Capítulo 45
Plaza del Rey
Ando distraído hasta los primeros escalones que conducen al Salón del Tinell.
Me detengo en el segundo peldaño. Miro el viejo muro y veo la galera que Bernat dibujó sobre una de las centenarias piedras.
Una sacudida inesperada me sorprende al acordarme del chaval.
Espero que no sufriera daños durante el ataque.
Al temblor le sigue el enfado y a este, la rabia.
Un calambre en las manos me advierte de que tengo los puños demasiado apretados.
Estoy ansioso. Nervioso. Necesito zanjar algo.
Noto como las gotas de sudor caen por mi sien, aunque no hace calor.
Mi mente quiere dominar la situación, pero mi subconsciente ya ha tomado la decisión de volver al pasado para comprobar cómo está Bernat.
Sé de sobras que no es lo más inteligente. Ni lo más sencillo.
Me da igual.
Como diría mi tía: soy un cabezón y cuando una idea se instala en mi cabeza no hay vuelta atrás.
Aunque a primera vista no te lo parezca, el hecho de volver a comprobar si el chaval está bien es un acto muy complicado, demasiado arriesgado y extremadamente peligroso. A pesar de todo esto, nadie me va a hacer cambiar de opinión.
¿Qué por qué es tan peligroso? Porque, aparte de las dos consecuencias que ya te he contado que sufro y que me suceden durante mis saltos, el efecto Pausa, que hace que el tiempo en mi cuerpo se detenga, y el efecto Escondite, que uso para traer al presente reliquias de otros tiempos, hay otro que me preocupa de verdad porque es enormemente angustioso, doloroso y tan temerario que me podría causar la muerte: el efecto Imán .
El efecto Imán tiene lugar cuando me encuentro conmigo mismo en una misma línea temporal.
Sucede cuando estoy cerca de otro yo, de otro Quim por así decirlo.
Siento un terrible dolor de cabeza causado, me imagino, por la mezcla instantánea de mis dos mentes con sus respectivas imágenes, recuerdos, sensaciones y vivencias.
Cuanto más cerca esté de mi otro yo, más intenso es el dolor que sufro.
Ya he sido testigo, y comprobado in situ , que el Quim que más sufre es el último que llega.
El dolor es demasiado intenso, como si miles de agujas hirviendo perforaran mi cerebro y hurgaran en él hasta traspasarlo.
Lo he probado varias veces hasta el punto de tener que huir rápidamente del lugar.
No tengo la menor duda de que si me quedara en el mismo sitio demasiado tiempo mi cerebro acabaría por explotar.
O algo por el estilo.
¿Por qué pasa esto? No lo sé.
Seguramente forme parte de alguna chorrada del equilibrio universal. No tengo ni pajolera idea. Solo sé que es muy arriesgado y que por eso solo debo volver a un lugar en el que ya estoy si no me queda más remedio. En realidad, debería volver única y exclusivamente si de ello dependiera mi vida.
Y punto.
Este no es uno de esos casos, lo sé, pero Bernat me tira mucho. Necesito saber que está bien. Y para ello soy capaz de arriesgarlo todo hasta averiguarlo.
Me siento en las escaleras y respiro.
Necesito pensar cuál va a ser mi próximo paso, es vital minimizar los daños que pueda sufrir o cualquier día me quedaré lerdo, babeando, ido, en una época que no es la mía y que conllevará una muerte segura.
No debo volver al momento del ataque porque yo voy a estar allí.
Podría volver a un par de horas después, quizá entonces mi otro yo ya estará en casa del médico y de la psicópata de su mujer.
Confío en que haya distancia suficiente entre ambas mentes como para que el efecto Imán no tenga consecuencias.
—¿Por qué hablas solo ?
Casi no he escuchado la voz de la persona que tengo a mi lado y mucho menos entendido la pregunta. Mis ojos enfocan de nuevo hacia el centro de la plaza como si me acabara de despertar de un sueño. En mi cabeza todavía flotan imágenes del pasado. Incluso puedo olerlas.
—¿Perdona? —pregunto a la vez que me giro para ver quién se está sentando a mi lado en ese mismo instante.
Me sorprendo al ver que es Lucía.
—Hola, tontorrón —me suelta sin más—. Sabía que estabas mal de la cabeza, pero no tanto como para estar aquí solo, hablando con amigos imaginarios.
Su sonrisa me descoloca un poco, más si cabe.
—Solo estaba pensando en mis cosas —acierto a decir.
—¿Qué tal tu viaje por Francia? ¿Algo interesante?
La pregunta me pilla desprevenido. Ya ni me acordaba que solté esa excusa cuando desaparecí el miércoles pasado. Claro, ella no me ha visto desde entonces.
Le podría contar que casi muero si no llega a ser por un barbero de la época medieval. Y por los cuidados de mi amigo David, el doctor. Y por el helicóptero que me vino a recoger. Pero me callo, claro está.
—Fue bien —miento al fin—. Muy corto. Faltaban unos permisos y decidí volver para no perder allí demasiado tiempo. El lunes me iré de nuevo.
—Espero que algún día me lleves contigo.
—Por supuesto —contesto.
Si tú supieras.
—¡Cambiando de tema! —exclama—. Acabo de estar con Laura.
Se aparta un mechón de pelo de la cara y lo coloca detrás de su oreja. La miro sin pestañear.
Me gusta y mucho.
A veces pienso que sería mejor poner tierra de por medio para poder olvidarla lo suficiente como para no necesitarla. Pero sería muy doloroso.
La culpa pesa un kilo más para el que la parte .
—¿Me has oído, Quim? —pregunta de nuevo Lucía, esta vez dándome, además, unos golpecitos hombro con hombro.
