Capítulo 44 #3
—Octavi ha percibido algo peculiar en el apellido, no me preguntéis por qué, ya conocéis la extraordinaria inteligencia de este chaval —aclara sin más dilaciones—.
Ha pasado el apellido por sus herramientas de inteligencia artificial que tanto ama y ha averiguado que Leviym significa levitas en hebreo.
—Levitas… Una de las doce tribus de Israel —la mente iniciada en la cultura judía del librero vuela lejos y las palabras salen sin permiso de su boca—. Descendientes de Leví, uno de los hijos de Jacob, precisamente la familia encargada de vigilar el Sancta Sanctórum.
—Si tú lo dices, me lo creo —indica el relojero—. Pensaba que eran cosa del pasado, de fábulas bíblicas creadas para mantener al rebaño dentro del cerco que controla su voluntad y su libre albedrío.
El librero lo mira y niega con la cabeza.
—¿Cómo puedes llegar a ser tan ateo? —inquiere el librero algo fastidiado.
—Soy ateo gracias a Dios —se defiende el relojero.
El librero niega con la cabeza, resignado.
—En fin… Hoy en día todavía se asignan ciertas tareas religiosas y ceremoniales a los descendientes de los levitas que se han identificado a lo largo de los siglos.
—¿Nada que aportar, mi querido Quim? —me dice el relojero mirándome con curiosidad.
No tiene un pelo de tonto e intuye que algo se cuece en mi mente.
Yo sigo callado.
Mi boca está seca.
Mis recuerdos están divididos en dos lugares alejados por miles de kilómetros y decenas de siglos.
Por un lado, siento el calor de las tierras de la antigua Israel mientras camino junto a los primeros levitas que vigilan el templo.
Por otro, mi mente vuelve a hace unos días, siglos atrás, cuando estuve junto a Ismael y Gerard de Monteagudo, el guardián, charlando sobre la posibilidad de que los individuos que asaltaron la caravana fueran levitas.
Y ahora aparecen aquí, en mi presente, al mando de una poderosa empresa que persigue los objetos que con tanto ahínco protegieron hace miles de años.
No puede ser casualidad.
Si algo tengo claro, que no es mucho, es que los levitas han estado tras los objetos del templo desde que lo saquearon y se llevaron su más preciado tesoro.
Aunque la llamada llegara desde el Vaticano, estoy seguro de que la Santa Sede no tiene nada que ver en esto.
Eso sí, no me extrañaría que este grupo tenga gente infiltrada allí y en medio mundo.
Debo volver y averiguar más sobre los atacantes.
—No tengo mucho que aportar, la verdad —les miento, intentando mantener la compostura—. Esta nueva pista me deja un poco en fuera de juego.
—Una familia ancestral y milenaria que busca con ahínco lo que ellos creen que les pertenece por derecho propio, vamos, lo típico de cualquier película de aventuras de palomitas, sofá y manta —ironiza el relojero.
—Yo no me lo tomaría a broma —advierte el librero muy serio—. Esta familia siempre tuvo mucho poder y jamás me hubiera imaginado que llegaran hasta hoy unidos, millonarios y con recursos casi ilimitados.
Pasan los segundos y ninguno decimos nada. En el fondo sabemos que la situación ha cambiado de forma drástica y que se nos puede ir de las manos en cualquier momento.
—Creo que sería bueno dejar enfriar el tema unos días.
Necesitamos pensar sobre lo que ahora sabemos y evaluar la situación —les digo.
Ellos me miran en silencio. Veo en sus ojos que están un poco perdidos—.
Deberíamos de cubrirnos las espaldas por si acaso las pistas conducen hasta el manuscrito y, por lo tanto, hasta tu librería.
Don Emilio me mira .
—El manuscrito está a buen recaudo. No lo podrían encontrar ni en un millón de años —aclara para tranquilizarme.
—Pero hasta ti sí podrían llegar —señala el relojero, con buen ojo—.
Crearemos una factura de compra a nombre de una empresa fantasma —indica sin dar opción a posibles discusiones—.
Así, si alguna pista los llevara hasta tu negocio, solo has mostrar la factura.
Lo tuviste, sí, no lo vamos a negar, pero lo vendiste al día siguiente.
Octavi puede hacerte incluso un ingreso a tu cuenta desde otra ilocalizable.
—Muy buena idea —añado, algo aliviado—. Y que ellos se preocupen de seguir las pistas.
Tengo claro que esta jugada no es nueva para ellos.
El librero asiente satisfecho.
—No me parece mal. Así me quedaré más tranquilo. Y sin deshacernos del manuscrito.
—¡Genial! —exclamo a la vez que me levanto—. Mañana o pasado me iré de viaje de nuevo. Lo digo por si no nos vemos. No sé cuántos días —miento para cubrirme las espaldas—. No creo que tenga cobertura donde voy, así que si no contesto no os preocupéis.
Ambos asienten sin decir nada.
Recojo los vasos de la mesa y los llevo a la barra para que mi tía no tenga que hacerlo. Ella me mira y espera a que le cuente algo. Me conoce como nadie.
—¿Cuándo dices que te vas?
Está en todo, la tía.
—Supongo que el lunes a primera hora.
Le doy un beso y me despido.
Salgo a la calle. Observo los alrededores.
La zona está bastante desierta a pesar del buen tiempo que hace. A mi izquierda puedo ver la plaza del Rey. Está muy limpia en comparación a cómo la recuerdo de mi visita hace siete siglos.
Respiro profundamente.
Cierro los ojos y disfruto del extraño silencio del barrio.
Respiro de nuevo y comienzo a caminar hacia la plaza, sin saber muy bien por qué.