El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

En una casa desconocida

Ficaris

El sol se esconde de nuevo y las sombras comienzan a caer sobre la pequeña casa del único médico de la ciudad. Pedro Marlet lleva años haciendo de barbero y curando los principales males que acontecen a la buena y tranquila gente de Ficaris.

El tumulto ocurrido días atrás no pilló a nadie por sorpresa, ya que en esta época la calma y tranquilidad son una utopía al alcance de muy pocos.

Pero sí que coincidieron los testigos en que fue un ataque sin sentido.

Los asaltantes no robaron nada. Ni siquiera lo intentaron.

Únicamente se dedicaron a lanzar flechas, cobijados tras los arbustos que flanquean el camino de entrada a la ciudad.

Eso sí, todas y cada una de las flechas eran extremadamente venenosas.

El único superviviente de ese fatídico día permanece acostado desde entonces sobre un manto de paja en la casa de Marlet.

—¿Hasta cuándo va a estar este despojo en nuestra casa? Ya lleva sin sentido dos días.

La voz chillona de la mujer rompe la concentración de Pedro, que estudia con atención a su paciente.

—Se llama Quim. No es un despojo —contesta el médico molesto—. El judío nos ha pagado muy bien para que lo cuidemos hasta que se recupere, no lo olvides. Además, es mi obligación como médico.

—¿Hasta cuándo? —repite la mujer con los brazos en jarras. Seria. Con cara de pocos amigos.

—Hasta que se recupere, he dicho. Está en un estado de estupor distinto a los que he visto hasta ahora —informa Pedro sin dejar de observar a su paciente—.

Irá a mejor. No tengas ninguna duda —añade confiado a la vez que decidido—.

Vigílalo mientras visito a doña Carmela, me han avisado de que vuelve a estar mal de la espalda.

Dicho esto, el hombre sale con su maletín repleto de todo tipo de líquidos y ungüentos.

No ha pasado un minuto cuando la mujer del médico se acerca hasta Quim y le da unos pequeños puntapiés.

—A ver si se despierta ya. O se muere. Da igual. Pero no lo quiero aquí por más tiempo —expone de mala gana.

Observa los botes que su marido guarda en una repisa y reconoce uno de ellos. Es uno que le ha visto utilizar decenas de veces. Se usa para despertar a las personas que se desvanecen de pronto. Lo coge. Lo abre y un olor penetrante llega hasta el fondo de su cerebro.

Aleja el bote de su nariz, asqueada, y se agacha junto a Quim. Coloca el frasco bajo su nariz y lo aprieta contra ella como si quisiera que el enfermo aspirara todo el contenido del pequeño bote.

Y funciona.

Quim abre los ojos de par en par.

Sus pupilas están completamente dilatadas. Grita de repente, como si lo hubieran metido en la hoguera junto a las brujas del pueblo.

La mujer cae de espaldas y el contenido del frasco se derrama sobre el suelo. El olor es penetrante, intenso, casi doloroso. Quim tiene los ojos abiertos, consciente, pero sin saber ni dónde está ni qué le sucede.

¿Qué coño está pasando? No me puedo mover. Joder. Mis manos y mis pies tardan una eternidad en obedecer cualquier orden que les doy. ¡Me cago en la leche santa!

¿Quién es esta mujer que me mira con ojos de loca?

—¿ Pienere ? —pregunto con excesivo esfuerzo. Creo que no he dicho lo que quería decir.

—¿ Pe ma pazao ? —repito .

Mierda. No puedo hablar.

¿Quién es esta tiparraca?

¿A qué viene esa cara de asco?

—¿Qué dices? —me pregunta ella—. No te entiendo.

—¿ Pónde esdoy ?

¿Qué coño está saliendo por mi boca?

—No entiendo tu idioma.

—¿ Pe me ha pazao ?

Mis labios apenas se abren para vocalizar. La lengua está hinchada. O al menos así lo noto. Es peor que cuando salgo del dentista. Qué sensación más asquerosa.

No sé qué coño ha sucedido, pero está claro que no estoy bien. Algo le está ocurriendo a mi cuerpo. No me puedo mover. No puedo hablar. No sé qué hago aquí. No recuerdo nada.

—Le han herido —me dice por fin—. Con una flecha. En realidad, creo que con dos. Están envenenadas. Mi marido, que es doctor, dice que las han untado con raíz de lobo.

El tiempo se detiene por completo. Todavía más.

Oh, no. Oh, no. ¡Mierda!

Hago un repaso mental de los síntomas del acónito, que así es como se conoce también a la raíz de lobo: parálisis, dificultad para respirar y, finalmente, la muerte. No es que yo sea un especialista en venenos ni nada de eso, es que me enseñaron a usarlo en uno de mis viajes para cazar venados.

Esto sí que no me lo esperaba.

Joder.

No existe un antídoto específico para este jodido veneno. Solo un tratamiento inmediato puede darme alguna posibilidad de supervivencia. Me tienen que mantener con vida mientras mi cuerpo lo elimina del organismo por sí solo.

Tengo que salir de aquí ya.

