Capítulo 42
Presente
Edificio Vimley C&S
Barcelona
Una vez acabada la reunión, los cinco hombres que han viajado en el tiempo ocupando los cuerpos de cinco pobres desgraciados sin culpa alguna, abandonan la estancia. Las dos mujeres permanecen sentadas observando como el resto sale de la lujosa sala de juntas.
—¿Qué opinas? —pregunta la mujer rubia. Se llama Ruth Leviym. Treinta y largos. Pelo corto. Lleva una falda larga de color negro a juego con la chaqueta y los zapatos. La blusa es blanca, con el último botón desabrochado que deja ver un fino colgante de oro.
—Creo que estamos más cerca que nunca.
La mujer que contesta es físicamente parecida a Ruth, algo más joven y con un estilo completamente distinto, más desenfadado y menos clásico. Viste de rojo. Falda algo más corta que la de Ruth, aunque siempre por debajo de las rodillas. Se llama Shira Leviym.
Son primas y dos de las mujeres que forman parte del consejo de administración de una empresa familiar creada hace muchos siglos. Un lugar en el que se respetan las tradiciones sin dejar de adaptarse a la evolución que llega con los años. Con los siglos.
La costumbre de esta antigua empresa familiar dicta que el consejo de administración esté formado siempre por doce mujeres del mismo linaje. Por debajo de ellas están todos los hombres que viajan a través del tiempo .
Y por encima de todos ellos está el Sumo Sacerdote, al que todos llaman Sumo para abreviar.
Este lugar siempre lo ha ocupado un hombre.
Alguien que haya hecho logros notables durante sus viajes y que, una vez jubilado de sus funciones, sea elegido por el consejo de administración para el puesto de más importancia.
Dejará de estar en la cumbre cuando las doce mujeres del consejo, al unísono, lo crean conveniente, cuando él lo deje voluntariamente o, simplemente, cuando muera.
Así se ha hecho desde hace miles de años.
—Estar cerca no significa conseguirlo —remarca Ruth.
Sigue sentada en la cómoda butaca, mirando hacia la montaña de Collserola. Su prima se levanta y camina hasta la mesita del fondo. Se sirve un café y la mira.
—¿Quieres?
Ruth niega con la cabeza.
—¿Has podido averiguar algún dato sobre la libreta que nos dejaron en la recepción?
—Nada. El localizador no se puede rastrear. Alguien nos ha querido tender una trampa.
—Daremos con ellos —asegura Ruth.
—El Sumo no nos da permiso, ya lo sabes. No quiere que nos ocupemos de temas del presente, tan solo de asuntos del pasado.
—¿Qué opina él? —quiere saber Ruth. Se coloca bien un mechón de su pelo rubio.
—El Sumo no va a dejar pasar esta oportunidad. Sabe la suerte que tiene de estar viviendo este instante. Podría pasar a los anales de la historia como el hombre que logró recuperar lo que un día fue nuestro.
—Espero que cumpla con su cometido y haga todo lo que crea necesario para rescatar los objetos del Templo. —Shira bebe y disfruta de cada sorbo de su café—. Nadie, hasta hoy, ha estado tan cerca de ellos.
—Recobrar lo que nos robaron —susurra Ruth.
—¿Cuál es el siguiente paso ?
—En cuanto se recuperen volverán a viajar. Tienen que conseguir más pistas. Debemos saber dónde y cuándo estarán para hacernos con ellos.
—Son solo cinco contra toda una caravana y otros tantos protectores bien entrenados y que ahora ya saben que vamos a por los objetos que custodian —dice Shira. Se acerca a una de las sillas y se sienta. Mira a su prima—. Necesitamos a más gente o perderemos esta valiosa oportunidad.
—Ya están de camino —informa Ruth—. El Sumo ha enviado a siete hermanos. Los mejores, según él.
—¿Viajaran doce a la vez?
—Así será. Y porque más no se puede, sino enviaría a todo un ejército contra esos malditos protectores.