Capítulo 43
Barcelona
Abro los ojos. Tardo unos segundos en comprender lo que veo.
Estoy en una habitación de paredes blancas.
Huele a limpio, a desinfectante, a hospital.
El ambiente es fresco, pero agradable. Puedo ver una gran ventana que deja entrar algo de luz por un resquicio de la parte inferior de la cortina.
Escucho unos pitidos a mi espalda. Ladeo la cabeza para mirar.
Me duele el cuello. También los hombros.
Es una máquina con cables que llegan hasta el brazo y controlan mis constantes.
Estoy en la consulta de David. No me cabe ninguna duda de que Víctor se ha ocupado de todo, como siempre.
Es mi hombre de confianza. Le pago muy bien para que solucione cualquier problema.
Es el encargado de buscar clientes para mis artículos, compradores de cualquier parte del mundo, de llamar a quien yo necesite en el momento que lo requiera.
Es mi asesor personal, aunque casi no nos vemos en persona en todo el año.
Lo ayudé hace tiempo en un asunto de vida o muerte y él me lo agradece siendo la persona de confianza que cualquiera necesita a su lado.
Una llamada y él se ocupa del resto. Es mi ángel de la guarda.
Miro mi brazo. Me tira un poco. Tengo una vía que recibe una buena dosis de suero salino, o antibiótico, o ambas cosas.
No lo sé. Un pequeño tubo acoplado a mi nariz emite un susurro que deja escapar el frío oxígeno.
Intento mover los pies y las manos y siento alivio cuando lo consigo.
Vuelvo a tener sensibilidad. Debe de ser por eso que noto la molestia en el gemelo.
Al levantar la sábana puedo ver que la herida está cubierta por un apósito .
La puerta se abre y aparece una enfermera de cara sonriente. Entra con paso rápido y seguro.
—Buenos días, Quim —saluda la mujer. Se dirige hacia la ventana y corre la cortina para iluminar la habitación.
Es Mireia, la enfermera de David. Ambos son de confianza.
No es la primera vez que me atiende, aunque espero que sea la última. A quién quiero engañar. Esta profesión tiene demasiados imprevistos. Y ninguno sano.
—¿Qué tal estás? Has dormido de lo lindo.
Acerca un carro hasta el borde de la cama. Me coloca un termómetro cerca de la frente hasta que emite un pitido. Después acopla una cinta en mi brazo izquierdo para tomarme la tensión.
—Creo que estoy algo mejor —respondo.
La verdad es que todavía estoy medio sopa.
—Aunque no recuerdo cómo llegué hasta aquí.
—¿Qué es lo último que recuerdas? —pregunta mientras anota temperatura y tensión.
—Llamar a un amigo por teléfono pidiendo ayuda.
—No te preocupes, ahora viene David y te cuenta.
—¿Qué día es hoy? —quiero saber.
—Viernes, 25 de abril.
Dicho esto, da media vuelta y se marcha.
Mi mente está algo dormida. Supongo que entre esas bolsas colgadas de la percha que alimenta mi brazo también hay un buen calmante.
Aun así, puedo ver que mi salto al presente fue un churro.
Salté al pasado el martes 22 de abril. Estuve de viaje por lo menos siete días.
O sea que tendría que haber vuelto el 29.
Sin embargo, he vuelto entre medias. Ni chicha ni limoná, como diría mi tía.
Tampoco puedo pedir más. Estaba completamente tocado entre el veneno y el jodido mordisco del lobo.
Intento recordar qué me sucedió, pero las imágenes llegan a oleadas intermitentes. No me enteré de nada. Pasé de estar montado a caballo a acabar en casa de una loca psicópata. Si tenía heridas de flecha, no cabe duda de que nos asaltaron y yo fui de los primeros en caer .
Un nudo se cierra en mi estómago y me estremece.
Por un lado, estoy preocupado por Bernat, por Ismael, por Sarah, por Myriam… Por otro, me preocupa que los asaltantes fueran algo más que vulgares ladrones de caminos y que hayan ido directos al tesoro. Algo me dice que, después de dos asaltos en pocos días, alguien más va tras los objetos.
La sensación de cabreo que siento crecer en mi interior me grita que debo volver y cortar de cuajo las cabezas de todos y cada uno de esos mamones lanzadores de flechas.
Respiro para calmarme.
Los pitidos han aumentado de velocidad y me chivan que debo tranquilizarme. Ahora mismo no puedo hacer nada. Debo planificarlo con calma. Si algo tengo es tiempo.
