El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

Presente

Edificio Vimley C&S

Barcelona

La totalidad de la décima planta del edificio pertenece a una reconocida consultoría internacional, especializada en tecnología y seguridad digital llamada Vimley Consulting & Security.

Junto a la lujosa sala de juntas se encuentra otra más pequeña y menos iluminada que carece de grandes cristaleras que dejen ver su interior.

Para acceder a ella es necesario poseer una tarjeta especial que tan solo un reducido grupo de personas poseen.

Algunas de ellas han entrado hace pocos minutos.

El interior de la sala está en penumbra, ya que las luces permanecen tenues durante las sesiones.

Las paredes están reforzadas para que ningún ruido pueda llegar al interior, facilitando así la necesaria concentración de sus inquilinos.

En el centro de la sala hay una mesa redonda cubierta de botellas de agua y una pequeña caja metálica de color negro.

Alrededor de ella, una docena de cómodos sillones se alinean perfectamente como las marcas horarias de un reloj.

En este instante solo cinco de ellos están ocupados.

Cinco hombres, todos pertenecientes a la misma familia, están reclinados en mullidas butacas dignas de una lujosa sala de cine.

Sus piernas permanecen estiradas y apoyadas sobre un reposapiés que se ocultará bajo el sofá cuando finalicen la sesión.

Respiran calmados, como si estuvieran profundamente dormidos .

El primero en despertar es Jacob, el más veterano. Segundos más tarde, el resto abre los ojos con algo de dificultad, como si la luz les quemara las pupilas. Están serios.

Un instante después comienzan las convulsiones. No es un despertar apacible. Más bien todo lo contrario.

Como si se tratase de una coreografía ensayada, todos y cada uno de ellos tensan sus mandíbulas a la vez que cierran de nuevo los ojos, mordiendo con fuerza las férulas de descarga que evitan que sus dientes se dañen.

Las manos se agarran a unas asas que sobresalen de los laterales del sofá y que están ahí adrede.

Las patadas serían tremendas si no fuera porque las piernas están atadas al reposapiés por una gran cinta de velcro de color negro.

El convulso y desagradable instante dura más de lo que ninguno de ellos desearía.

Pero ya están acostumbrados. Cada retorno es igual.

Cada fin de viaje es idéntico. Eso sí, cada uno es peor que el anterior.

Un esfuerzo titánico que solo las mentes jóvenes y preparadas pueden soportar.

Por este motivo, la edad de jubilación en el oficio de estos hombres no sobrepasa los treinta y cinco.

A excepción de Jacob, que ya sobrepasa los cuarenta y cinco.

—¡Esto es un subidón! —grita uno de ellos nada más quitarse la férula de la boca. Es el más joven. Veintidós años recién cumplidos. Suelta el amarre que le sujeta las piernas y se incorpora de un salto para coger una de las botellas de agua.

El resto permanece en silencio. Visiblemente cansados. Intentando recuperar un ritmo adecuado de respiración. A algunos les cuesta más.

—Dale un tiempo, pixa , verá como no vuerve tan contento y esitao —avisa Jacob con conocimiento de causa.

—Deja al chaval que disfrute. Todos hemos pasado por esa fase. ¿Ya no recuerdas ese momento de éxtasis?

—Creo que el gordo que me ha tocado la ha palmado.

— Vihila con ezo, cabesón, zi la palma estando en zu mente, te azeguro que tú ya no vuerve. Zi muere allí, muere aquí. Ya lo zabe . No huegue con ezo .

Su compañero asiente y calla .

Poco a poco se levantan de las butacas para estirar sus músculos. Cada uno de ellos toma una pastilla del interior de la caja negra que hay sobre la mesa y bebe agua con ganas.

Minutos después, una vez recuperados, dejan la habitación y se dirigen hacia la sala de juntas principal.

Es una estancia mucho más luminosa. Toda la pared exterior es de cristal.

A través de ella, la montaña de Collserola vigila ajena al paso del tiempo.

La estancia huele a ambientador con toque de limón. Es agradable. Así como su temperatura.

En el exterior el día es soleado y la luz natural llega hasta el último rincón. En el centro de la sala una mesa ovalada de color oscuro destaca contra un suelo blanco y brillante. Alrededor de ella se reparten más de una docena de sillas. Tan solo dos están ocupadas.

Nada más entrar, los cinco hombres van directos hacia una mesita que ocupa un extremo de la habitación. En ella, sobre un mantel blanco e impoluto, descansan dos termos: uno de café recién hecho y otro de agua caliente para las infusiones. Justo al lado hay una bandeja con todo tipo de aperitivos.

Dos mujeres observan pacientes.

Esperan sentadas. Presiden el enorme tablero cuya superficie refleja parte del paisaje exterior.

Permanecen en silencio, atentas. Ambas son de mediana edad.

Una es rubia, la otra morena. Una viste de negro, la otra de rojo.

Dos estilos distintos para dos poderosas damas que persiguen un mismo objetivo.

—¿Y bien? —dice la morena, cansada ya de aguardar a que tomen asiento. Los hombres, hambrientos tras el regreso, siguen dando buena cuenta del café y los minibocadillos. Al escucharla, dejan de comer y se dirigen hacia la mesa.

—No ha ido der todo má —responde Jacob. Es el portavoz del grupo. También es el que tiene más experiencia. Piensa retirarse ese mismo año.

Se sienta cerca de la mujer morena, pero deja una silla vacía entre los dos.

—Eso suena bastante ambiguo —indica la mujer rubia .

—He de desí que ha habido bastantes muertes. Hemo eliminao a uno de los protectores. Ya zolo quedan cuatro —informa esta vez con más detalle.

—¿Y el extranjero? —preguntan las dos al unísono.

— Eze también ha caío .