Capítulo 38
Girona
En cuanto Ismael da el aviso, nos ponemos en marcha.
Dejamos atrás la seguridad de Girona, donde se han quedado tres carretas con sus familias y algunos hombres más que probarán suerte en esta ciudad.
Ellos no lo saben, pero hasta aquí también llegará la interminable persecución a la que serán sometidos.
Yo no voy a decir nada. No puedo. Ya la he cagado suficiente en este viaje.
Tras el ataque sufrido, dos días de descanso en esta bella localidad nos ha tranquilizado a todos. Ismael me ha evitado siempre que nos hemos cruzado. Supongo que no quiere verse obligado a darme unas explicaciones que no está autorizado a desvelar.
Nadie ha vuelto a hablar de los levitas. Ni una sola palabra.
Por supuesto, los guardianes tampoco me han dicho ni pío.
Ni siquiera han cruzado una triste palabra conmigo.
Han pasado totalmente de mí. Y mira que lo he intentado...
Pensaba que después de luchar junto a ellos quizá me habría ganado un lugar en su mesa, pero ni por esas.
Como en el instituto, vamos. Más solo que la luna.
Aunque el día es fresco y despejado, en un par de horas el sol ya calentará lo suficiente como para tener calor y demasiada sed. No sé qué pasa en esta época que no paro de beber agua. Suerte que tengo esas pastillas que la potabilizan y no hacen que me cague patas abajo día sí y día también.
Nuestro destino de hoy es Figueres, a unas diez horas de trayecto.
Después proseguiremos con rumbo a Perpegnan, tal y como estaba previsto.
El ataque no ha cambiado los planes iniciales de nadie.
Bueno, quizá alguno de los que se han quedado en Girona no lo habían planeado así y por miedo a otra matanza es posible que hayan decidido ampararse tras el cobijo de sus murallas.
Nos esperan tres días hasta llegar al destino final.
Quizás algo menos, todo depende del terreno y de las horas que andemos a diario.
Viendo cómo ha ido hasta ahora, no creo que lleguemos antes de cuatro jornadas.
Son bastante lentos. La verdad es que me da igual.
Más tiempo tendré para intentar sonsacar a Ismael y acercarme a los guardianes.
No sé muy bien cómo llamarlos. Tal vez sean caballeros, quizá solo son mercenarios. Guardianes me parece un buen nombre. Los guardianes del tesoro del templo del rey Salomón.
¡Toma ya!
Sonrío.
Ojalá estuviera aquí mi padre.
En este instante cabalgo junto a la carreta de Ismael. Bernat va sentado junto a él. Observa a su alrededor. En su regazo lleva una hoja. No ha dejado de apuntar frases. Quiere relatar el viaje, dice.
Me saluda con la mano.
—¿Conoce el camino que vamos a recorrer? —me pregunta curioso.
—No. Lo vamos a descubrir juntos.
A mi memoria llega un poema.
—«Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar».
Bernat me observa con los ojos abiertos.
—Me gusta ese poema. ¿Puede repetirlo, señor Quim? Quiero escribirlo para que no se me olvide.
Un escalofrío me recorre el cuerpo.
Menudo bocazas soy.
¿A que le jode el poema a Machado ?
—Este poema es de un gran poeta de mi tierra, Bernat. No es bueno copiar los versos de otra persona.
Me mira.
—Debes de dar rienda suelta a tu imaginación y crear los tuyos propios.
Por su mirada, creo que lo que le he dicho le parece bien.
Menos mal.
El chaval deja la hoja y salta del carro en marcha.
Corretea junto a otros niños alrededor de mi caballo.
Sonríe. Es feliz. Es el único que habla conmigo.
Ojalá pudiera adoptarlo y llevarlo a mi presente.
Fliparía con la cantidad de objetos que tendría a su alcance para jugar y divertirse.
Aquí también lo hace, a su manera, por supuesto, con cuatro palos y una pradera llena de guijarros para correr ya les vale y les sobra.
Lo que disfrutarían con un campo de hierba y una pelota de fútbol.
Sonrío nada más pensarlo.
Tras seis horas de viaje sin descanso y después de subir una empinada colina, puedo ver a lo lejos una pequeña fortificación.
Ahora que estamos más cerca me percato de que tiene unas murallas que parecen nuevas, como recién levantadas. El ajetreo de carros que entran y salen me indica que es un lugar conocido y frecuentado en esta época. La verdad es que no sé muy bien dónde estoy.
Entramos al lugar a través de la puerta principal. Un hombre mayor apostado a un lado vigila con desgana a todo el que entra.
—Disculpe —le digo para llamar su atención—. ¿Cómo se llama este lugar?
—Está entrando en la villa de Bàscara —contesta sin apenas mirarme.
Ya sé dónde estoy.
No he visitado antes este lugar, pero al escuchar su nombre lo acabo de situar perfectamente en el mapa. Ya hemos recorrido cerca de dos terceras partes del viaje .