Tengo tiempo de sobras para volver.
Observo de nuevo la habitación.
He estado aquí más veces de las que me hubiera gustado. Es un lugar tranquilo en el que no hacen preguntas ni has de rellenar formularios ni partes de seguro de ningún tipo. Es una consulta privada, todo legal, pero con un par de estancias que siempre han servido muy bien a los Mora.
David, el doctor de confianza que lleva años socorriendo a la familia en algunos quehaceres y que se ha ganado a pulso ser parte de ella, no hace preguntas. A cambio recibe lo que pide. Sin regateos. En efectivo. Directo a su bolsillo. Y la verdad es que vale cada céntimo que hemos pagado.
—¡Colega!
Doy un respingo. Al parecer me he quedado medio dormido en los últimos veinte segundos.
—Cuéntame… ¿Cómo te sientes?
David se sienta en la silla que hay junto a la cama. Mira los datos que ha apuntado Mireia y sonríe. Es alto, moreno. Tiene el pelo rizado y barba de un par de días. Sus ojos son vivos. Amistosos.
—¡Estás hecho un toro! —indica a la vez que toca el botón de un mando que hace que me eleve hasta que quedo casi sentado .
—No me siento como un toro, la verdad —respondo con algo de miedo. A ver, me siento mejor, pero con estos asuntos nunca se sabe—. No recuerdo nada después de llamar a Víctor.
—Estás bien, Quim. Puedes estar tranquilo.
Creo que en mi cara se refleja la preocupación.
—Tienes dos heridas penetrantes, una en el hombro izquierdo y otra en el muslo derecho.
No han traspasado demasiado, así que no han desgarrado nada importante.
El peligro principal de estas heridas viene por el veneno —informa sin dejar de mirarme fijamente.
Calla durante unos segundos y como no añado nada continúa hablando—.
El desgarre en el gemelo a causa del mordisco no ha sido tan grave como parecía. Te quedará una cicatriz, pero pequeña.
Levanta las manos. Sonríe.
Quiere saber.
—Ya sabes que nunca pregunto, pero, tío, cuéntame, lo necesito… —Me mira con atención—. ¿Heridas de flechas envenenadas por acónito y mordeduras de lobo?
Yo guardo silencio.
—Me muero de ganas de saber, colega.
Nos miramos durante unos segundos.
Yo le contaría mis aventuras, pero es que no me va a creer. Y no quiero ponerlo en peligro. Él no sabe nada de nada y si la policía llegara algún día hasta aquí, para las fuerzas del Estado el doctor solo se ha limitado a curar.
Y así ha de seguir, por su bien.
—No te lo creerías, amigo —le suelto—. Lo que sí te puedo decir es que esta vez pensé que no lo contaba.
David hace un gesto muy sutil con la cabeza al comprender que no le voy a desvelar nada. Pero es un profesional y no protesta. Cobra demasiado bien como para discutir.
Sonríe de nuevo.
Nos tiene aprecio y no solo por sus ganancias.
—Casi no lo cuentas, es cierto. Todavía no sé cómo has podido soportar tal cantidad de veneno durante tanto tiempo. Tendrías que estar muerto.
Lo miro sin comprender .
—Fuimos a buscarte en el helicóptero. Dijiste que las heridas de flecha eran de hacía por lo menos dos días.
—No lo recuerdo.
—Eso explicaste —me aclara—. La mordedura de la pierna era muy reciente, todavía sangrabas, pero las otras dos heridas ya habían comenzado a cicatrizar.
Yo escucho atento.
—Durante el vuelo te saqué sangre para analizar. Y te puedo asegurar que nadie puede sobrevivir varios días con esa cantidad de acónito en el cuerpo. Deberías haber muerto.
Su mirada es profunda.
No entiende y quiere saber, porque David siempre ha tenido un alma de científico dispuesta a investigar, a aprender. Es astuto como un zorro y aunque siempre ha sabido que los Mora no somos como los demás, esta vez intuye que hay algo más, un trasfondo incomprensible para él y para la ciencia.
No puedo contarle el motivo. No me creería si le explico que estoy vivo gracias al efecto Pausa.
Ya te lo conté antes: durante el tiempo que transcurro en el pasado no envejezco porque es como si la actividad en mi cuerpo se detuviera.
O algo así, imagino. Lo mismo que hace que no me salgan arrugas ni canas ha hecho que el veneno no me mate.
