Capítulo 44
Bar de Rosa
Han pasado cuatro días desde que pisé el bar de mi tía por última vez.
Seguro que se extraña de que haya regresado tan rápido de mi supuesta excavación, pero es lo que hay.
Tendría que haber vuelto al presente y dejar que pasaran todos los días que estuve en el pasado, pero, mira, no estaba yo por la labor de afinar el salto, suficiente tuve con no morir en el intento.
—¿Ya estás de vuelta? —pregunta mi tía.
Ya lo sabía yo.
A esta no se le escapa una
—Y qué cara traes, por Dios. Estás hecho un despojillo, alma de cántaro.
Y aquí tenemos el saludo natural y directo al corazón de la Rosa. No lo hace por joder, ella es así, pero a veces no apetece escuchar lo mal que uno está. Uno ya lo sabe. Uno se da cuenta.
—Han sido días intensos y de duro trabajo, tieta. Apenas he dormido.
—¿Quieres un bocadillo de los tuyos? —pregunta guiñándome un ojo. Sabe lo que necesito ahora mismo.
—Por favor —le ruego.
—¡Marchando un bocata de beicon crujiente en pan tostado con mantequilla!
Cuánto quiero a esta mujer. Es mi tía, pero ha hecho de madre sin que nadie se lo pidiera.
Me siento en mi taburete y abro el periódico del día.
Hoy dice el periódico, que ha muerto una mujer que conocí …
Es curioso ver como con algunos gestos cotidianos vienen a mi cabeza frases de canciones que me han acompañado toda la vida. Esas letras que describen el día a día de cualquier ciudadano del mundo son las que más calan. Las que no olvidas.
Miro a la clientela y compruebo que Lucía no está.
Casi mejor, porque mi tía tiene razón, a pesar de haberme recuperado del veneno estoy bastante demacrado. Y no es para menos. Creo que es la vez que más cerca he estado de la muerte. Volver a pensar en esto me llena el estómago de cosquillas y me recuerda las ganas que tengo de cortar cabezas.
Ya son las doce y cuarto. El relojero y el librero deben de estar a punto de llegar. Les avisé de que hoy pasaría por aquí.
Mi tía deja sobre la barra un bocadillo tamaño extragrande y un café recién hecho al lado.
—Como a ti te gusta.
Su mirada está repleta de cariño.
Me aúpo sobre el reposapiés metálico que recorre toda la barra del bar y le doy un beso en la mejilla. Un repentino dolor me recuerda el desgarro en el gemelo y las heridas de las flechas. Yo disimulo.
Ella sonríe.
—Te quiero, tieta.
—Yo más. Come, a ver si mejoras ese careto.
Dicho esto, se larga para meterse en la cocina de nuevo.
El bocadillo cruje a cada bocado. Sabe a gloria.
La puerta del bar se abre y por ella entra el dúo Sacapuntas. A veces mi tía los llama así. Antes eran el trío Calavera, pero, desde que murió mi abuelo, se han quedado en un dúo.
—¡Quimet! —me saluda don Emilio, el librero.
—Buenos días, mi querido Quim —saluda después don Alfonso, el relojero. Hoy parece más serio de lo normal.
El librero se sienta y coloca los codos sobre la mesa, entrelaza sus manos y apoya la barbilla sobre los pulgares.
Lleva haciendo ese gesto desde que lo conozco.
Ahora está en modo pensativo, con la vista perdida en la calle y, como siempre, a la mitad de las revoluciones que el resto de los humanos.
Siempre me dice que ir con prisas es una pérdida de tiempo.
Que lo que debe ser será. Y, si no, pues que no lo sea.
Una filosofía interesante, pero difícil de entender para mí que soy un culo inquieto que necesita tenerlo todo atado y planificado al dedillo.
El relojero se sienta junto a su colega.
Tarda algo más en hacerlo. Supongo que hoy le duele la rodilla, igual que la cadera y la espalda.
Tiene un no sé qué en las articulaciones.
Depende del día le duele más o menos. Hoy parece ser uno de los días malos.
En cuanto consigue sentarse, alisa su pechera.
Viste con corbata, camisa y chaqueta. Como siempre desde que lo recuerdo.
Debe de tener por lo menos cien trajes distintos.
Siempre ha defendido la opinión de que la impresión cuenta más de lo que la gente admite.
No le quito razón. Seguro que es unos de los motivos por los que todavía estoy soltero.
Nunca he sido el mejor vestido. Ni el más guapo del baile.
Yo sería el que se queda sentado en la silla sin saber a dónde mirar.
Nada más acabar mi suculento bocadillo me uno a ellos. Al sentarme noto la tirantez de los puntos que David me puso en la herida de la flecha del muslo.
Mi tía nos sirve una ronda de lo que siempre pedimos. Nos mira. Nos repasa.
—Como lo metáis en algún lío os corro a garrotazos por toda Barcelona con este bastón —advierte muy seria.