Al parecer hoy es día de mercado, por eso hay tanto movimiento de gente, de carros y de mercadería.
Ismael dirige la caravana hacia la derecha del camino y se detiene en un lugar amplio, lo suficiente como para que todos los viajeros puedan parar unos minutos sin molestar al resto del pueblo.
Pocos segundos después, varias mujeres y niños se apean de las carretas y se dirigen directos al mercado. Supongo que van a comprar provisiones.
Yo voy a hacer lo mismo.
Bajo del caballo y me doy cuenta de cuánto me duele el culo.
No estoy acostumbrado a cabalgar tantas horas seguidas.
Lo dejo atado al carro de Ismael y Sarah y me dirijo hacia la plaza mayor del pueblo, lugar en el que decenas de mercaderes compran, venden y trapichean con sus productos.
Voy a ver si veo algo que me llene el estómago porque estoy muerto de hambre.
Tras apenas una hora y media, la caravana se pone de nuevo en marcha.
Según mis cálculos deben de faltar unas cuatro horas para que el sol se ponga.
Si no nos detenemos llegaremos antes del anochecer.
Y por las prisas, juraría que no tienen intención de volver a dormir a la intemperie, en medio del trayecto, a merced de los ladrones.
Prefieren descansar tras la seguridad de una muralla, aunque sea pequeña.
Poco antes de que los últimos rayos del sol se oculten tras las llanuras del oeste avistamos la muralla de Ficaris.
En mi tiempo esta ciudad se llamará Figueres.
He estado alguna que otra vez y me parece muy bonita.
Lástima que no mantenga el encanto que tiene ahora.
Las murallas que se levantan ante mí desaparecerán, excepto una de las torres, que sobrevivirá y formará parte del museo Dalí, genio natural de esta localidad.
En la puerta que da acceso al interior de la ciudad puedo ver a dos hombres de guardia. Supongo que deberemos de pagar por dormir tras las murallas. Una parte de ese pago irá para las arcas de la ciudad, otra para los bolsillos de los guardias, sin duda alguna.
La primera carreta llega a la puerta y se detiene .
Ismael baja y charla con uno de los centinelas, mientras el otro se aleja para ver el tamaño de la caravana.
Debe de estar calculando el monto del impuesto a pagar.
Yo cabalgo cerca del carromato en el que supongo que llevan los objetos de la cripta.
Los he vigilado noche y día por si se les ocurría sacarlos y esconderlos en alguna parte de Girona, o del camino, pero no han tocado nada.
Tienen un plan y no lo van a cambiar a pesar del ataque sufrido.
Cerrando la expedición van dos de los guardianes. Están atentos al terreno. No se les ve cansados, al contrario.
Ismael se sube de nuevo a su carro. El guardia de la puerta se aparta y su mano se mueve haciendo un gesto para que entremos. Ya me parece oler el aroma de una sopa casera. Creo que voy a comerme tres platos, dos hogazas de pan y después dormiré como un bebé.
Una oleada de ardor me invade de repente, acompañada de un mareo repentino. Tengo mucho calor, demasiado, a decir verdad.
Veo entre nubes de niebla como los guardias comienzan a cerrar las puertas de acceso a la ciudad.
Lo que observo a mi alrededor parece suceder a cámara lenta.
Oigo gritos ahogados de hombres y mujeres que se mezclan con las exclamaciones de soldados asomados a lo alto de la muralla.
Los ojos se me cierran y me cuesta horrores mantenerlos abiertos.
Tengo muchísimo sueño.
El sofocante calor que siento deja paso a una ola ardiente que sube hacia mi cabeza y palpita en mis sienes hasta el punto de que creo que me va a explotar.
La vista se me ha nublado por completo.
Alguien grita a mi lado, pero no entiendo lo que dice. Suena como un disco a menos revoluciones de las que toca.
No entiendo nada.
Solamente sé que estoy muy cansado.
Pierdo el agarre de las riendas y el mundo gira a mi alrededor. Siento que algo cruje en cuanto caigo al suelo, pero no llega acompañado de dolor alguno. Al contrario.
No siento absolutamente nada .
Es una sensación familiar, como ese instante previo al inicio de una intervención quirúrgica en el que sabes que te vas a dormir placenteramente durante horas.
Abro los ojos con mucho esfuerzo y, tras un velo borroso, intuyo la arena del suelo a unos centímetros de mí. Alguien pasa corriendo a mi lado y cae. Su cabeza queda cerca de la mía. Tanto que puedo intuir que sus ojos son azules. Me mira. Jadea. Tose. Escupe. Tose de nuevo.
Silencio.
Diría que ha muerto sin dejar de mirarme.
No puedo moverme.
Ni mis manos ni mis pies responden.
No siento dolor alguno.
En realidad, solo siento paz y una calma absoluta.
El mundo a mi alrededor se vuelve oscuro y silencioso.