Capítulo 48
Pasado
Iglesia de Sant Jaume
Abro los ojos. Despacio. Aguanto la respiración. No me muevo ni hago el más mínimo ruido porque no quiero más sorpresas. Por suerte, el confesionario está vacío y no me he sentado encima de alguna pobre anciana. La hubiera palmado del susto.
Está oscuro. Miro mi reloj. Son las once y seis de la noche. Un salto casi clavado en el tiempo. La cortina burdeos está abierta y tan solo veo una tenue luz a una decena de metros. Creo que es la luz de emergencia que marca una de las salidas.
Salgo de la caja de madera, que tantos pecados ha escuchado durante su vida, y veo al fondo de la capilla una pequeña cortina blanca que oculta los dos agujeros por los que los científicos de la policía entran para estudiar la cripta.
Me asomo fuera de la capilla y miro hacia la sacristía.
Está junto al muro norte, al otro lado del presbiterio.
Desde aquí lo veo y distingo las diferentes piedras que lo componen.
Creo que parte del muro es de la época medieval, de cuando este lugar era la sinagoga menor.
Le preguntaré a Lucía cuando la vea para sacarme la duda de encima.
Camino con cuidado, paso por delante del altar mayor y llego hasta la puerta de la sacristía para comprobar que no queda nadie. Está cerrada. Perfecto.
Vuelvo sobre mis pasos y subo los cuatro escalones que me separan del presbiterio.
El altar, situado en el centro, está custodiado por dos enormes lámparas colgantes con decenas de brazos que hoy sujetan bombillas roñosas en lugar de las velas que ocupaban su lugar hace siglos.
Detrás está el retablo tras el que me quiero esconder; me recuerda a la silueta de la Sagrada Familia, pero con una sola torre en el centro y bajo ella, la figura de un santo tallada con maestría.
Desde allí podré vigilar casi toda la planta. Y, además, estaré cerca de la cripta.
Oigo el crujir de la puerta principal.
Un recuerdo fugaz me transporta de nuevo hasta los tiempos de Gargamel y su jodida curiosidad.
Me escondo tras el retablo, entre las sombras, y observo con cautela.
Por el hueco que deja el portón abierto entra la luz ambarina de las farolas de la calle.
Veo dos sombras que se cuelan en el interior.
La última en entrar cierra la puerta de nuevo.
Una de ellas mira cada rincón de la iglesia como si buscara algo o a alguien.
Camina por el centro de la planta, entre las dos hileras de bancos, hacia mi dirección.
Nos separan unos veinte metros de distancia.
Acaba de encender una linterna. Por los andares diría que es un hombre, pero no lo tengo claro.
La otra figura recorre el pasillo lateral que queda a mi izquierda. Apenas se recorta de la oscuridad que le brinda el lugar. Ahora me iría muy bien que las velas de las capillas estuvieran encendidas.
—Date prisa, pixa . No tenemo to la noxe .
La figura que acaba de hablar es la de la linterna. Y es un hombre. Habla en español y con acento andaluz. Diría que de Cádiz. O por ahí cerca. Tengo un amigo, el Manolo, gaditano hasta los pies, que habla igual que ese tipo.
La otra figura avanza más rápido. Los tengo a pocos metros de mi posición.
Espío cada detalle a través de los huecos que dejan las exquisitas tallas del retablo gótico de casi siete siglos de antigüedad.
Respiro con calma. Me pongo la capucha y me subo la braga del cuello para que mi rostro se camufle mejor en la oscuridad.
Ahora veo con claridad que los dos llevan uniforme de los Mossos. Son dos hombres. Seguro que es una de las parejas que ha dejado Laura y que están haciendo una ronda de vigilancia cada poco tiempo.
—¿Qué buscamos ?
—Ni puta idea. Argo fuera de lo normá , según ha disho la jefa.
—¿Hay que bajar?
—¿Tú qué te cree , pixa ? Po claro. No querrá mirá desde aquí arriba. ¿Qué tiene, vizión periférica o qué?
