Capítulo 49
Pasado
Iglesia de Sant Jaume
Aterrizo en el mismo asiento viejo y quebradizo en el que me fui.
Mi respiración es agitada. Las pulsaciones me van a mil por hora.
Me ha faltado un pelo a que me maten. Y otro pelo para que me pillen después de salvarme del tiroteo.
Que sí, que podría haber saltado cuando estaba tumbado en el suelo y haber vuelto aquí sin arriesgarme a que me vieran los polis.
Ya lo sé. Pero ¿y se me ve alguien surgir de la nada?
¿Y si me pilla la monja apareciendo como por arte del demonio?
¿Qué dirías que me hubiera hecho? Ya te puedo asegurar que me traspasa con una estaca antes siquiera de que me dé tiempo a santiguarme.
—Hijo mío, ¿necesitas más tiempo?
—¿Para qué? —contesto sin querer.
Mierda.
—Para confesarte, hijo, para qué va a ser.
Miro mi reloj y veo que son las siete y cuarenta y cinco.
El paciente padre lleva cinco minutos esperando a que yo me decida a hablar.
—Mire, padre, yo se lo agradezco, pero es que hoy no tengo el día parlanchín.
Dicho esto, y antes de que pueda asomarse por la abertura de la garita, salgo con paso veloz hacia la puerta. Por el rabillo del ojo veo como la monja, a lo lejos, levanta la cabeza como un suricato ante el peligro. Sin darle tiempo a que pueda decirme nada, abro la puerta y salgo a la calle .
La lluvia me empapa de nuevo. Esta vez, acompañada por un viento más fuerte del que me gustaría. Deshago mis pasos mientras pienso en lo que ha pasado.
Busco alguna explicación para lo sucedido.
¿Por qué se han caído los dos a la vez como si los hubieran desconectado de la vida?
No eran polis, eso lo tengo claro. Eran ladrones, patosos, además. Porque mira que no percatarse de que el arma estaba en el lado contrario…
Pero lo que más me preocupa, y que me tiene muy mosqueado, es la mirada desgarradora del chaval. Esa ya la había visto yo. En el fraile dominico. Es una locura, lo sé, pero no tengo dudas. He visto muchas cosas extrañas en mis saltos como para no tener la mente abierta a todo tipo de posibilidades.
Saludo con la cabeza a un cliente de mi tía con el que me cruzo en medio de la plaza de Sant Jaume, hoy vacía de protestas.
No me extraña, con la que está cayendo. Me pego a la pared en cuanto alcanzo la calle de la Llibreteria.
Paso por delante de la pizzería al corte que han abierto hace poco y me suenan las tripas como uno de los truenos que todavía se escuchan a lo lejos.
¿Por qué no?
Pues eso mismo me digo yo.
—Una porción de barbacoa y otra de cebolla, por favor.
Al menos aquí dentro se está seco. Y huele que alimenta. Me siento en un taburete a esperar. Mi estómago ruge de nuevo. Con un rugido como este seguro que me hubieran descubierto dentro de la iglesia. Por muy escondido que estuviera.
Sigo pensando en la mirada.
La misma en distintas personas y en diferentes épocas.
Busco en mi memoria y llego hasta el recuerdo claro y conciso de la conversación que Benjamín tuvo con Ismael cuando salíamos de su casa, tras aquella agradable y ya lejana comida.
Pocas horas después de que yo viera al fraile hablando con el judío .
«…He podido hablar con Aarón cuando ha recobrado el sentido y me ha contado que lo último que recuerda es que estaba vendiendo fruta como cada día. Después, sin más, se ha despertado en la plaza del Pi junto al fraile...».
Recuerdo que en aquel momento mi sentido arácnido se activó por segunda vez en el mismo día.
«…Fray Tomás se encontraba tan mal o peor que Aarón. Tampoco recordaba nada de lo sucedido en la última hora…».
—Aquí tienes. ¡Ciao!
Le doy las gracias al pizzero y salgo a la lluvia, protegiendo las pizzas como si me fuera la vida en ello.
Llego a mi tienda casi sin darme cuenta.
Mi cabeza anda lejos de aquí.
Tecleo el código y la persiana sube al compás del canto de sirenas delirantes. La persiana baja cuando ya estoy dentro del local, con la puerta cerrada, y aun así la escucho chirriar. Y lo siento en mis huesos. De mañana no pasa que le ponga aceite, grasa o lo que sea necesario.
Bajo al sótano y dejo las pizzas sobre mi mesa. Tengo hambre, pero no prisa. Sé que he de saltar al presente, pero no me va a hacer daño saltar con la barriga llena. Quiero disfrutar estos bocados como se merecen. Me saco la ropa mojada, me seco y me pongo un chándal que siempre dejo por aquí.
Ahora sí es hora de comer.
A cada bocado, delicioso, he de decir, pienso en lo vivido.
¡Mierda! La pastilla de la lactosa, que sino luego me cago vivo por el queso.
Una vez solucionado el olvido vuelvo a mis pensamientos.
La mirada de fray Tomás y el policía.
Los extraños desmayos de ambos.
¿Qué nexo los une? ¿Qué es lo que no veo?
A estas dudas, por si fuera poco, se le unen las imágenes de Bernat e Ismael. ¿Qué habrá sido de ellos?
¿Habrán sobrevivido al ataque?
La sola idea de enterarme de que el chaval ha muerto me dolería muchísimo.
Él no debería haber estado en ese viaje.
Aunque, mirándolo por otro lado, si ha muerto allí el destino lo hubiera matado también en el orfanato o en cualquier esquina de la ciudad.
El equilibrio de los cojones no tiene piedad.
Por mucho que yo intervenga siempre acabará sucediendo lo inevitable.
Acabo las dos porciones de pizza en menos de cinco minutos.
Me han sabido a poco. Si no fuera porque sigue diluviando iría a por otra.
Pero ¿sabes lo bueno de viajar en el tiempo?
Aparte de que puedo ver si Bernat está bien cuando quiera, es que, en cuanto llegue a mi presente, donde no estará lloviendo, voy a salir a comerme otro par de trozos de rica pizza mientras le sigo dando al coco a ver si me viene alguna idea sobre qué relación hay entre un falso poli del siglo veintiuno y un fraile dominico del catorce.