El veneno consiguió noquearme durante días, cierto, pero no logró acabar conmigo.
Eso sí, estoy convencido que el tiempo que pasó desde el salto hasta que David me trató, corrí más peligro que en todos los días anteriores ya que, al no haber efecto Pausa, mi cuerpo respondió como el de cualquier otro. Quizá por eso me desmayé nada más llegar al presente.
—No sé, tío, pero estaría muy bien compartir con la ciencia lo que sea que te ha hecho sobrevivir a esto.
Veo en sus ojos que su interés es puramente científico.
Ojalá pudiera, amigo.
—Quizá algún día me puedas ayudar a entender algunas cosas que me pasan —le digo con sinceridad.
Estoy hablando más de la cuenta. Pero si hay alguien indicado para responder a las preguntas que tengo, sin correr el peligro de acabar tumbado en una camilla como rata de laboratorio, es él. Eso lo tengo claro.
—Lo haría con mucho gusto. Ya sabes que nada de lo que me cuentes saldrá de aquí —indica con sinceridad.
Veo una chispa de esperanza en sus ojos.
Está deseoso de saber.
—Algún día. Te lo prometo, amigo.
David asiente. Se da por satisfecho. Supongo que, el saber que algo extraño sucede y que cabe la posibilidad de que él forme parte de ello, no satisface su curiosidad, pero la aplaca.
Estoy seguro de que por su cuenta él ya ha analizado mi sangre, mi orina y a saber tú qué más.
Nos conocemos desde hace mucho y sé que no es de los que se quedan sin respuestas sin al menos intentarlo.
Pero no va a encontrar nada raro, porque lo extraño me sucede durante el viaje, no en el presente.
—Te dejo que descanses.
Coloca su puño cerca de mí y yo lo choco. Desde la pandemia todo el mundo choca los puños. La gente ha dejado de darse la mano por la calle. Costumbres que cambian.
David da media vuelta y sale por la puerta
—Por cierto —añade asomando medio cuerpo—, un genio este Víctor. Como siempre.
Yo asiento, satisfecho.
—No sé lo que le pagas, pero lo vale.
Mucho. Le pago mucho.
Pero si sirve para salvarme la vida en momentos como el que he vivido, lo vale, sin duda.
—¿Cuándo me dejarás marchar? —pregunto.
Se ríe.
—Mireia te sacará sangre en un rato. Si estás limpio y no te mareas al levantarte ya podrás irte —responde tras pensar unos segundos—. Pero la herida de la pierna hay que curarla cada dos días al menos durante una semana.
—Me parece bien.
—Yo te recomiendo quedarte hasta mañana. Necesitas descansar. Dormir. Tu cuerpo ha estado sometido a un estrés severo. No tengas prisa .
—Tú mandas, amigo.
Se marcha.
Me quedo pensativo.
Todo ha funcionado a la perfección. Cuesta una pasta mantener este tipo de contactos. Así como toda una infraestructura que me apoya cuando lo necesito, pero te das cuenta de lo que vale cuando la requieres y responden como profesionales. Y te salvan la vida, literalmente.
Observo la herida de mi gemelo e imagino lo poco que me faltó para volver sin un trozo de pierna. Me hubiera gustado ver la cara del lobo cabrón al quedarse sin cena.
Sonrío.
Mireia entra de nuevo dispuesta a sacarme por lo menos un litro de sangre por lo que veo. Lleva media docena de botes en una bandeja.
—No te asustes que no te voy a pinchar. Ya llevas una vía en la muñeca y voy a sacarte sangre por ahí.
—Me parece genial —contesto.
—¿Quieres que llame a alguien? —pregunta.
La verdad es que no lo había pensado.
Me gustaría llamar a Lucía y que viniera a hacerme compañía. La echo de menos. Pero ya la conozco y sé lo curiosa que es. Debería responder a demasiadas preguntas.
¿Por qué estás aquí y no en un hospital?
Podría decirle que entra por la mutua, pero no es verdad. Solo con preguntar en la recepción sabría que es privado.
¿Cómo has llegado hasta aquí?
Podría explicarle que, por mi propio pie, pero, herido como estoy, no es nada creíble.
Y solo faltaría que se enterara de que llegué en un helicóptero que además es mío, que está a mi disposición siempre que lo requiera. Demasiadas cuestiones que prefiero no responder.
—No, gracias, Mireia —contesto tras unos segundos de meditación—. No es necesario llamar a nadie.