—Baja tú y yo vigilo.
—¡ Lo cohone ! Tira pabajo que aquí yo soy el que tiene má esperiensia .
Y eso se lo acaba de decir un chaval joven de veintipocos a otro que debe de rondar los cincuenta. Pues si el mayor tiene menos experiencia será porque empezó a currar de Mosso esta misma mañana, vamos.
Los observo con atención.
Algo no me cuadra en estos dos tipos.
El joven que va de jefe espera arriba mientras que pierdo de vista al otro. Me imagino que habrá bajado a la cripta.
—¿ Ve argo, pixa ?
La pregunta ha sonado alta y clara gracias al eco que hay en esta zona.
Estoy a tan solo unos cuatro metros del poli.
Agachado. Camuflado en la oscuridad de la parte trasera del retablo.
Casi sin respirar. No sé si podré aguantar mucho más en esta posición.
El desgarro del gemelo me tira y me duele más de lo que quisiera.
—Aquí está todo vacío.
Se oye decir al otro con la voz apagada por la distancia.
—¡ Pos bujca má , no te joe ! Y no te orvide de hasé foto de to los rincone , que despué tenemo que da parte a la jefa.
¿Parte a la jefa?
Pero si tu jefa, que es mi amiga Laura, ya tiene fotos de hasta el último milímetro de la cripta. ¿Qué coño están haciendo estos dos? ¿No me jodas que los propios Mossos son los ladrones?
Observo como el más joven se palpa el bolsillo de la camisa. Parece sorprendido al encontrar allí su paquete de tabaco. Saca un cigarro y lo enciende con el mechero que había dentro. El olor inunda el lugar y me recuerda a mis tiempos de fumador .
El chaval, pelo castaño oscuro, veintitantos, atlético tirando a fuerte, guapetón y tirano en ciernes, camina alrededor de la zona que delimita el presbiterio, fumándose un pitillo como si la ley antitabaco no fuera con él.
Mira hacia el retablo tras el que yo estoy oculto.
Sube los escalones, pasa junto al altar y se acerca a mirar los cientos de detalles que tiene la talla.
Desde mi posición, rodilla clavada en el suelo, apenas puedo ver nada.
Miro hacia arriba y veo entre los huecos de la madera la figura del policía.
Su cinturón, pistola incluida, queda a la altura de mis ojos.
Intento verle bien la cara para poder reconocerlo más tarde, porque cada vez tengo más claro que estos dos no son trigo limpio, pero apenas veo nada.
—¡Todo vacío! —se oye decir al otro. El grito llega hasta nuestra posición amortiguado por las paredes de la cripta.
—¡ Zigue bujcando , coño!
Aprovecho que se gira para gritar y me levanto con cuidado. Me coloco de pie y en el centro del retablo, justo bajo la talla de la figura de Sant Jaume.
El joven se gira de nuevo y continua con su repaso. Da otra calada y echa el humo hacia mi dirección. Veo como levanta la mano y sus dedos siguen el contorno de la madera labrada.
— Mu bonito, zí zeñó —susurra.
Mira hacia arriba y casi puedo ver sus ojos oscuros escrutando cada centímetro del santo representado en el antiguo retablo gótico.
Algo llama su atención. Baja la mirada y la clava en un punto en concreto, unas filigranas talladas tras las que estoy parapetado.
Están en la misma línea de visión que mis ojos.
No respiro. No parpadeo. La oscuridad me oculta. Puedo estar tranquilo.
Mi mirada se cruza con la suya sin que él se percate.
Y el tiempo se detiene.
Yo he visto antes esa forma de mirar, desequilibrada, glacial e irracional. Hace unos días.
Hace unos siglos.
¡No puede ser !
Los pelos de la nuca se me erizan del frío que me acaba de envolver. Mi sentido arácnido se ha percatado de todo. El mismo que me avisó cuando Lucía me contaba lo de este robo.
