Capítulo 36
En viaje…
La herida de Myriam no es grave. No le dejará más que una pequeña cicatriz como recuerdo de su viaje, por eso la he dejado para el final. Antes he tenido que atender a una veintena de heridos de mucha más gravedad.
Ismael me mira atento, asustado y nervioso.
Sujeta el otro brazo de su hija. La joven aguanta sin rechistar mientras la coso sin aplicarle ningún tipo de anestesia.
Qué dura es la vida de los heridos en estos tiempos.
Y qué bendición haber nacido después de Morton, ese dentista de Boston que la comenzó a usar a mediados del siglo XIX.
—Ya hemos dado sepultura a todos los fallecidos. Los hemos agrupado en un claro al otro lado del camino.
El hombre que habla es uno de los muchos emigrantes que, junto a otra decena más, se ha encargado de enterrar a los muertos.
Ismael asiente.
El individuo se aleja con paso lento y cansado hasta que se pierde entre la multitud, que ahora se afana en recoger y guardar todos sus enseres para proseguir con el viaje.
Este hecho me confirma que Ismael es alguien más importante que otro simple viajero.
Primero, el caballero templario le comunicó personalmente que partían antes de hora.
Y ahora, este tipo le informa, de igual manera, de que han acabado un trabajo en concreto, como si él hubiera dado antes la orden.
Lo miro con curiosidad tras acabar de cubrir la herida de su hija para evitar que se infecte.
—Has sido muy valiente —le digo a Myriam antes de bajar de la carreta—. De las más valientes que he conocido .
Ella sonríe a medias.
Ismael me sigue.
Myriam se queda descansando. Se lo merece.
—¿Por qué me miras así, amigo Quim? —me pregunta Ismael, sin rodeos.
Estudio su semblante.
No leo nada en su cara.
—Algo me dice que no eres otro simple viajante más de esta caravana.
Ambos guardamos silencio unos segundos.
Veo una leve sonrisa en su cara. Muy leve.
—Siento curiosidad, la verdad —añado.
—No soy ni más ni menos importante que cualquiera de estos compañeros —contesta a la vez que observa y señala a su alrededor—. Aunque bien es cierto que, en este caso, es bueno que haya alguien que tome las decisiones para que nuestra contienda no fracase.
Me mira serio. Noto que está pensando sus siguientes palabras con calma.
—En este viaje tendría que haber venido nuestro rabino, pero su avanzada edad y sus continuos achaques lo postraron en cama hace apenas dos semanas.
Hace una pausa. Mira al horizonte.
Respira antes de hablar.
—El médico dice que se recuperará, pero para ello necesita descansar y una buena alimentación. Menesteres que, como has podido comprobar, no los hubiera encontrado en este viaje.
—Y te ha colocado a ti al mando —le digo.
—Así es —contesta.
Comienza a recoger objetos caídos alrededor de su carro.
—Yo me negué, por supuesto —continúa explicando sin dejar de acaparar enseres—, pero no sirvió de nada. Alegué que varios de sus familiares estaban más capacitados que yo, aun así, tampoco logré que cambiara de opinión.
—Supongo que debes de ser una persona importante para él. Seguro que confía mucho en ti .
Ismael asiente de nuevo.
—Supongo que sí —contesta.
Ismael comienza a meter en su carreta todos los enseres que estaban esparcidos por el suelo. Yo me alejo unos pasos para recoger algunas espadas todavía tiradas por el embarrado campo. Las guardaré en algún carro por si nos hacen falta más adelante.
Explosiones de luz iluminan el lugar y los charcos de sangre resaltan entre el oscuro lodo.
A los pocos segundos los truenos retumban sobre nuestras cabezas avisando de que el núcleo de una tormenta se acerca.
Por suerte ya casi hemos acabado de recoger el campamento, curar a los heridos y enterrar a una decena de desdichados.
—Ismael —oigo que dice una voz ronca a mi espalda.
Miro con disimulo. Es el templario. Habla en voz baja, casi en susurros. Aun así, unas pocas palabras llegan hasta mí.
—… fallecidos en batalla… ladrones… símbolos… levitas…
Apenas puedo sacar conclusiones con lo poco que he logrado entender, pero mi sentido arácnido se activa de nuevo.
Me acerco a ellos para intentar escuchar algo más.
El hombre deja de hablar y me mira. No me gustaría tener que luchar contra él, la verdad. Ismael se gira y al verme entiende por qué su amigo ha enmudecido de golpe.
—Está bien, Gerard, puedes hablar. Quim ha demostrado estar de nuestro lado.
El tipo me observa. No se fía.
—Que haya batallado por preservar su existencia no implica que sea de fiar —contesta sin dejar de observarme.
—Quim Mora —le digo extendiendo mi brazo.