Un pinchazo me recuerda la herida de la flecha, pero no digo nada. Disimulo.
—Sí. Perdona. Has estado con Laura… ¿Qué se cuenta? ¿Cómo lleva la investigación?
La verdad es que no he vuelto a pensar en Laura porque sé mucho más de lo que ella sabrá nunca. Aun así, finjo interés por la situación.
—Está muy molesta —cuenta Lucía. Eso me descoloca un poco.
—¿Por qué? ¿La han sacado del caso?
—No, sigue en ello y muy metida, además. Apenas descansa desde que empezó.
Lucía parece algo preocupada.
—He ido esta mañana a verla porque estaba muy nerviosa. Más bien, enfadada. Y mucho —Lucía mira instintivamente su móvil y prosigue—. Al parecer, alguien se ha colado esta madrugada en la cripta.
—¿Qué dices? ¿No estaba vigilada?
No me sorprende que alguien se cuele en una excavación aprovechando la noche, para nada. Lo he visto decenas de veces y lo he hecho otras tantas. Pero juraría que Laura quería poner un gran dispositivo como si allí se guardara todo el oro del Banco de España.
—Vigilada es poco —confirma Lucía—. Había dos equipos patrullando durante toda la noche.
Unos segundos de silencio se cruzan entre nosotros.
—No entiendo…
—Pues que alguien se ha colado burlando a cuatro agentes. No se han llevado nada porque ya no había nada que robar. ¿Cómo ha podido suceder? Ni idea —se responde a sí misma—. Ni siquiera ellos lo saben.
Lucía levanta las manos, asombrada.
—Y no solo eso. Ha habido disparos en el interior de la iglesia —añade un poco alterada—. Al parecer, uno de los Mossos disparó al ladrón .
—¿Qué me estás contando?
Un cosquilleo aparece en la base de mi columna. El sentido arácnido se acaba de activar y todavía no sé por qué.
—Laura dice que nadie ha podido acceder al interior de la iglesia sin pasar por delante de los agentes.
—¿Quizá lo hicieron por el techo? Si no recuerdo mal la lluvia hizo un agujero tremendo.
—No. Ya está reparado. Y las únicas ventanas que hay no se abren porque se sellaron hace décadas.
Yo entré por una de ellas hace unos días. Hace unos siglos. Sonrío al recordarlo.
—¿Te hace gracia? —me pregunta, extrañada.
—No, que va… solo es que me acabo de imaginar a los curas y a las monjas subidos en una escalera, soplete en mano, sellando las ventanas —miento para disimular. Aunque la verdad es que es una postal graciosa.
Sonrío un poco más.
Ella también.
Los dos acabamos riendo a carcajadas sin darnos cuenta.
—¡Mira que eres tonto! —suelta tras darme un pequeño empujón en el brazo que me recuerda, de nuevo, el desgarro de la flecha—. Estoy hablando en serio —me reprocha fingiendo un enfado.
—¿Quieres cenar conmigo algún día?
¡La hostia!
Lo acabo de soltar sin darme cuenta.
Mi corazón se detiene.
El tiempo con él.
Siento un sudor frío por todo el cuerpo que nada tiene que ver con mis intuiciones ni con el dichoso sentido arácnido. Esto es puro terror. Es como si mi tía se hubiera adueñado de mi mente y hubiera soltado esa pregunta a bocajarro por mi boca.
Mis ojos se mueven sin querer hacia la esquina para mirarla por el rabillo del ojo.
¿Cuántos segundos han pasado desde que he soltado esa pregunta? Parece una eternidad. No quiero mirar el reloj, eso no quedaría bien. Sería como decirle sin palabras: va, nena, estoy esperando una respuesta.
No sé qué hacer.
Mejor me voy.
Justo cuando estoy apoyando mis pies para tensar los músculos de mis piernas y salir huyendo de allí, noto que mi cara se gira hacia ella sin yo querer.
En ese instante me doy cuenta de que su mano sujeta mi barbilla.
Sus ojos me miran. Me estudian. Su boca tiene una ligera curvatura a causa de una sonrisa leve y traviesa.
Lucía no se acerca.
Se mantiene a la misma distancia.
Pues yo no pienso moverme. No puedo ni aunque quisiera. Estoy pasmado. Creo que hace rato que no respiro. Espero no desmayarme. Sería muy triste por mi parte.
—Claro que sí. Ya sabes que me gusta mucho cenar contigo.
Qué cabrona. Me está retando.
Sabe perfectamente que eso no era una pregunta para cenar como colegas como tantas veces hemos hecho. Su sonrisa se alarga un poco más. Juraría que está aguantándose la risa. ¿Está jugando conmigo?
—Ya… Sí… A mí también, ya sabes…
Joder, Quim, eres todo un poeta.
¡Espabila!
Acabo de imaginarme a mi tía dándome un pescozón. Creo que hasta he bajado la cabeza del golpe.
Lucía sigue mirándome.
—Estoy de broma, tontorrón —me suelta.
Yo sigo callado, sin respirar.
Lucía acerca su cara lentamente. Busca mi oído hasta pegar sus labios a mi lóbulo. Un escalofrío me sacude como si la temperatura hubiera bajado veinte grados en un segundo. Tengo los pelos de punta.
Oigo su respiración como si estuviera dentro de mi cabeza. Sus movimientos son lentos. Sensuales. Está jugando conmigo .
—Me encantaría cenar contigo —susurra pegada a mi oreja. Un suspiro se me escapa sin querer. No la veo, pero imagino su risa juguetona. Me tiene a su merced. Un segundo después noto en mi mejilla un beso caliente y húmedo que dura mucho más de lo normal.