El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

Ficaris

Decenas de cuerpos quedan esparcidos por el sendero que lleva hasta las puertas de la muralla.

Entre ellos, el de uno de los guardianes y el de Quim.

Arrodillado a su lado, Ismael sujeta la cara de su compañero de viaje y le grita para intentar despertarlo, sin éxito.

Bernat llora desconsolado sin soltar la mano de su amigo.

Junto a él, de pie y en guardia, Gerard de Monteagudo vigila con su espada desenvainada.

Observa atento ante cualquier movimiento sospechoso.

Los atacantes ya han huido, cobardes, ocultándose entre la maleza y esparciéndose por el frondoso bosque.

Tan solo se han limitado a disparar flechas sin dejar la seguridad de los arbustos que rodean el camino.

Esta vez no ha habido lucha cuerpo a cuerpo.

En cuanto la lluvia de flechas ha cesado, la contienda ha finalizado.

Ninguno de los componentes de la caravana se ha atrevido a seguirlos.

Tampoco los guardianes han roto su posición para intentar vengar la muerte de su compañero.

No entra en sus planes. Lo que protegen es mucho más importante que ellos mismos. Que todos ellos juntos.

Sarah se acerca al cuerpo inerte de Quim y coloca el dedo en su cuello. Espera, paciente, levantando y colocando la yema del dedo en diferentes lugares.

—¿Qué haces? —pregunta Ismael.

—Observé que él lo hacia el otro día —contesta Sarah.

Ismael la mira esperando algún tipo más de explicación.

—Me dijo que era la forma más fiable de saber si alguien estaba muerto. Me explicó que si sentías unos pequeños golpes bajo la yema del dedo es que su corazón todavía vivía .

Gerard, de pie y sin dejar de vigilar que nadie se acerque más de lo debido, la mira de reojo.

—¿Yace sin vida? —pregunta el portador de la espada que algún día perteneció a un caballero de la Orden del Temple.

—¿Verdad que no? —lloriquea Bernat.

Sarah hace un gesto con la mano para que guarden silencio. Acerca su oreja a la boca de Quim y espera unos segundos, que al chaval se le hacen eternos, hasta que dice:

—Creo que no. Aunque mucho me temo que, si no hacemos algo pronto, lo estará.

A un kilómetro y medio de la caravana, cinco hombres se esconden entre la maleza nada más cruzar la cima de una pequeña colina.

Están cansados. Un par de ellos respiran con bastante dificultad.

Uno, en concreto, el que lleva un delantal repleto de manchas resecas de sangre que resaltan su imponente barriga, está rojo como un tomate.

Siente como si su corazón se fuera a partir del esfuerzo que acaba de realizar.

No han parado de correr ni un segundo desde que han lanzado la última flecha. El ataque no ha sido todo lo exitoso que habían previsto, pero, aun así, sus saetas han acertado a bastantes cuerpos. Esta vez no querían dar opción alguna de una lucha cuerpo a cuerpo.

—No ha estado der todo má , pero zolo hemo podio acabá con uno de los protectore —dice uno de los hombres. Es el más joven de ellos. No debe de tener más de veinte años.

—Y con el extranjero —añade otro con unos brazos robustos y definidos. Porta un peto como los que llevan los herreros cuando trabajan ante la fragua para evitar que las chispas quemen sus ropas—. A ese le he clavado dos flechas por lo menos. Te digo yo que ese tío ya no lo cuenta.

— Zí , coño, pero ezo no era lo que habíamo planeao. Los teníamo que habé matao a todos —indica de nuevo el más joven. El resto guarda silencio—. No vamo a tené otra oportunidad como esta, joé . A partí dahora, ezoz cabrone estarán en guardia .

—Yo… no… Joder... Creo que me está dando un ataque al corazón —susurra el del delantal sucio. Apenas puede respirar. Está tumbado de lado y el peso de su enorme barriga no le permite cambiar de posición.

—Le está dando un ataque de verdad —señala el herrero. Ríe a carcajadas con los ojos muy abiertos. Es una risa histérica más digna de una hiena que de un ser humano.

Todos ellos comienzan a emitir risotadas, incluyendo la propia víctima que, entre toses y esputos sangrientos, se mofa de sí mismo de una forma alocada e insana.

— Vuerve ante de que la palme o te quedará lelo pal resto de tu vida —ordena el joven—. Vorvamos todo que aquí ya no hasemo ná .

Nada más acabar la frase, los cuerpos de los cinco hombres quedan tumbados e inertes entre la hierba. Cuatro de ellos parecen dormidos y respiran con cierta normalidad, pero el quinto, el que lleva el delantal manchado de sangre, convulsiona violentamente cuando su corazón se rompe.

Por la boca de Santiago, el carnicero del pueblo y uno de los hombres más queridos en Ficaris, aparece una espuma blanca. Sus ojos rojos, inundados en sangre, se cierran entre lágrimas a los pocos segundos de que los espasmos cesen.