Capítulo 47
Pasado
Tienda de Quim
Siento que la gravedad actúa sobre mi cuerpo de nuevo.
Un salto sin incidentes, cosa que ya echaba de menos, la verdad.
Oigo el rugir de los truenos en la lejanía.
Subo a la tienda. Todas las luces están apagadas.
La música también. Veo a través del escaparate que está lloviendo de lo lindo.
Los fogonazos de la tempestad hacen brillar las chorreantes paredes de enfrente.
Hoy acabarán casi quince días ininterrumpidos de lluvias que destrozarán gran parte del barrio y el techo de la iglesia, entre otros daños materiales.
Tecleo mi código y la persiana se levanta. Sí, lo sé. El alarido psicótico que penetra y araña mis huesos me recuerda que este trozo de hierro necesita tanto aceite como yo el aire que respiro. Salgo a la calle y cierro de nuevo. Me largo antes de que empiece a chirriar de nuevo.
No paso por delante del bar de mi tía, no vaya a ser que esté por ahí.
En teoría los domingos por la tarde cierra, aunque vete tú a saber.
Enfilo por la calle de la Pietat. Me pego a las húmedas paredes, que lloran sin descanso desde hace días, para pasar desapercibido entre las sombras.
Llevo la capucha puesta, tan solo para no sentir el agua fría en mi cogote, no porque me proteja de una lluvia que parece caer a cien litros por minuto.
Voy con cuidado de no pasar por debajo de las gárgolas de la catedral, ya que vomitan unos chorros de agua bajo los que se podría duchar la población de la ciudad en una tarde .
Llego a la calle del Bisbe y giro a la izquierda.
Apenas hay gente por el barrio. Cuatro guiris perdidos que pasean bajo grandes paraguas llamativos que seguramente han comprado de urgencia y pagado a precio de oro.
La plaza de Sant Jaume está igual de desierta.
Paso por delante del Palau de la Generalitat y la pareja de Mossos que vigila la puerta me sigue con la mirada.
Camino más rápido porque aquí la lluvia me da de lleno, parece que ahora cae con más fuerza.
Alcanzo la calle Ferran, convertida en riachuelo que desemboca en La Rambla, llevándose toda la porquería a su paso. Si algo queda claro es que esta calle va a quedar limpia como una patena.
Un rayo cae justo en algún edificio cercano a la calle del Call, a pocos metros. Mi corazón se dispara a la vez que mi respiración se detiene. El relámpago que ilumina el lugar con su descarga eléctrica me llega hasta el interior del alma cruzando directa por el corazón.
¡Joder, qué susto me acabo de dar!
Tengo todos los pelos erizados.
Acelero el paso para llegar a la iglesia lo antes posible.
Empujo el portón y accedo al interior. Mis ojos tardan un poco en acostumbrarse a la penumbra del lugar.
Las luces son escasas y tenues. Las velas encendidas, agrupadas en distintas zonas, alumbran casi más que las modernas luces eléctricas.
Miro las lámparas y me doy cuenta de que muy recientes tampoco son.
Calculo que deben de ser de principios del siglo pasado, igual que las bombillas.
Hay cinco personas sentadas en los bancos.
Rezan en silencio. O eso parece.
De vez en cuando miran hacia el cielo y suspiran. La lluvia se sigue escuchando a pesar de la altura que nos separa del techo. El rugir de los truenos se magnifica todavía más gracias a la excelente acústica del lugar.
Una monja me mira con los ojos entornados. No ha dejado de hacerlo desde que he entrado. No sé si es que es miope y no ve bien en la distancia, o es que sospecha de mí. Tiene cara de perro pequinés. Y estoy seguro de que muerde .
Debo buscar un lugar para saltar sin que nadie me vea.
Me acerco a las capillas que pueblan los laterales de la iglesia. En cada una de ellas, cerrada a cal y canto con gruesas verjas metálicas, como si almacenaran tanto oro como en Fort Knox, hay una escultura. Frente a cada capilla, decenas de velas titilan como si una mano invisible las meciese.
Nadie diría que a unos pocos metros delante de mí, y bajo una cripta medieval, se encuentra el manuscrito que llegará a manos del librero mañana por la mañana.
Y nadie en su sano juicio se creería que estuve aquí, hace siete siglos, cuando todavía esta iglesia era una sinagoga, jugando al gato y al ratón con los guardianes de la cripta.
Ando unos pasos más en busca de un lugar discreto desde el que pueda pasar desapercibido para saltar.
