El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

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Barcelona

Una avalancha de personas deambula frente a las puertas del edificio de El Corte Inglés situado en la parte alta de la Avenida Diagonal.

Cientos de cabezas circulan absortas en sus quehaceres, ajenas a todo y a todos.

Entre el gentío que transita por la concurrida zona se puede distinguir a dos personas que se mueven a una velocidad distinta a la del resto.

Sus pasos son lentos. Van con la cabeza alta.

Observando. Vigilando. Atentos a lo que acontece a su alrededor.

Se podría decir que son las dos únicas mentes despiertas del lugar, distantes a la rutina que los envuelve.

Uno de ellos se detiene y apoya sus dos manos sobre un bastón digno de un marqués.

El otro lo mira. No dice nada, solo espera.

A su alrededor zigzaguea la muchedumbre.

Son como dos piedras en medio de un río de gente, inmóviles, ajenas a la corriente y al tiempo.

El del bastón hace un imperceptible movimiento con la cabeza.

Su acompañante mira hacia donde apunta la barbilla del otro.

—¿Ese viejales es el que lleva la libreta? —pregunta don Emilio.

Don Alfonso lo mira de arriba abajo.

—Solo debe de tener diez años más que nosotros —responde. Cambia el peso a su otra pierna sin dejar de apoyarse en el bastón.

—Llamémosle pues hombre de la tercera edad —observa muy serio don Emilio—, de la alta tercera edad, para ser más correctos .

—Emilio, nosotros también somos viejos.

—Yo no me considero como tal, Alfonso. Soy un jubilado de joven espíritu.

—Salta a la vista, vamos —contesta mientras lo repasa con la mirada de nuevo.

Ambos reanudan la marcha. Siguen de cerca, pero no demasiado, a un hombre algo mayor que ellos, que pasea encorvado, con paso lento y comedido.

Ronda los ochenta. Quizá algo más. Viste traje y corbata.

En su mano derecha porta una cartera de cuero marrón desgastada que tendrá más o menos su misma edad.

Cada pocos pasos se detiene. Respira con dificultad, momento que aprovecha para observar a su alrededor con disimulo.

—Hay que ir con ojo. Este individuo sabe lo que hace.

Don Alfonso aguarda junto a su amigo. Mira hacia otro lado. Se ha percatado de que el hombre mayor inspecciona sus espaldas. Que observa con recelo a su alrededor para comprobar si alguien lo sigue.

Don Alfonso y don Emilio se sientan en uno de los bancos de piedra que pueblan el lugar. La gente sigue fluyendo entre ellos y el anciano, que ahora se encuentra a unos treinta metros de distancia.

—Vamos a darle más espacio —indica don Emilio.

Pocos segundos después, el hombre del traje gris prosigue con su lento caminar.

El semáforo se ha puesto en rojo para los peatones y él se detiene, obediente.

No tiene prisa. El paso del tiempo no va con él.

La gente lo sortea y cruza entre los coches detenidos por el tráfico, pero él espera, paciente, hasta que la luz verde le indica que ya puede cruzar.

Cada paso le supone una pesada carga, mientras el resto de los viandantes lo adelantan como si ni siquiera existiera en su misma dimensión.

Se detiene ante la puerta de un edificio de paredes acristaladas oscuras.

Parece fabricado por la mente de un niño con enormes piezas de Lego, cuadradas, colocadas una encima de otra, hasta hacer un edificio de diez plantas.

Se construyó a juego con dos torres situadas al otro extremo de la calle, redondas, más altas y coronadas en la parte superior por un anuncio que gira incansable, circunvalando el inmueble cada pocos minutos, cuyo texto reza «CaixaBank».

A una veintena de metros, el librero y el relojero aguardan y observan como el hombre entra en el edificio.

Tras cruzar, ambos se dirigen hacia el mismo lugar sorteando a todo el gentío que les viene de cara.

Llegan hasta la puerta. Se detienen. Observan.

Un leve gesto del relojero es suficiente para que ambos accedan al interior.

Nada más entrar, experimentan una bajada notable de la temperatura, pero sin ser molesta.

El interior se divide en dos partes bien diferenciadas: a la izquierda, unas escaleras mecánicas dan acceso a tiendas de ropa y de comida rápida; a la derecha, un mostrador largo y varios tornos metálicos llevan hasta unos ascensores.