—Es un buen hombre, Gerard. Ha eliminado a varios de esos malnacidos y ha curado a media caravana. Dale un voto de confianza.
Mi brazo sigue tendido.
El templario me mira. Está decidiendo qué hacer.
Extiende su brazo y me agarra por el antebrazo, apretando con fuerza. Con mucha fuerza .
Yo hago lo mismo. O lo intento, porque su brazo es como tres veces el mío.
—Gerard de Monteagudo —me contesta—. Anhelo que seáis de espíritu íntegro. Por el contrario, seré yo quien vuestro cráneo corte y al ganado ofrezca como festín.
—A esto le llamo yo un buen comienzo. Parecéis más un poeta que un fiero guerrero— replico sin antes haber meditado mis palabras.
Suelo intentar ser gracioso cuando estoy nervioso, cosa que no a todos les gusta. Creo que este es uno de esos casos.
—¿He creído entender que entre los muertos hay algunos que podrían ser levitas? —les suelto para cambiar de tercio.
Los dos hombres me miran con los ojos muy abiertos. Quizá he preguntado sin demasiado tiento.
—¿Qué sabes tú de los levitas? —me pregunta Ismael.
—Poca cosa, la verdad. He oído historias durante mis viajes cerca de Tierra Santa.
—¿Has estado en Jerusalén? —pregunta Ismael de nuevo.
Yo asiento.
—Estuve una vez con mi padre —aclaro sin titubear. Miento. He estado bastantes más veces. No quiero engañar, pero estas mentiras piadosas son necesarias.
—¿Qué sabéis vos de los levitas? —inquiere Gerard de nuevo. Me mira sin pestañear. Su mirada es gélida.
Comienza a llover.
—Escuché hablar de ellos por primera vez una noche a unos trotamundos que acamparon junto a nosotros. Ya sabéis, cuanto mayor es el grupo, menos posibilidades hay de que te roben en la travesía.
—Dejad las banalidades para otros —me ordena Gerard.
Guardo silencio.
Las interrupciones no me gustan y me muero de ganas de decirle cuatro cosas, pero me contengo. No me interesa despertar antipatías con este individuo.
Hablo un segundo después.
—Contaron que los levitas eran una familia que descendía de Leví, uno de los doce hijos de Abraham. Si no recuerdo mal, dijeron que hace siglos eran los encargados de vigilar el templo de Salomón.
Son datos que salen en la Biblia y que todo el mundo sabe.
No les explico que hay historiadores que opinan que los levitas fueron sacerdotes egipcios que se instalaron en Canaán y sus alrededores.
O que otros, en el libro de los Jueces, el más antiguo de la biblia hebrea y que guarda muchas analogías con la arqueología real, no mencionan ni a los levitas ni a Leví.
Tampoco le voy a revelar que en mi presente todavía no existe ninguna prueba arqueológica ni dato histórico que demuestre la existencia de Moisés ni del éxodo de millones de personas huyendo de Egipto para pasear por el desierto hasta la tierra prometida.
A veces pienso en desgranar el Antiguo Testamento para destacar qué es verdad y que es ficción, pero solo pensar que tengo que ponerme a desentrañar tantas tramas contenidas en la obra, me da dolor de cabeza.
Y mucha pereza. Por lo tanto, dejaré esta complicada contienda para otro que la pille con más ganas.
A mí me gusta más el trabajo de campo. Vivirlo en persona. Aunque siempre que he intentado saltar al instante del éxodo y a toda la historia que lo rodea, no encuentro absolutamente nada al respecto. En fin, que mejor me guardo mis opiniones y le sigo la corriente. Será mejor para todos.
—¿Cómo sabéis que son levitas? —pregunto con ganas de ir aclarando algunos puntos. —Y, lo más importante: ¿qué hacen en esta parte del mundo?
La lluvia ha comenzado a caer con más fuerza. Las manchas de sangre repartidas por el terreno se desvanecen poco a poco arrastradas por el agua, cada vez más torrencial. El olor a petricor inunda el ambiente.
Ismael está pensativo. Gerard sigue a su lado. Parece que no les importa quedar empapados. A mí sí. El agua me está calando y ya empiezo a tener un poco de frío .
—Recoged los enseres y avancemos antes de que la pluvia acreciente su poder —indica Gerard, ante el silencio de Ismael—. No deseo que las carretas queden inmovilizadas en el fango.
Acto seguido, el poeta guerrero se marcha sin despedirse.
Muy amistoso no es, la verdad.
—La respuesta a tu pregunta es más compleja de lo que puedas imaginar —me suelta sin más.
Lo miro esperando algún dato más.
Las gotas resbalan por mi frente y me nublan la visión, aun así, puedo ver como sus ojos esconden demasiada información que no quiere soltar.
—Te lo contaré en otro momento, Quim. Quizá cuando lleguemos a Perpegnan .