El relojero agarra su bastón instintivamente.
Mi tía Rosa se marcha sin esperar respuesta.
El dúo ya la conoce. Saben que es buena persona. También son conscientes de que si algo me pasara por culpa de ellos mi tía cumpliría su amenaza sin pensarlo dos veces.
—En fin… ¿Qué me contáis de nuevo? —les digo.
Se miran. El relojero hace un gesto con la mano e invita a que su colega del alma comience a hablar.
—Andamos un poco perdidos, no te voy a engañar.
El librero saca su inseparable libreta y la pone encima de la mesa. Pasa unas cuantas hojas hasta que encuentra la que busca. La mira. La lee.
—Veamos… Dejamos el cebo en el lugar indicado .
A mi cabeza vuelven recuerdos de los dos italianos que desafortunadamente entraron en su tienda.
—Octavi le colocó un localizador para que pudiéramos seguir la pista —me informa el relojero.
—Así es —confirma su amigo—. El seguimiento duró menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Aun así, creemos que fue efectivo.
Y podría parecer que con esa frase acaba su explicación. Pero no es así. Esa larga e interminable pausa es típica de él. La hace con total normalidad para alteración de su compañero de faenas que, sabedor de su forma de ser, toma el relevo.
—El cebo llegó hasta un edificio situado junto a El Corte Inglés de la Diagonal —aclara el relojero—. Una bella dama muy bien vestida bajó a recogerlo y, antes de subir a las oficinas, lo pasaron por el escáner de seguridad.
—El localizador pitó y ahí acabó su corta e insignificante andadura —termina por contar el librero.
—¿Sabéis quién era esa mujer o dónde trabajaba o para quién? —pregunto atónito.
—Por supuesto —chulea el relojero con un asomo de sonrisa—. Ahí acabó la aventura del cebo, pero no nuestras pesquisas. Octavi ha hecho sus indagaciones.
—Entonces serán buenas —afirmo.
En los ojos del relojero puedo ver el orgullo que tiene por su pupilo.
—Nos ha dado el historial completo de esa dama —apunta el librero con parsimonia.
—Es asistente de dirección de una empresa llamada Vimley Consulting & Security —concluye don Alfonso, al ver que su amigo inicia otra extensa pausa de las suyas.
—Ni idea. No me suena de nada —admito tras pensar unos segundos.
—Es una consultoría internacional. Tiene sedes en distintas capitales de los cinco continentes.
Se dedican a todo lo que te puedas imaginar, desde compraventa y subastas de arte y antigüedades, pasando por tecnología e inteligencia artificial, hasta finalizar en temas de seguridad privada con mercenarios que colaboran con gobiernos de medio mundo —me informa el librero.
—Hay algo que ocultan, he de suponer —apunto—. Si no, no tiene sentido que esa empresa busque los objetos del templo.
—No lo cuestiones en absoluto —confirma el relojero. Mira a su compañero y espera—. Esta gente esconde más pecados que mi añorado club Bagdad.
El librero busca en su desgastada libreta hasta que encuentra algo en concreto.
—Esa empresa pertenece a una compañía matriz llamada The Vimley Company —informa don Alfonso. Pasa una página y continúa leyendo—. Según los registros oficiales, se dedica a la conservación y restauración de antigüedades. Tiene su sede en un edificio de la Via Catalana, en Roma.
—La información oficial, para empresas como esta, no sirven de nada.
Papel mojado. Esta gente hará de todo lo que nos podamos imaginar —les digo, aunque esto mismo ya lo saben estos dos perros viejos que tienen mucha más experiencia que yo en según qué trapicheos—.
Estoy seguro de que mueven muchísimo dinero.
—Mucho es poco —confirma el relojero muy serio—. Instituciones como estas son las que dirigen a las masas, hacen girar el mundo, derrocan gobiernos y colocan otros nuevos para llevar a cabo sus propios intereses.
Este nuevo dato cambia las reglas del juego por completo.
Observo al dúo Sacapuntas.
—Ahora que ya se habrán dado cuenta de que sus dos sicarios han desaparecido, enviarán a otros hasta completar su misión, porque sociedades como estas no abandonan sus objetivos así como así. ¿Estamos en peligro? —les pregunto.
—No lo descarto en absoluto —responde primero el relojero—. Estos tipos son como los galgos del canódromo. Una vez que han visto la liebre no pueden dejar de correr .
—Todo depende… —añade seguidamente el librero con seriedad—. No sé lo que saben. Quizá si los dos tipos que visitaron la librería dieron mi nombre podríamos estar en el punto de mira. Si no, no tenemos por qué estar en su radar.
Los tres dejamos de hablar por unos segundos.
Bebemos de nuestras respectivas tazas y nos miramos.
—No creo que sepan de nosotros. Me jugaría el dedo meñique —indica el relojero—. Estoy casi seguro de que esos dos desgraciados eran de los que informan cuando el encargo ha finalizado.