Junto al mostrador, sentado en un cómodo sofá rodeado de plantas naturales, espera el hombre mayor.

—Ahí está —señala don Emilio.

Su amigo asiente. Ambos caminan hacia el lado contrario y se detienen junto a un cajero, propiedad del banco dueño del edificio. Don Alfonso saca su tarjeta y la introduce en el interior de la máquina para disimular, mientras el librero, a su lado, vigila de reojo.

El trasiego de gente que merodea por las tiendas, así como de los que entran y salen de los ascensores, hace que los dos viejos ladrones, convertidos en espías, pasen desapercibidos.

—Esa mujer parece que lo busca —observa don Emilio sin perder detalle—. Veintipocos. Elegante.

La joven pasa por uno de los tornos de seguridad y saluda cordialmente a uno de los dos guardias de seguridad.

Anda con paso decidido hasta el hombre que espera sin prisa en el sofá.

Se sienta junto a él e intercambia algunas palabras.

Parecen un abuelo y su nieta charlando de sus cosas. Nadie les presta atención.

Desde donde están, el librero y el relojero no llegan a entender lo que dicen. Emilio coloca una cámara sobre el cajero para grabar la escena y así no perder detalle. Es el primer modelo digital que sacó a la venta Olympus a finales del siglo veinte .

—Estamos demasiado alejados —advierte don Alfonso, preocupado—. Y no es que dispongamos de una vista de halcón, precisamente.

—Da igual. Octavi seguro que sabrá sacar buenas imágenes de la grabación.

—De una cámara moderna quizás sí. De esa antigualla que vivió los inicios de la Primera Guerra Mundial no creo que pueda obtener más que unas pocas tomas borrosas.

El relojero parece sonreír.

Pasados unos segundos, el hombre mayor abre su maltrecha cartera y le entrega a la joven un sobre grande, de esos acolchados.

—Ahí va nuestra libreta —advierte Emilio.

—Necesitamos saber quién es el destinatario final.

—¿No crees que sea ella? —pregunta el librero.

—Podría ser, pero supongo que tan solo es una colaboradora a la que han enviado a buscar este envío especial.

La joven vuelve sobre sus pasos, esta vez con el sobre en la mano. Llega a uno de los tornos de seguridad y coloca su tarjeta en el lector. El grueso cristal que hace de barrera se abre al momento para dejarla pasar.

El hombre mayor inicia su paseo hacia la salida. Don Emilio y don Alfonso acechan como dos depredadores sigilosos. Uno sigue con la mirada a la joven. El otro al hombre de la cartera.

—¡Maldición! —exclama don Emilio.

—¿Qué sucede?

—Van a pasar el sobre por el escáner de seguridad. Debemos irnos de aquí.

Nada más decir esto, ambos amigos se dirigen hacia la salida sin mirar atrás. Cruzan la puerta y desaparecen entre la multitud, justo en el instante que el aparato emite un pitido al detectar un elemento no autorizado en el interior del sobre.

La joven, extrañada, observa con detenimiento la pantalla de seguridad. El guardia señala con su dedo sobre una mancha marrón. La mujer saca su móvil y hace una llamada .

Pocos segundos después, el sobre es depositado en una caja metálica a la espera de ser estudiado a fondo.

—Hasta aquí hemos llegado —indica don Alfonso sin dejar de caminar. Ambos se dirigen a la parada de autobús que hay justo delante del edificio.

—No esperaba que pasaran el sobre por el escáner de seguridad —opina don Emilio.

—Lo harán con todas las cartas recibidas —opina su amigo. Se ajusta un poco las gafas y añade—. O al menos así tendría que ser.

—Con todas las externas es normal, pero no con los envíos privados de este tipo.

Los ojos de don Emilio se pierden entre la gente durante unos pocos segundos, como si el tiempo no fuera con él. Algo no le cuadra.

—Son demasiado precavidos.

—Nosotros también lo hubiéramos hecho así, somos perros viejos.

—Ellos, amigo mío, visto lo visto, además de perros viejos son perros ricos, poderosos y con un pedigrí que ya quisieran muchos. No te quepa la menor duda.