Es complicado. Esta iglesia no es muy grande y desde casi cualquier punto me pueden ver.
Miro hacia un lado y otro mientras camino con las manos entrelazadas a mi espalda.
Solo me falta silbar para cumplir con el cliché típico del que disimula porque trama algo.
Una figura grisácea se mueve a mi espalda. Ha sido como una fugaz sombra, pero la he visto por el rabillo del ojo. Me detengo. Miro con atención hacia el lugar y veo entre las tinieblas la figura menuda de la monja. Parece sacada de una película de terror.
Nuestros ojos se encuentran.
Se acerca. Diría que levita. Se detiene a un metro de mí. La verdad es que acojona bastante. No deja de mirarme.
Creo que tiene bigote, o quizá son las sombras que me engañan. Da muy mal rollo. En cualquier momento salta y me muerde la cara. O me chupa la sangre. O me posee. Cualquiera de esos actos le va que ni pintado.
—¿Le puedo ayudar en algo?
Su voz suena a hueco. Como si tuviera la nariz tapada.
—No, gracias. Solo estoy meditando —le suelto a ver si me deja pasear tranquilo.
—¿Tiene muchos asuntos de los que arrepentirse? —me pregunta sin más. Debe de pensar que soy un pecador nato. La verdad es que tengo pinta de ello. Y de no haberme confesado desde que nací, por lo menos. Y está en lo cierto.
—No demasiados —le miento.
—El padre Domingo está confesando en estos momentos. Si quiere, puede pasar con él y limpiar su conciencia.
Y dale. Me ha visto cara de endemoniado. Si entro a confesarme no salgo hasta la semana que viene.
Un momento…
Un confesionario es el lugar ideal para saltar.
—Sabe usted, hermana, creo que me iría muy bien confesarme y limpiar mi aura.
—¿Su aura? —pregunta mirándome con suspicacia.
—Lo que sea que se consiga con una confesión.
La monja niega con la cabeza. Me ha parecido que enseñaba los dientes. Comienza a caminar hacia el fondo de la iglesia, mientras por lo bajini no deja de hablar consigo misma. Creo haber escuchado algunas palabras malsonantes en latín.
Nada más cruzar la verja de hierro que da acceso a la capilla del Santísimo Sacramento, la hermana se detiene, mira muy seria hacia un rincón en el que hay una pequeña caseta de madera labrada con excelente maestría y levanta su brazo con lentitud, señalando hacia ella.
No tiene ni idea de que está parada a escasos metros de una cripta que mañana mismo quedará al descubierto.
Con el brazo todavía apuntando hacia la garita, abre los ojos y me hace un gesto con la cabeza. Me imagino todo lo que me quiere decir con solo esas dos señas.
Yo asiento diligente.
Casi se me escapa un saludo militar. No quiero liarla.
Camino hacia el rincón de la capilla y entro en el confesionario.
Cierro una cortina de color burdeos que hace las veces de frontera con el mundo real y me siento en un estrecho banco también de madera.
Dentro huele a cuero viejo. Miro a través de un pequeño hueco que ha quedado entre la cortina y el marco por el que acabo de entrar y veo a la monja de pie, en el mismo lugar donde la he dejado, pero con el brazo ya bajado .
No se va, la tía. Será posible.
—Ave María Purísima —dice alguien al otro lado de la fina pared que divide el confesionario en dos.
—Buenas tardes —respondo tras unos segundos.
—Sin pecado concebida —me dice él.
Que te lo crees tú. Pero bueno, no vamos a entrar ahora en discusiones teológicas, que como se entere la monja no salgo de aquí vivo.
—¿Quiere confesarse, hijo? —pregunta el hombre con voz cansada, monótona diría yo.
En ese momento veo como la guardiana de la iglesia da media vuelta y se marcha con paso decidido en busca de otra presa.
—Sí, señor —contesto para hacer tiempo. Miro el reloj. Son las siete y cuarenta minutos de la tarde.
—Le escucho.
—Deme unos segundos para poner mis pensamientos en orden, padre —le pido, a fin de que se calle y me pueda concentrar para saltar.
—Por supuesto, hijo mío. Tómate tu tiempo.
Respiro con lentitud.
El silencio que me rodea, así como la oscuridad del interior de la caseta, me facilitan muchísimo el trabajo.
Pienso en el momento del destino. El robo tuvo lugar el viernes sobre la medianoche.
La iglesia cierra sus puertas a las diez, así que si salto sobre las once me va bien.
Tendré una hora de margen. Me concentro. Inspiro con calma y salto.