Sigo con la vista clavada en el fondo de sus ojos, en el oscuro lugar donde puedo percibir más allá de sus pupilas. Y la veo. Es la misma maldad. Sin duda.
¿Cómo puede ser?
Tengo ante mí un tipo con la misma mirada que tenía fray Tomás, el fraile dominico de la plaza del Pi del año 1391. El mismo monje que hablaba tan campante con su acérrimo enemigo Aarón, el judío vendedor de frutas.
Trago saliva.
Y con ella algo de aire.
Sus ojos se mueven hacia donde se ha escuchado una leve, pero perceptible deglución.
Echa mano a su cinturón.
—¿Quién anda ahí?
Palpa y busca la pistola, pero no la encuentra. Entre otras cosas porque la lleva en el lado izquierdo. Otra vez el frío me abraza. Ningún policía llevaría el arma en la izquierda sino fuera zurdo de nacimiento. Ni nadie, vamos.
Y este tío es diestro.
Lo que quiere decir que ese no es su uniforme. Estos dos no son policías.
Agarra la pistola y tira de ella. Tiene puesto el seguro y no se ha dado cuenta. Mira hacia abajo y con las dos manos consigue abrirlo.
Mierda.
Salgo corriendo hacia el lado contrario del retablo por el que él se asoma. Justo a tiempo para escuchar como maldice por no poder disparar. Supongo que tampoco ha quitado el seguro del gatillo. El gemelo me quema, pero no puedo parar.
—¡No corra o disparo, mamonaso !
Mis zancadas me llevan hacia la derecha de la planta. Dejo atrás la sacristía y me escondo en la oscuridad del lateral, junto a las capillas.
Una explosión retumba por toda la iglesia .
Seguida de otra. Y otra más.
Corro todo lo posible pegado a la pared y oculto en la negrura hasta que me lanzo en plancha al suelo al escuchar el cuarto disparo. Ese cabrón es de gatillo fácil.
—¡Hay alguien aquí dentro! ¡No puede zalir de aquí!
Me arrastro como una serpiente hasta llegar al muro donde se encuentra la puerta principal. Quiero salir de aquí.
—¡ Vamo, xavá! Zolo queremo zabé qué hase aquí.
Y un carajo. Pero gracias por lo de chaval.
Respiro para calmarme.
Me quiero largar ya.
El otro Mosso se une a la fiesta.
—¿Dónde está?
—Por ahí, entre las zombra escondío .
El cerrojo de la puerta principal se abre. Estoy a tres metros de distancia. Sigo estirado e inmóvil. Veo a la otra pareja de Mossos.
—¡Policía! —grita uno nada más entrar.
—¿Estáis bien? Hemos oído disparos —añade la compañera, que cierra la puerta con llave. Mierda. Me parece que por ahí no voy a poder salir.
La pareja de falsos polis se detiene en el centro de la iglesia, entre los bancos, a unos pocos metros de la entrada. Se miran entre ellos.
—Hora de irze —se escucha decir al más joven.
Segundos después, los dos policías caen al suelo sin sentido. El sonido metálico de las pistolas resuena por la iglesia hasta que se pierde oculto por el eco de los pasos de la otra pareja, que se acercan hasta sus compañeros caídos.
Aprovecho esos segundos de confusión para volver sobre mis pasos agachado, casi reptando y en silencio. Debo llegar al confesionario, meterme dentro y largarme de aquí cuanto antes.
Observo a los policías. Están de espaldas a mí, preocupados en despertar a sus compañeros. Aprovecho que no miran para cruzar hasta el otro extremo, entrar en la capilla y meterme en la caseta de madera .
Mis pulsaciones van a mil por hora.
Respiro.
—¿Quién está ahí? —grita la policía. Creo que me han visto correr. O me habrán oído.
Escucho pasos que se acercan.
—¡Sal de ahí con las manos arriba!
Mierda.
Me concentro en el salto de vuelta: siete y cuarenta de la tarde del domingo pasado. Inhalo en profundidad. Y poco antes de que lleguen a mi altura, desaparezco.