El Señor del Tiempo (Las aventuras de Quim Mora 1) Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

Guardo mi daga y, espadas en mano, me dirijo hacia ellos.

El hecho de que no huya los pilla desprevenidos.

Esquivo, me defiendo, esquivo de nuevo, corte en el pecho al más rápido, defensa, esquivo, le clavo el acero al más gordo en el estómago.

Vomita y un olor a vino barato flota en el ambiente.

Sigo lidiando con un par de ellos hasta que me topo con otro que sí saber luchar.

Tiene la misma técnica que el anterior, pero es algo más lento.

Puedo acabar con él y con otro que aparece después.

También sabe luchar. Tienen la misma soltura a la hora de atacar y defender.

Por mi mente pasa la posibilidad de que sean soldados de alguna milicia, quizá mercenarios aleccionados por el mismo instructor.

No lo sé. Ya me ocuparé de ello más tarde.

Los cuerpos se reparten a mi alrededor.

Veo por el rabillo del ojo que el presunto caballero templario me observa.

A sus pies hay más cuerpos todavía. Y un poco más allá está uno de sus colegas, con la cara roja de sangre ajena y los ojos muy abiertos.

Me mira. Diría que está sonriendo. Juraría que disfruta.

Me estudia. Algo no le cuadra. Supongo que se ha percatado de que mi forma de luchar no es muy normal.

Por supuesto que no. Debe de ser la primera vez que ve a un samurái luchando con dos espadas oxidadas.

Pocos minutos después dejan de salir ladrones de entre los árboles. Se oyen gritos que claman por una retirada cobarde, pero inteligente. Pasan unos segundos de incertidumbre hasta que todos los asaltantes desaparecen engullidos por el bosque.

En este momento puedo observar con más calma el campamento.

Hay más de una treintena de cuerpos esparcidos.

Casi todos son ladrones abatidos. Veo otros que no.

Decenas de flechas se han clavado en el suelo, otras en las maderas carcomidas de las carretas y unas pocas en cuerpos de hombres, mujeres y niños.

Sobre todo, los que dormían en los carros sin techo.

Me acerco hasta la carreta de Ismael, que también tiene varias flechas clavadas, y abro la tela que lo cubre.

La cara de su familia refleja puro terror.

Bernat está acurrucado bajo Sarah, que lo escuda como una gallina protegiendo a su polluelo.

Ismael está junto a su hija, Myriam, que no deja de llorar.

Me fijo en su brazo y veo que una flecha lo atraviesa a la altura del bíceps.

Algunos agujeros en la tela de la carreta me indican que han tenido mucha suerte de que solo una de ellas haya dado en el blanco.

—Ya ha pasado todo —les digo—. Ya no hay peligro.

No contestan. Pero sus ojos me dicen que me han entendido a la perfección.

Tras el fin de la batalla, los gritos de unos y otros se apagan y el silencio reina por un tiempo.

Únicamente se rompe por los quejidos de dolor de los heridos que reclaman la presencia del médico.

Según me contó Ismael al poco de salir, había dos médicos en la caravana.

Espero que sigan vivos porque, por lo que veo, aquí hay trabajo para un turno entero de hospital.

—¿Dónde has cultivado tal destreza en la contienda?

La pregunta viene acompañada de una voz tan ronca que parece de ultratumba. Me giro para ver la cara de su dueño.

Está de pie a unos tres metros de mí.

Mantiene la distancia.

Sus dos manos se apoyan en la empuñadura de su espada, cuya punta descansa clavada en el suelo, a modo de bastón, entre sus sucias botas.

Lo miro en silencio.

Miro su arma. La empuñadura queda oculta entre sus manazas enguantadas y no deja a la vista el pomo con el sello templario.

—En Oriente —le informo. No miento.

—Oriente se halla muy distante de nos.

Asiento.

Me mira. Me estudia sin decir nada.

—Soy comerciante. Mis intereses me han llevado hasta allí en varias ocasiones.

No quiero que desconfíe de mí ni hacerme su amigo, pero tampoco que cambien sus planes por mi culpa. Necesito seguirlos hasta su destino final.

Él ni se inmuta. Solo me observa.

Sin decir nada, levanta su espada y la enfunda. En ese medio segundo puedo ver de nuevo el pomo con su sello. Él se ha percatado. Quizá mis ojos se han abierto más de lo normal. No puedo evitarlo .

Da un par de pasos hacia mí.

Se detiene a un metro de distancia. Es más alto de lo que parecía. Y el doble de ancho que yo. Como poco. Sus ojos no me transmiten nada. No sé leerlos.

—¿Te agrada mi arma?

No respondo. No me ha hecho esta pregunta para que la conteste. Solo me está avisando.

—En Oriente… —susurra despacio, repitiendo mi respuesta de antes.

Nos miramos un par de segundos más.

Percibo que el hecho de que yo no me amilane ante su presencia lo desconcierta. No le tengo miedo y él lo siente.

El silencio es testigo de nuestro cruce de miradas.

Tras un tiempo que no sabría decir, habla.

—En el campo de batalla todos poseemos secretos susurrados, en silencio tejidos, misterios escondidos que la luna guarda para no ser velados.

Tras soltarme esto, da media vuelta y se pierde entre las carretas.

El asesino sabe más de amor que el poeta.

Vuelven a mí los murmullos de dolor de los heridos repartidos a mi alrededor. Sin percatarme, el silencio me había invadido por completo.

El guerrero, que ya he perdido de vista, sabe que he visto su espada. Me ha advertido de que deje las cosas como están.

Le sería mucho más fácil sacar esa insignia y ponerle otro pomo cualquiera para no buscarse más problemas de los que, seguramente, ya le ha ofrecido la vida, pero supongo que debe de ser demasiado importante para él.

—¡Quim! — Sarah me llama—. Uno de los médicos ha muerto en el ataque. Hay gente que necesita auxilio urgente. Usted nos contó que había ayudado a un médico una vez.

Tardo un par de segundos en recordar lo que les dije en su casa el otro día mientras estábamos comiendo.

—Así es —contesto—. Ahora mismo me pongo a ello.