Debo saltar a mi presente para ir a un hospital de los de verdad, pero no puedo hacerlo desde el interior de una casa medieval. Es demasiado arriesgado. Vete tú a saber dónde acabo.

Voy a probar con otra cosa, a ver si me entiende .

Levanto mi mano después de varios intentos y señalo hacia la calle.

—¿Quiere irse? —me pregunta.

Asiento.

La mujer sonríe.

Qué risa más tenebrosa tiene esta tía.

Se levanta, coloca bien los bajos de su vestido y me agarra con fuerza por las muñecas. Acarrea conmigo hacia la puerta, arrastrándome sin compasión. Veo como se detiene al llegar a ella, la abre y sigue con el arrastre hasta la calle.

Me deja tirado en el suelo como a una mierda y se aparta.

Será cabrona.

—No le puedo soltar en mi puerta a la vista de cualquiera que pase por aquí. Aunque ya está oscureciendo, mi casa está en el centro del pueblo. Lo dejaré en la parte de atrás.

La loca habla en voz alta.

Pues muy bien, soputa , muchas gracias.

Acto seguido, me trinca de nuevo por las muñecas y me lleva a rastras por la tierra hasta lo que parece la parte trasera de su casa. Pero no contenta con ello, sigue su marcha. Empiezo a notar un ligero dolor en la espalda y en el culo a pesar de la insensibilidad que tengo.

Y la cosa empeora cuando sigue arrastrándome por encima de las hierbas, las blandas, las duras y las que pinchan.

¡Será hija de puta!

—¡ Jadebuta ! —logro soltar entre babeos.

—¡Que no le entiendo, hijo del demonio! —exclama ella entre esfuerzos, sin dejar de tirar de mis brazos, que ya deben ser más largos que mis piernas.

Se ha detenido bajo un antiguo puente de corte románico que pasa por encima de un río.

Me mira con asco.

Yo le devuelvo la mirada con el mismo cariño. O más.

—Aquí se queda.

Sin más explicaciones, da media vuelta y se pierde entre la creciente oscuridad del lugar antes de que pueda darle las gracias. Ojalá hubiera podido al menos escupirle .

No sé si hace frío o calor, si estoy mojado o seco, o si me estoy desangrando después de ser arrastrado por medio pueblo. Pero lo que sí que puedo escuchar con total claridad es el aullido de los lobos que pueblan las montañas.

Recuerdo haber leído que en esta época la población de lobos es muy alta, tanto que son un problema constante para los animales de granja e incluso para los humanos.

Y yo soy uno de ellos. Además, inválido.

Y sangrante. Hecho que no tardará en llamar la atención de algún depredador cercano.

Algo cruje frente a mí. No puedo ver nada, está demasiado oscuro, pero lo he oído con claridad.

Dos puntos rojos aparecen entre los árboles.

Mierda.

Otros dos más a pocos metros. Son lobos.

Me van a comer vivo.

Debo saltar ya.

Intento no escuchar el tenue sonido de las ramas que se mueven a pocos metros de mí. Cierro los ojos. Un aullido espeluznante resuena muy cerca. Diría que a diez metros como mucho. El pequeño riachuelo me separa de ellos. Y no creo que tenga suficiente cauce como para que no lo crucen.

Respiro.

Me concentro.

Olvido todo lo que acontece a mi alrededor.

Creo que me están rodeando. Adivino las pisadas en los crujidos de las piedras que pueblan la ladera del río.

No pienses, Quim.

Solo déjate llevar.

Respira.

La luz llega. Noto como mi peso desaparece.

Por fin algo de paz.

Pasan dos segundos y vuelvo a notar el peso de mi cuerpo, el aire en mi cara.

El dolor.

¡Joder! ¡Qué dolor!

Sobre todo, en mi pierna .

A pesar de que no tengo el cien por cien de sensibilidad, me duele a rabiar, tanto que grito como un elefante marino en plena época de celo.

El alarido resuena en medio de la noche de tal forma que no tardo en ver luces aparecer por la ribera del río.

—¿Qué te ha pasado? —exclama un hombre acompañado de un niño.

—¿Esto es un gamusino, papá? —curiosea el niño.

—¡Está herido! ¿Le ha atacado un animal? —pregunta el hombre, alumbrando a mi pantorrilla.

Logro levantar la cabeza lo justo para ver el desgarro en mi gemelo y la sangre que discurre entre las piedras. No lo he notado, pero sin duda uno de los lobos me ha mordido antes de saltar.

—Sí.

Aprovecho la media mentira para camuflar una increíble e innecesaria verdad.

—Necesito un teléfono —le digo.

Ahora puedo hablar bien, pero el dolor es mucho más penetrante que cuando estaba en el pasado. Noto como voy perdiendo la consciencia. No me queda mucho tiempo.

Marco un número en el móvil del hombre.

Espero. Alguien contesta.

—Dime.

—Víctor, ven a buscarme.

—Ok. Te geolocalizo y voy. ¿Qué más?

—Me ha mordido un lobo.

El hombre me mira asustado al oír esas cinco palabras, abraza a su hijo y se gira en redondo en busca de la fiera.

—Ah, y ven con algo para envenenamiento por acónito. Date prisa. Me queda, como mucho, una hora.