver que no voy a contestar, toma las riendas.

—No quiero perder más tiempo. No sé a dónde me llevará lo que siento, si es que algún día se convierte en realidad.

Sus ojos se pasean por el local en busca de alguna respuesta. Me mira. Tuerce el morro otra vez.

—Quim, no me gustaría acabar enamorada de la persona equivocada. Ni perder un tiempo maravilloso. Sabes lo que quiero decir, ¿verdad?

Asiento.

Yo me equivoqué una vez enamorándome de quién no debía. Lo pasé fatal, pero aprendí de mi error. Para eso sirven las cagadas que haces en tu vida. Para mejorar. Porque en el mismo instante en el que te das cuenta de que te has equivocado, ya has crecido como persona.

Lucía prueba un trozo de su pizza.

Supongo que me toca hablar a mí.

Yo ya estoy enamorado de ti, me gustaría decirle sin miedo.

—Todo lo que hago es legal —miento vilmente.

Ella levanta una ceja y deja de masticar.

—El año pasado vendiste una pieza fenicia que no debería haber estado en tu tienda —señala sin vacilar. Lo tenía guardado, la tía .

Recuerdo aquel trabajo. Ella no tendría que haber sabido de aquella transacción, pero se enteró de rebote y por terceros.

—Solo hice de intermediario entre un comprador y un vendedor particular a cambio de una comisión, claro está, por garantizar la veracidad de la pieza.

—Ya… —susurra con ironía.

—Lo tengo todo en regla. No hay nada oscuro en mi negocio —miento piadosamente de nuevo. Y ya van un puñado de veces en tan solo unos minutos—. Declaro las ventas. Pago mis impuestos. ¿Qué más quieres?

Y así fue como aprendí que en historias de dos conviene a veces mentir, que ciertos engaños son narcóticos contra el mal de amor.

Muerde de nuevo su porción de pizza. El queso se estira hasta el infinito y más allá. Lo recorta con otro bocado.

—Solo puedo decirte que deberíamos intentarlo.

Mi voz tiembla ante el instante vital que estoy viviendo.

—Me da un poco de vértigo —añado con sinceridad—. No sé cómo explicarlo.

—Inténtalo —me sugiere, mirándome con los ojos entornados. Es guapa en cualquier lugar y momento.

—Me cuesta creer que una mujer como tú se fije en alguien como yo.

—¿A qué te refieres? —inquiere extrañada.

—Mírame. Cuarentón. Delgaducho. Más bien tirando a feo. Simpático, eso sí. Y trabajador, también.

—¡No seas idiota! —me regaña, muy seria—. No me ha gustado un pelo eso que has dicho. ¿Acaso me ves tan superficial?

—Yo no he dicho que lo seas —me disculpo.

—Eres una persona maravillosa —expresa mirándome a los ojos fijamente. Sin pestañear—. Eres listo. Inteligente. Amable. Buena persona...

Me gustaría besarla ahora mismo, pero no quiero adelantarme. No quiero cagarla.

—¿No me vas a decir nada después de todas las cosas bonitas que te he dicho ?

La pregunta se pierde en el ambiente, mezclada con olores a horno de leña, masa de pizza y quesos varios.

¡Mierda! Se me ha olvidado tomar la pastilla de la lactosa.

Bueno, da igual. Hay que vivir el presente. No pensemos en lo que vendrá después.

—Me gustaría besarte ahora mismo, pero no quiero adelantarme. No se me dan muy bien estos asuntos —le suelto sin respirar.

Creo que me he puesto rojo. En parte por la vergüenza, en parte del esfuerzo que me ha costado lanzar esa frase sin tartamudear.

Sonríe. Es una sonrisa sincera. Llena de cariño.

Separa sus dedos entrelazados y una mano acaricia mi cara. Se acerca a cámara lenta, sin dejar de mirarme. Se detiene a menos de un palmo. Observa. Disfruta el momento. Yo más. Su mano atrae mi cara hacia la suya hasta que nuestros labios se encuentran y un apacible calor me inunda por completo.

Cierro los ojos por instinto.

Un escalofrío recorre mi cuerpo como el rayo que atraviesa al árbol.

Su mano derecha sigue sujetando mi cara contra la suya para que no huya.

Tranquila, que no me voy a ir a ninguna parte.

La izquierda me acaricia el brazo. Siento el calor húmedo de su boca.

Apenas respiro. Percibo cómo una luz brillante inunda mi ser al mismo tiempo que una paz inmensa me llena.

Es un momento mágico. Estoy tan relajado que apenas siento el peso de mi cuerpo.

¡No me jodas!

¡Ahora no!

¡Ahora no!

Acabo de saltar sin darme cuenta.

¡La madre que me parió!