El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 44 #2
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Capítulo 44 #2

A mi memoria retorna la llamada que recibieron desde el Vaticano.

Si tienen la sede principal en Roma, quizá la persona que hizo la llamada no tiene nada que ver con la Santa Sede y tan solo estuviera de paso.

O puede ser que sí. Que trabajen para ellos y vayan tras el tesoro del rey Salomón.

En el fondo tiene sentido. Si los romanos se llevaron el Arca cuando asaltaron el templo, tal y como indican las estelas del arco de Tito que se conserva en el foro romano, hoy debe de estar oculta en los sótanos del Vaticano.

Y si de repente se han enterado de que en Barcelona hay una cripta que pudo ocultar los tesoros de Salomón tiempo después, sospecharán que el Arca que tantos años han venerado es falsa. Y eso les habrá jodido enormemente.

—Dijisteis que hicieron una llamada cuyo destino fue la Ciudad del Vaticano, ¿verdad? —pregunto para introducir mi idea con calzador.

—Así es —responde el relojero—. El que contestó estaba muy cerca de la plaza de San Pedro.

—¿Podría ser que esa empresa… —busco en la libreta del librero, pero no acabo de encontrar el nombre entre tanto garabato—, Vimley no sé qué, tuviera algo que ver con el Vaticano?

—Todo puede ser —opina el librero—. Aunque lo dudo. Si bien es cierto que The Vimley Company tiene su sede en Roma, Octavi no ha hallado vínculos con el Vaticano .

—Otro tema distinto es que alguna vez hayan trabajado para la Santa Sede —aclara el relojero—, porque si de gobiernos corruptos hablamos, los vendehúmos santurrones del Vaticano se llevan el premio gordo.

—Sin contar con que la llamada que nos interesa la pudo haber recibido tanto el mismísimo Santo Padre, como alguien que trabaja para el servicio de limpieza del Vaticano, como un tipo de Valladolid que en ese momento andaba de turismo en la ciudad con su familia.

Don Emilio tiene razón.

Es imposible saberlo a ciencia cierta.

Pero yo recuerdo perfectamente que uno de los tipos llamó a su interlocutor sommo .

Y eso tiene que significar algo. Yo no llamo a nadie sumo o supremo si no lo es de verdad.

Colega, amigo, tío, tronco, compañero, camarada…

Y si fuera algo más serio como mucho me dirigiría a él como jefe, señor o don Fulanito.

Mucho me temo que estamos andando por arenas movedizas.

La puerta del bar se abre y Octavi aparece en escena. Ojea el interior del local. Una vez que se contenta con lo que divisa se acerca a nosotros.

Nos saluda con un movimiento laso de barbilla.

Su rostro es neutro: ni sonríe ni está serio ni todo lo contrario.

El flequillo le tapa casi todo el ojo derecho.

Cada pocos segundos se lo aparta con la mano.

Tiene uno de esos tics que el chaval seguiría haciendo durante semanas, aunque hoy le cortaran el pelo al cero.

Es un joven de pocas palabras y dedos rápidos. Vale sus sesenta kilos en oro.

Me mira y me guiña un ojo.

Tenemos un trato amable, siempre que podemos nos ayudamos mutuamente y sin hacer preguntas. Son las mejores alianzas que existen. Las preguntas están de más.

En cuanto el relojero acaba de leer el papel que le ha entregado su pupilo, lo mira y asiente. Octavi vuelve a hacernos el desganado saludo mandibular y se marcha sin más. Solo cuando pasa por delante de mi tía abre la boca para despedirse.

—Hasta luego, Rosa —dice antes de salir del bar .

—¿Y bien? —inquiere el librero, con cara de preocupación.

Don Alfonso sostiene el papel entre unas manos algo temblorosas.

—Dudo que el Vaticano, al menos como institución, ni el tipo ese de Valladolid que decías tengan nada que ver con todo este asunto que nos atañe —indica don Alfonso sin dejar de jugar con la hoja entregada por Octavi. La dobla una y otra vez.

—¿Vas a contar algo más o tenemos que adivinarlo?

Hay veces que la parsimonia de estos dos me pone de los nervios.

—Octavi ha penetrado hasta las raíces de la compañía madre. Ha obtenido los nombres de los doce miembros del consejo de administración que, al parecer, y según veo por el apellido que gastan, pertenecen a la misma familia.

El tono del relojero es apagado. Casi diría que triste. O preocupado, no lo tengo claro, entre otras cosas, porque no lo he visto alterado desde que lo conozco.

—Vamos, suéltalo todo —le apremio—. ¿Qué tiene de raro que sea una empresa familiar?

—Eso mismo digo yo —añade el librero.

—No hay nada insólito en que sean familia, por supuesto, nadie prohíbe a padres, hijos y hermanos laborar unidos por una misma causa, si no que se lo digan a los Borbones, lo que le ha llamado la atención a Octavi es el curioso apellido de la estirpe: Leviym —aclara don Alfonso, pensativo, casi susurrando—.

Para mí hubiera pasado desapercibido como un guepardo en la sabana, pero Octavi, como siempre, le ha dado una vuelta de tuerca.

—Leviym no es más que un anagrama de Vimley, el nombre de la empresa —indica el librero avispado.

En ese instante un escalofrío recorre mi espalda.

Mi sentido arácnido vuelve a la carga.

Yo he escuchado antes ese nombre. Estoy seguro.

Y no cerca de aquí, ni en la distancia ni el tiempo.

El escalofrío se acentúa a medida que recorre mi espina dorsal subiendo hasta mi cuello y explota en mi cabeza en el mismo instante que mi cerebro encuentra la respuesta.

Pero no puedo decirla en voz alta. No sin desvelar parte de mi secreto.

Yo no debería saber eso que tanto preocupa al relojero y que su pupilo ha descubierto.